Consejos a un joven ciclista

Con motivo de la Vuelta a Colombia, El Espectador reproduce desde el pasado domingo las 14 entregas de la historia del ciclista Ramón Hoyos Vallejo, escrita por Gabriel García Márquez en este diario.

RECUERDOS DE MI VIDA EN EL EJÉRCITO. BOGOTÁ ME HA RECIBIDO ASÍ DESDE LA III VUELTA. LO QUE MÁS ME GUSTÓ DE PARÍS, PUERTO RICO, MÉXICO Y BRASIL. POR QUÉ NO NOS HA IDO MEJOR A LOS COLOMBIANOS EN EL EXTERIOR. UNA CATÁSTROFE EN MI FAMILIA.

En 1953 —después de ganar la III Vuelta a Colombia—, Héctor Mesa, Fabio León y yo nos disponíamos a viajar a Bogotá, a concentrarnos para la competencia de Francia. En el aeródromo de Medellín, un sargento del Ejército me pidió la libreta militar. Yo no había definido mi situación, y el sargento prometió ayudarme si aplazaba el viaje a Bogotá y le acompañaba a la IV Brigada. Me dijo que en un cuarto de hora se arreglaría todo, y en realidad, aquel cuarto de hora se convirtió en 18 meses. Me trasladaron a Cúcuta, en donde el comandante de la Brigada me dijo: “Olvídese de la bicicleta”. Pero yo insistí, y fue así como viajé a Francia de todos modos, en representación de las Fuerzas Armadas. Y así participé y gané la IV Vuelta a Colombia, como cabo segundo.

Lo que nunca se supo

No es mucho lo que tengo que contar de mi vida en el Ejército, salvo una cosa que es de mucha importancia en mi carrera y que no se publicó en los periódicos: la fractura de mis dos manos. Yo formaba parte del batallón Caldas, en Bogotá, y había comprado una motocicleta. Un día de franquicia me fui a las Mesitas del Colegio, rolando por la buena carretera asfaltada. Me seguía un amigo, en otra motocicleta. En el viaje de regreso, cuando pasábamos frente al Salto, mi compañero trató de adelantarse por la izquierda. Yo me orillé para que el otro cortara la curva por la derecha, pero me fui contra el piso de arenilla. La motocicleta saltó por encima de mi cabeza, me ocasionó una herida en el cráneo y la fractura de las dos manos. Por eso no pude participar en el Campeonato Nacional de Ciclismo, que se efectuó en Cali, en junio de 1953.

Siempre ha sido así

Para esa época ya era un ciclista que salía retratado en los periódicos con frecuencia y a quien los fanáticos reconocían y seguían por la calle. Durante mi permanencia en Bogotá, como miembro de las Fuerzas Armadas, no tuve ningún problema con el público. Pero en cambio me sorprendió la actitud de protesta de la prensa por la recepción de piedras y palos que se me hizo en Bogotá, al concluir la V Vuelta a Colombia. En realidad, Bogotá siempre me ha recibido así, y para mí no fue una sorpresa que la última vez hubieran tratado de enlazarme, tumbarme de la bicicleta, y que me hubieran golpeado sucesivamente, desde cuando entré a la ciudad, hasta cuando llegué al velódromo.

Revólver en mano

Desde cuando se vio claramente que yo sería el vencedor en la III Vuelta a Colombia, mis amigos estuvieron seguros de que Bogotá no me recibiría bien, porque el público de Bogotá quería que ganara Efraín Forero. Entonces, viajaron desde Antioquia cuatro motociclistas, quienes me escoltaron, revólver en mano, hasta la culminación de la III Vuelta. Pero esa precaución no sirvió de mucho: cuando salía del velódromo fui recibido con piedras, cáscaras y palos. Bajo una tremenda lluvia de golpes, tratando de defenderme con la bicicleta. Logré llegar hasta el vehículo que me conduciría al hotel Casa Marina. En el trayecto me arrebataron de las manos la bicicleta —la primera bicicleta de carreras de mi propiedad— y nunca volví a saber de ella.

Por eso no me sorprendió la recepción que se me tributó en Bogotá en la V Vuelta. Me sorprendió, en cambio, que después de la III Vuelta hubiera sido más nutrida y entusiasta que la de este año la recepción que se me tributó en Medellín.

En el exterior

Cuando asistía a la escuela de Marinilla, hace ahora casi 20 años, no me pasó por la cabeza la idea de que alguna vez viajaría al exterior. Ahora he estado en México —que me gustó por sus mujeres y su música—, en Puerto Rico, en Brasil y en Francia.

No tengo muchos recuerdos importantes de esos viajes. De mi permanencia en Francia recuerdo la belleza de la Torre Eiffel y el jardín zoológico. Y de este último recuerdo apenas la impresión que me causaron los leones.

En Francia no pudimos ganar. Desde el primer instante me di cuenta de que no estábamos preparados para participar en esa prueba y de que tendríamos que enfrentarnos a los mejores corredores del mundo en carreteras muy diferentes a las nuestras. Por eso, para mí no fue una sorpresa la suerte que corrimos los colombianos en Francia.

En México

En México, en cambio, la razón fue distinta. Allí fui en un equipo compuesto por Héctor Mesa, Efraín Forero y Justo Pintado Londoño, para participar en el circuito Ciudad Universitaria. Éramos cuatro, pero tuve que librar sólo la batalla contra los formidables corredores mexicanos. Y con ese esfuerzo, a pesar de mi desventajosa situación, logré ganarle a Zapopan Romero, el magnífico deportista que ahora vino como entrenador de los mexicanos que participan en la V Vuelta a Colombia.

Aquí se ha hablado mucho de los mexicanos. A mí no me sorprendió. A pesar de que las circunstancias eran distintas, los había visto desempeñar en México un papel mejor que el de aquí, desde el punto de vista técnico. Cuando supe —antes de la V Vuelta— que aquí estarían Vaca, Cano y Liñán, francamente tuve temor por mi campeonato. Y ese temor fue agravado por la circunstancia de que me resfrié al llegar a Bogotá —como siempre ocurre— y todas las etapas, hasta Ibagué, las corrí con dolor de muela. No podía pensarse en la extracción, pues no habría podido seguir corriendo. Por fin, en Ibagué, se decidió que un odontólogo matara el nervio de la muela enferma. Eso me salvó del fracaso en la última vuelta.

Puerto Rico

El circuito Ciudad Universitaria lo ganó el representante de Venezuela, Arsenio Chirinos. Quedé picado, como se dice. Deseaba tener la oportunidad de enfrentarme de nuevo con él. Y esa oportunidad había de presentarse mucho antes de lo que yo esperaba: en Puerto Rico, el 18 de septiembre de 1954. Era una carrera de 801 kilómetros, para hacerlos en cinco días, con uno de descanso. Me acompañaban, en el equipo de Colombia, Benjamín Jiménez, por las Fuerzas Armadas, y Óscar Salinas, del Valle. Como entrenador: Julio Arrastía.

Yo empecé esa carrera desmoralizado, pues estaba convencido de que sólo participarían, además de Colombia, Venezuela, Santo Domingo y México. Pero al llegar a Puerto Rico nos esperaba una sorpresa: habían aceptado a un equipo belga. Yo me acordé de la competencia de Francia. Pensé que las carreteras de Puerto Rico eran como las de Europa y que esa era una circunstancia favorable para los belgas. Además, aún no estaba muy seguro de mis manos, que hacía pocos meses habían sufrido la fractura de la que antes he hablado. Pero me saqué el clavo de México: le gané a Arsenio Chirinos.

La lección del exterior

De esos viajes al exterior he obtenido una buena lección: en todo el mundo hay gente que sabe correr mejor que nosotros. No debemos hacernos ilusiones, pero podemos estar seguros de que con método y voluntad podremos correr con éxito en cualquier parte del mundo.

Un deportista que quiera llegar a ser campeón tiene que enfrentarse a todas las adversidades, sin desmoralizarse. Hasta hoy, mi período de desmoralización más alarmante fue el que comenzó el 11 de julio del año pasado, cuando los derrumbes del cerro Santa Elena —donde batí mi primer récord— sepultaron a mi madre y a mi hermana mayor, María Angélica. Yo recibí la noticia en el cuartel, en Bogotá, cuando aún tenía las manos enyesadas. Esa mañana había recibido una carta de mi madre, donde me decía que me cuidara mucho. Aproximadamente a la misma hora en que yo leía la carta, mi madre y mi hermana caían sepultadas por un cerro que desde mucho antes estaba estrechamente vinculado a mi carrera.

Pasó mucho tiempo antes de que pudiera olvidar esa espantosa coincidencia. Cuando llegué a mi casa, al día siguiente, los cadáveres estaban expuestos en la sala, y en una de las alcobas, mis hermanos Juan de Dios y Francisco Alberto, el menor, se encontraban heridos. Esa tarde sentí que había llegado al final de mi carrera. Mi moral se vino abajo. Tuve un largo período de desorden, de disipación. En pocos meses perdí todo lo que había ganado en varios años de aprendizaje y vida metódica. Gracias al entrenador Julio Arrastía, que me infundió nuevos ánimos, logré reaccionar de aquella crisis. Ahora puedo ponerla como ejemplo a los jóvenes ciclistas que aspiran a llegar a ser campeones. No se necesita de mucho: basta con una vida ordenada y, sobre todo, con una firme e irrevocable voluntad de llegar a ser campeón, por encima de la cabeza de todo el mundo.