De sombras, ilusiones y cine

Marie-Heléne Lehérissey-Méliès y Lawrence Lehérissey estuvieron de paso por Bogotá para inaugurar el Festival de Cine Francés con un cine-concierto de Georges Méliès.

Hace más de 30 años que viaja alrededor del mundo con una maleta que contiene un par de mudas y las creaciones fantásticas de su bisabuelo, Georges Méliès.

Marie-Heléne Lehérissey-Méliès es una de las bisnietas de uno de los precursores del cine y un buen día decidió dejar su carrera como productora de televisión y dedicar su vida a cuidar el legado de Georges Méliès. Las historias le venían de su abuelo, André Méliès, un cantante de ópera, quien le narraba cómo era asistir a una de las tantas funciones de su padre y le recitaba de memoria los textos que acompañaban algunas de sus películas. Y son estos mismos escritos los que Lehérissey-Méliès recita de memoria y con tono histriónico mientras presenta en algún lugar de Asia, de Latinoamérica o de Europa una de las proyecciones de su bisabuelo.

Lehérissey-Méliès está al frente de la asociación Amigos de Méliès, donde se encarga de llevar y de preservar la obra de esta leyenda del cine mundial. “La vida de mi bisabuelo fue realmente increíble. Dibujó toda su vida, fue un gran mago, fue un buen fotógrafo y, por lo tanto, tenía todo para ser un buen director de cine. A sus primas solía montarles un espectáculo de marionetas y esos quizá fueron sus primeros guiones”, recuerda su bisnieta.

Méliès nació en 1861 en París. Su padre tenía una reputada fábrica de zapatos y al joven Georges le impusieron la tradición familiar. Una estadía en Londres para aprender inglés, con el fin de montar una filial en la capital británica, fue la que despertó su interés por la magia.

Fue ahí, en Londres, donde se convirtió en un juicioso mago y al regresar a París hacía magia en salones donde las mujeres se reunían a tomar el té. Su padre murió y con parte de la herencia se compró el teatro de magia Robert Houdin, y a partir de entonces sus trucos se fueron refinando.

Fue tal su fama como prestidigitador que estuvo entre las personalidades invitadas a la primera proyección de los hermanos Lumière. La materia que había visto proyectada en una pared se convirtió en su obsesión e intentó convencer a Antoine Lumière de que le vendiera un aparato, pero su insistencia no dio fruto. Con obstinación, él mismo fabricó una máquina y así comenzó la historia de las imágenes de Méliès, en abril de 1896. Fueron 16 años de trabajo durante los cuales produjo 520 películas y de éstas la asociación Amigos de Méliès tiene 211, lo que la convierte, de cierta manera, en la cinemateca más pequeña del mundo.

Méliès actuó en muchas de sus películas, representándose a sí mismo y también encarnando a personajes como un mago, un científico y hasta a Satán. Los demás actores no eran profesionales. Según su bisnieta, “todos los actores y actrices eran amigos de la familia. El personal de la casa, como la cocinera, y hasta los vecinos, aparecían en las películas. Los actores de teatro pensaban que el cine era un arte menor y no se querían involucrar en cosas que no fueran consideradas realmente artísticas”, explica. Sin embargo, hay una sola persona que nunca aparece y es su esposa. “Sabemos que era una persona muy reservada y no se inmiscuía en las cosas de su marido”, agrega.

Quizá uno de sus proyectos más emblemáticos fue El viaje a la Luna, considerada por muchos la primera película de ciencia ficción, que además se inscribe dentro del patrimonio mundial de la Unesco. La más larga es El túnel que dura 45 minutos “Pero mi preferida es La crisálida y la mariposa porque además de ser divertida le hace un guiño a las mujeres”, afirma Lehérissey-Méliès.

Su trabajo fue calificado de fantástico por el uso de trucos de magia, efectos especiales, viajes imposibles y fábulas. Méliès fue adepto de muchos géneros que incluían, en sus propias palabras, “escenas históricas, dramas, comedias, actualidad, óperas, óperas cómicas, películas especiales para los teatros, comerciales, escenas de guerra y de mitología”, explica David Robinson, en su libro Georges Méliès: el padre del cine de fantasía. También se le reconoce como el precursor de la creación del primer estudio cinematográfico y del uso de la luz artificial.

Si bien llegó a ser a principios de siglo XX el mayor productor de cine, su estilo pasó de moda. “La gente quería llorar, tener emociones, querían drama, y lo de Méliès era más liviano, situaciones graciosas que hacían que la gente saliera con una sonrisa”, aclara su bisnieta. A eso se sumó la enfermedad de su esposa y el inicio de la primera Guerra Mundial. Durante ese periodo, Méliès, se dedicó a hacer espectáculos de magia para los militares, sin cambiar su estilo de vida y, por lo tanto, terminó lleno de deudas. Como dato curioso, vendía las películas por metros, como si se tratara de una tela.

Terminó sus días en París, pobre pero haciéndole honor a su propio mito, contando anécdotas e historias. “Yo quiero que me reconozcan como artista”, confesaba hacia el final.

Marie-Heléne Lehérissey-Méliès, junto a su hijo, el pianista Lawrence Lehérissey, tienen un itinerario que suma miles de millas con el fin de llenar las salas del mundo con las imágenes fantásticas de un grande del cine.