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La adicción a los deportes se siente más que nunca un domingo porque la pandemia nos arrinconó y, como si fuera poco, nos dejó sin espectáculos atléticos en todo el planeta. Sí, hay buenas películas como “Fangio” -la historia del supercampeón argentino de Fórmula Uno-, documentales -como el de los 82 triunfos resumidos del golfista Tiger Woods-, pero la adrenalina que activa en un fanático ver en directo un partido de fútbol, de tenis, o una competencia de ciclismo, se extraña de verdad. (Más de nuestra serie: El coronavirus y el yo: Pensamientos desde casa).
Hay un viejo debate sobre nuestra sociedad audiovisual. Que le dedicamos demasiado tiempo a la televisión, casi siempre siguiendo eventos deportivos. Es verdad, pero los atletas han sido desde la antigüedad otra forma de aprender de la condición humana. En este mundo hiperconectado, nos inspiran para ser mejores y alcanzar metas insospechadas.
Releo Aquí y ahora (sello Anagrama-Mondadori), un cruce de cartas sobre temas aparentemente banales entre los escritores J. M. Coetzee y Paul Auster entre 2008 y 2011. En varios apartes se preguntan si el ser humano dedica demasiado tiempo a la televisión deportiva y asumen sus culpas, el primero viendo partidos de críquet que pueden durar días y el segundo con el baloncesto, el fútbol o el tenis.
El nobel de literatura de 2003, sudafricano y crítico del fútbol, le dice al estadounidense: “Nunca he sido un verdadero aficionado del deporte rey. No se me ocurre otro deporte en que los jugadores se pasen tanto tiempo haciéndose faltas entre ellos e infringiendo las reglas en general cada vez que el árbitro no mira. El hecho de que el ojo omnipresente de la televisión capte sus trampas y las transmita al mundo entero no parece importarles lo más mínimo. Es el reino de la desvergüenza”. Coinciden, eso sí, en su amor por el tenis y no se pierden partido del suizo Roger Federer.
Aparte de las lentas estrategias del bate y la pelota del críquet, entre dos equipos de once jugadores sobre hierba, Coetzee muere por el ciclismo. Hoy debe estar preocupado porque el Giro de Italia, la Vuelta a España y hasta el Tour de Francia están en riesgo por el nuevo coronavirus. ¿Un año sin las tres grandes pruebas? Eso podría llevar a la depresión al Nobel y hasta a mi papá.
En 2013 Coetzee vino a Colombia y estaba emocionado por poder pedalear en nuestras montañas. Al final solo montó por la ciclovía, pero en entrevista con El Espectador dijo que los escarabajos son culpables de muchas horas que pasa frente al televisor: “A mi edad (tenía 73), dudo que pueda dominar las montañas colombianas. Pero sigo los mayores toures europeos (Italia, Francia, España) por televisión y estoy familiarizado con las hazañas de los escaladores colombianos”. (Lea la entrevista con J. M. Coetzee).
Superación es para él una de las enseñanzas del ciclismo: “Es un deporte que me pone a prueba hasta llevarme al límite... una gran escuela de estoicismo, si el estoicismo es lo que buscas. No estoy dispuesto a creer que tanto esfuerzo y tanto sufrimiento no le enseñen a uno nada...”.
Cuando hablamos de días de pandemia, hablamos de días sin ídolos deportivos. El de Coetzee era el múltiple campeón del Tour de Francia, el norteamericano Lance Armstrong. Pero le rompió el corazón. Le pregunté: “¿Qué impacto le causó su confesión de dopaje? “Estaba decepcionado. Continuaba esperando, hasta el final, a que él no hubiera estado mintiendo”.
Paul Auster coincide con él en que lo que hace único al deporte profesional “son los momentos de gracia” cuando uno asiste, así sea desde el sillón de su casa, a una final épica o acompaña la realización un récord. Coetzee eleva esos instantes a lo sublime: “No pueden ser objeto de planificación racional, sino que parecen descender sobre los jugadores mortales como una especie de bendición de lo alto, esos momentos en los que todo sale bien, en que todo se pone en su lugar, en que los espectadores ni siquiera quieren aplaudir, sólo dar gracias en silencio por haber estado ahí en calidad de testigos”. E insiste: “Es estar a un paso de la divinidad”. Lo más cerca posible de aquel reino mitológico donde nacieron los héroes descrito por el poeta Píndaro desde las primeras olimpiadas.
Pues esas sensaciones están hoy contenidas por miles y miles de atletas que intentan mantener la forma física y mental haciendo ejercicio en sus hogares, mientras reciben noticias como la suspensión de los Juegos Olímpicos de Tokio. Lo bueno es que esos ídolos, comunicándose por las redes sociales con millones de fanáticos al borde de la desesperación, nos dan ejemplo de disciplina diaria para que aprovechemos estos largos días para hacer ejercicio mientras reabre el circo del deporte global. Y, además, en cabeza de Federer y Cristiano Rolando -James Rodríguez en Colombia-, han dado ejemplo de generosidad al donar muchos millones para mitigar la emergencia por el Covid-19.
Otra opción de desahogo son los videojuegos, con interactividad disparada por estos días. Pero como no soy aficionado, les recomiendo libros sobre deportes: De qué hablo cuando hablo de correr, del japonés Haruki Murakami; Dios es redondo, del cronista mexicano Juan Villoro; Liderazgo, del extécnico del Manchester United, Alex Ferguson; Fútbol y televisión, del escritor español Miguel Delibes, y dos míos; Vivir un Mundial. Crónicas de Brasil 2014, y James, su vida, sobre la generación de futbolistas colombianos en cabeza de James Rodríguez, del cual les dejo aquí un capítulo.
https://www.elespectador.com/deportes/futbolcolombiano/james-rodriguez-el-ser-humano-articulo-530485
@NelsonFredyPadi / npadilla @elespectador.com
* Estamos cubriendo de manera responsable esta pandemia, parte de eso es dejar sin restricción todos los contenidos sobre el tema que puedes consultar en el especial sobre Coronavirus.