Un día como ciclista profesional con el equipo Manzana Postobón

El sueño cumplido de William Botía Suárez, un pedalista aficionado, que compartió una jornada de entrenamiento con la escuadra colombiana por territorio antioqueño

La foto luego de rodar un día con el equipo Manzana Postobón. / Cortesía
William Botía Suárez, primero de izquierda a derecha.Cortesía

Eran las 3:50 a.m. y todavía faltaba mucho para que sonara la alarma del despertador, pero como en aquellos viajes de niño, la emoción y la ansiedad no me dejaban dormir. Quería que amaneciera lo antes posible para poder vivir lo que por años fue una utopía y que, por cosas de Dios, sería una realidad. El único equipo Pro Continental de Colombia, el Manzana Postobón, me había invitado a acompañar a sus ciclistas en un recorrido de 50 kilómetros, con salida y llegada en Guarne (Antioquia). Iba a ser dirigido durante un par de horas por el técnico Luis Fernando Saldarriaga, uno de los más importantes del país.

Amante de las bicicletas desde que tengo memoria, tenía el corazón a mil en la ducha, el desayuno y el trayecto de 45 minutos hasta la sede de Atlético Nacional, el punto de partida. Las pulsaciones se intensificaron cuando me presentaron a los ciclistas profesionales, cuyos nombres había escuchado por radio y televisión, esos mismos que admiraba tanto porque en cada carrera se entregan en cuerpo y alma. Todo me temblaba y tenía la voz entrecortada.

Después de unos minutos, ya con la indumentaria de trabajo puesta (casco, gafas, zapatillas, bicicletero y el jersey), me sentí como uno más del equipo. Los auxiliares me llevaron hasta el carro para indicarme cuál sería la bicicleta con la que correría, un juguete fino y digno de exhibición, de esos como para mirar y no tocar, como diría mi mamá. Una máquina de última tecnología, con cambios electrónicos, que solo la utilizan los profesionales en carreras de la élite mundial.

Jimmy Martínez, el mecánico que hace ocho años les ajustaba las bicicletas en el Colombia es Pasión a jóvenes como Nairo Quintana, Esteban Chaves, y Járlinson Pantano, entre otros, fue el encargado de cuadrar las medidas de mi caballito de acero. Y a medida que me acondicionaba la bici, me contaba las historias de sus muchachos, como los llama, y del orgullo que siente al verlos triunfar en este deporte. Era la primera vez que me montaba en una nave de esas. Estaba listo para vivir esa etapa de mi vida, la que de niño soñaba y nunca pensé que llegaría, tal vez porque mis mejores años como deportista ya habían pasado.

Antioquia es una región que se caracteriza por sus montañas y esa inclinación no tardó en aparecer. Apenas iniciamos el recorrido empezamos a ascender. Después de varios kilómetros me encontraba en la parte de atrás del pelotón, aguantando y sufriendo el ritmo impuesto por los profesionales. Uno de ellos, al ver mi semblante, se acercó a preguntarme cómo estaba. La fatiga y la falta de oxígeno eran evidentes. “Todo bien, mi hermano”, le respondí. “¿Cómo va la temporada?”, pregunté con el poco aliento que tenía. “Comencé en los Campeonatos Nacionales, en febrero en Villavicencio. Fui plata. Me faltó nada para ganarme el oro, pero eran más de 240 kilómetros de distancia con un calor abrumador, me faltó la chispa en los últimos metros”. Mi interlocutor en la agotante subida era Juan Felipe Osorio, un corredor aguerrido que desde sus inicios demostró de qué estaba hecho y que encontró en el deporte una opción de vida.

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Ya en confianza me contó sus inicios y lo duro que es pasar de la categoría juvenil a la sub-23, ese cambio que se asemeja a dejar de ser niño para convertirse en hombre en el ciclismo. No es fácil hacer un día 90 kilómetros y de la noche a la mañana pasar a rodar 230 en una sola jornada. Es allí donde se aprende a ser valiente y a pedalear por lo que se quiere. Lo demostró en México, representando a Colombia con el equipo 4-72, bajo la dirección del profe Luis Fernando Saldarriaga, actualmente técnico del equipo Manzana Postobón.

Era la primera vez que realizaba un recorrido con más de 200 kilómetros. No llevaba la mitad de la etapa y estaba a punto de retirarse por un malestar estomacal. En el ciclismo se trabaja en equipo para obtener muchas veces resultados individuales y esa no era la excepción. No abandonó, no podía o no debía hacerlo. Uno de sus compatriotas era el líder de la carrera y en su labor de gregario entregó hasta lo que no tenía para que su compañero se llevara todos los aplausos y quedara campeón.

Sin darme cuenta, estábamos adelante del grupo marcando paso, hasta que un accidente de tránsito acabó con la armonía del grupo. En cuestión de segundos el pelotón se volvió a integrar, pero ahora mi compañero de ruta era Carlos Julián Quintero, un caldense con dotes de escalador a quien llevaron a correr desde muy joven en Europa y que, por más de una década, acumuló en sus piernas la experiencia necesaria para afrontar carreras como el Giro de Italia y la Vuelta a España, en las que fue protagonista en más de una ocasión.

Con un tono de voz entrecortado me contó sus logros en el Viejo Continente y cómo sufrió para lograr su más grande proeza: ser campeón de la montaña en la Tirreno-Adriático de 2015. Cada palabra me transportó a esos instantes: podía escuchar el alboroto de la gente como si hubiera atravesado la puerta de Narnia, ver cómo corrían los aficionados a su lado, dándole ánimo. Ese es el ciclismo, el deporte de las estrellas terrenales, ese que permite escuchar las hazañas de los grandes mientras se monta bicicleta y se comparte un camino.

Hoy corre más libre, disfruta cada pedalazo que da, transmite sus conocimientos a las futuras estrellas. Jhojan García es un claro ejemplo de ello, sigue sus pasos. Con tan solo 21 años ha logrado ser medalla de plata en las pruebas contrarreloj y ruta en la categoría sub-23, además de protagonista en el pasado Tour Colombia, en la etapa final que terminó en el alto de Las Palmas, al llegar en la séptima posición, a tan solo unos segundos de Nairo, “Supermán” López, su primo Iván Ramiro Sosa, Egan Bernal y Rigo. Espera ganarse un cupo en la selección de Colombia para disputar el Tour de L’Avenir y cumplir su sueño de llevar el tricolor en su pecho.

En la meta me esperaron con hidratación, comida y hasta una palmadita en la espalda, acompañada de un: “Buena, mijo”. Mi etapa había llegado a su fin en el deporte más duro y más lindo del mundo: el ciclismo; el que nos invita al estadio más grande que puede existir: la carretera. Y lo mejor de todo, no hay que pagar boleta. Solamente faltaba una cosa para cerrar con broche de oro, la foto para el recuerdo al lado de los que saben: Diego Ochoa, Jhonatan Restrepo y Ómar Mendoza, entre tantos otros grandes. Esa imagen puede que se pierda en la historia, pero en mi mente permanecerá para siempre porque el día que fui ciclista profesional fue color de rosa.

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2019-04-03T06:27:31-05:00

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William Botía Suárez

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