Yo estuve en el título de Egan Bernal en el Tour de Francia

El Espectador volvió a la carrera más importante del mundo para ver al primer colombiano vestido de amarillo en los Campos Elíseos. El único periódico del país que estuvo presente en el suceso deportivo de mayor importancia para nuestro ciclismo.

Egan Bernal en el podio del Tour de Francia. / AFP

Cuando Camilo llegó a Bruselas procuró ser impasible, o por lo menos hacerse pasar por impasible, pero lo ostentoso del Tour de Francia y lo que hay detrás de la carrera más importante del mundo lo emocionó tanto que, antes de comenzar, su rostro absorto ya había delatado su novatada. Más adelante disfrutó que fuera el año de las primeras veces.

Preguntando allí y averiguando por allá encontró la respuesta que respaldó la insistencia durante semanas para que alguien de El Espectador estuviera presente en Francia. “Egan es mi favorito”, le dijo Hugo Corveers, un periodista belga, mientras apretaba un cigarrillo en la comisura de sus labios y hojeaba las altimetrías de la edición 106 de la prueba. Ese mismo día, Carlos Arribas, enviado del diario El País de España y su compañero de viaje durante tres semanas, repitió lo que ya le había dicho por teléfono antes de salir de Colombia: “Este es el Tour para tu país”.

Las palabras fueron reconfortantes y apaciguaron la ansiedad. Antes de cada etapa, y gracias a un Arribas muy didáctico, Camilo se acercaba al bus del Ineos para hablar con Egan, para que se diera cuenta de que él estaba ahí, para que su rostro fuera familiar en medio del tumulto y la algarabía. Fueron pocas veces las que lo atendió, pues casi siempre un hombre robusto y de mirada incisiva lo escoltaba hasta la firma de planilla evitando que las personas se le acercaran. Esa fue otra señal: ¿por qué Egan va escoltado y Geraint Thomas, el líder del equipo y el ganador del año pasado, no? “Hay que proteger a los futuros campeones”, apuntó Fernando Llamas, el hombre de Marca que de cuando en cuando pasaba cerca de la escuadra británica.

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Luego de la contrarreloj por equipos, que terminó al lado del imponente Atomium de la capital belga, Camilo le preguntó a Egan que cómo se sentía físicamente, que cómo veía a Thomas. Y lo único que respondió, quizá porque no escuchó las palabras en medio del bullicio, fue: “Vengo a trabajarle a G”. Y ese fue su discurso durante la primera semana, acaso para alejar la presión, también como estrategia frente a los demás, para maravillar a figuras de antaño como Eddy Merckx, el quíntuple campeón del Tour que no titubeó cuando le dijo al enviado de El Espectador que Egan era su favorito.

En la sexta etapa, con llegada en La Planche des Belles Filles, Bernal, siempre responsable y descubriendo nuevos parajes de la Francia profunda, cedió un par de segundos en los últimos metros en una carretera arenosa. Ese día, por el desgaste de las rampas del 20 % de inclinación, el cundinamarqués no habló. Solo hizo rodillo. Ya en la décima jornada, que por el trayecto parecía apacible y en la que Camilo pudo subirse a una moto de la organización para estar cerca del lote (era la única que quedaba, pues las de alta montaña son muy apetecidas), la fortuna, o más bien el viento, hizo que la paz del grupo desembocara en un frenesí.

De hecho, a 36 kilómetros de la meta, en un giro estudiado con anterioridad, el Deceuninck-Quick Step aprovechó el falso reposo y salió disparado para abrir una brecha. Camilo vio, por encima de su hombro, a Alaphilippe acelerar tras la curva, a Nairo Quintana y a Egan seguir su rueda como unos expertos y a Rigoberto Urán quedarse cortado con Thibaut Pinot en un descuido que acabó con sus opciones de título. Fue la primera vez que Bernal se metió en el top 3 de la clasificación general, el instante clave en el que el Ineos se quitó de encima a más de un rival.

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Cuatro días después, en el inhóspito Tourmalet, que hace las veces de paraíso en el verano cálido, Camilo tuvo la oportunidad de ubicarse a unos metros de la llegada, en una carpa de una marca patrocinadora en la que también estuvo Paola, la esposa de Quintana con sus dos hijos. La mujer, afable, pero introvertida, se fue soltando y entabló diálogo. “Está sufriendo. Mírele la cara”, le dijo a manera de sentencia mientras las cámaras de la producción enfocaban al boyacense tomando bocanadas de aire donde el oxígeno escasea. Después, el primer plano fue para Egan y Paola, dio otro veredicto: “Va enterito”. Nairo cedió más de tres minutos, Bernal arribó con los de punta, en el quinto puesto, tambaleándose tras el esfuerzo, y bajó una casilla en la general.

Pero eso no importó, pues ya era claro, así no se hiciera saber, que el colombiano tenía el respaldo para ser el capo del Ineos, que Thomas se notaba descompuesto, con un pedaleo en el que el cuerpo trataba de compensar la falta de fuerzas en las piernas. El 25 de julio, en un trayecto de sube y baja, Nairo se desquitó y a puro corazón, con pura vehemencia, ganó la etapa 18 luego de un ataque de locura y de una bajada a tumba abierta para llegar a Valloire. Bernal fue octavo y escaló al segundo puesto de la general por detrás de Alaphilippe, que siguió siendo el hombre más famoso de Francia. En la rueda de prensa, a Camilo le dieron prioridad para preguntar por ser colombiano.

- Nairo, ¿qué le dijo a Andrey Amador cuando hubo cambio de ritmo y usted se iba quedando de la fuga?

- Le dije: “Compañerito, tienes que cerrar ese hueco, vamos a trabajar por alcanzarlos”.

Al día siguiente, Camilo llegó hasta Tignes, una estación de esquí en la mitad de los Alpes franceses y donde fue la meta de la jornada 19. En una pantalla gigante, y detrás de Xiomara, la novia de Egan, de Germán, su papá, y los amigos italianos con los que compartió mientras fue parte del Androni Giocattoli, el periodista de El Espectador vio lo que sucedió en el ascenso al Galibier, a Alaphilippe fundido y con la lengua afuera, a Bernal sobrio, con un pedaleo constante y fuerte. Y con el paso de los kilómetros hubo zozobra, silencios prolongados y gritos esporádicos, sobre todo cuando Egan, sentado en su sillín y con un ritmo infernal, empezó a dejar regados a sus rivales. Y aparecieron las banderas de Colombia, y fueron más cuando la naturaleza impidió que terminara la etapa (hubo un derrumbe), cuando Egan ya era el líder del Tour de Francia por la diferencia que les tomó a los demás en el último premio de montaña.

Y luego de verlo vestido de amarillo, de soltar un largo suspiro antes del abrazo con los suyos, de mantener el maillot en la etapa 20, el viaje en tren hasta París fue más ameno para Camilo, ya sabiendo que el Tour era de Egan, que el Tour era, por fin, para Colombia. Y vino el paseo por los Campos Elíseos, el final de todo, en pleno ocaso, y la bandera de nuestro país fue la bandera de París. Y Camilo, junto a los otros dos enviados especiales de El Espectador, cantaron el himno nacional, una entonación que vino del corazón, de las tripas. Y un tajo de humedad le cubrió el rostro, pues gracias a Egan el sueño, su sueño, y el de muchos, estaba cumplido, así las nostalgias de antes fueran distintas.

@CamiloAmaya

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Camilo Amaya

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