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De tal palo…

Al entrenador de Jackeline Rentería, el deporte le debía una alegría. Trabajan juntos desde hace tres años y se han convertido en una pareja invencible. El Espectador habló con ellos en Pekín luego de haber logrado el bronce.

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Luis Guillermo Ordoñez / Enviado especial
18 de agosto de 2008 - 04:24 p. m.
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Todo padre quiere que sus hijos hagan realidad los sueños que él no pudo cumplir. Y a muchos entrenadores les pasa lo mismo, pues se obsesionan con la idea de convertir a sus dirigidos en los campeones que a ellos les hubiera gustado ser. Por eso hace dos años, cuando  asumió la dirección del equipo femenino de lucha del Valle del Cauca, el técnico Víctor Hugo Capacho se propuso aprovechar el talento de Jackeline Rentería y llevarla a la cima.

Y en ese proceso está. El sábado pasado, en una brillante actuación, la luchadora caleña de 22 años de edad conquistó para Colombia la medalla de bronce en la división de los 55 kilogramos, un logro que aún dos días después ellos no logran dimensionar. El Espectador los visitó en la Villa Olímpica, en donde comparten con los mejores 10 mil deportistas del mundo. Allí, más relajados, contaron todas las peripecias que tuvieron que pasar para triunfar, los planes que tienen para el futuro y el escepticismo que tienen frente a las múltiples ayudas que les han prometido después de subirse al podio.

Capacho fue un brillante luchador que apareció a finales de la década del 80. Fue medallista bolivariano, centroamericano y panamericano. Participó en ocho campeonatos del mundo y en los Juegos Olímpicos de Seúl, en 1988, en los que aprendió, cuando tenía apenas 19 años, la magnitud de un evento como ese. “Estar con la élite significó una gran experiencia para mí”, dice con nostalgia, pues aunque se propuso regresar alguna vez, ya no simplemente para competir, sino para triunfar, no lo pudo hacer.

Primero por un incidente personal que por fortuna ya aclaró y que prefiere no recordar. Después, porque cuando logró clasificarse para los Juegos de Atlanta, en 1996, la embajada de Estados Unidos le negó la visa, justo una semana antes del inicio de las competencias. Más adelante su cuerpo le exigió el retiro, pero como no quería alejarse del deporte, se preparó para ser entrenador. Y en sus manos cayó Jackeline, una joven a quien desde un comienzo le vio su enorme potencial.

También son artífices de la medalla olímpica los entrenadores que tuvo desde niña. José Manuel Restrepo, Carlos Daza y David Gutiérrez, quienes le fueron corrigiendo falencias en sus primeros años en el alto rendimiento. “Y la familia, que ha aguantado que ella esté luchando sin llevarles nada a la casa, un lujo que generalmente no se pueden dar los hogares humildes”, dice Capacho.

Mientras Víctor habla, ella escucha con atención. Se nota que confía en él plenamente. “Me brinda mucha seguridad, confianza. Él me ha enseñado a ser una competidora, a pensar en cosas grandes y trazarme objetivos muy altos”, señala la


luchadora, quien a pesar de haber sido subcampeona mundial juvenil en 2006 y doble medallista panamericana de oro en 2007, no ha recibido la casa que le han ofrecido funcionarios de la Gobernación del Valle.

“Ahora no es que esperemos mucho.  Somos muy agradecidos con el departamento y no vamos a hablar en contra, pero sinceramente el apoyo para ella ha sido mínimo. La mandan a unos torneos por obligación, pero nada más”, explica Capacho, quien trabaja con Indervalle, pero tiene contrato apenas por seis meses. “A ella le dan un apoyo para comida y vivienda, además de 200 mil pesos, aunque le deben cinco meses”.

Víctor, que ha sido un luchador de la vida, no se amarga por eso, ni por el hecho de tener que sacar plata de su bolsillo para comprar proteínas y botas de combate, o ayudarle a Jackeline para el transporte. “Hay amigos que me ayudan, busco quien me dé esto, quien me dé lo otro. Y con mi mujer tenemos unos negocitos que nos solventan. Menos mal que no se necesita ser rico para apoyar a alguien”, señala el técnico sin rencor, pero con convicción sostiene: “En Colombia hemos mejorado en muchos aspectos, pero debemos pararles más bolas a los deportistas”.

Van por el oro

Ambos son conscientes de que la medalla podría cambiarles la vida, pero tratarán de que eso no modifique sus planes. “El objetivo, a corto plazo, son los Campeonatos Mundiales de Japón, en octubre. Y comenzar a trabajar para buscar la medalla de oro en Londres 2012”, dice Jackeline, quien con algo de rabia acepta que tenía con que haberle ganado a la china en la semifinal. “Salí demasiado ansiosa y me desesperé, me faltó manejar mejor la pelea, pero estoy segura de que la habría podido vencer”.

Capacho está de acuerdo con eso, pero la tranquiliza agregando: “Mentalmente es muy fuerte, pero como a toda joven, le falta experiencia, roce internacional, competencia, aunque esta medalla le va a dar más seguridad. Algo positivo es que ya muchas de sus rivales la conocen y la respetan. Y me imagino que ahora habrá más oportunidad de que se codee continuamente con ellas”.

En plena charla, y para no olvidarlo, Jackeline coge la medalla y cambia el rumbo de la conversación para agradecer: “A Dios, a Coldeportes, a la Federación de Lucha, encabezada por Fanny Echeverry, y al Comité Olímpico Colombiano, pues sin su colaboración nada de esto habría sido posible. También, y mucho, a mis compañeros y entrenadores, porque fueron ellos quienes me dieron fuerzas y motivación en cada práctica, en cada jornada de trabajo. Al gimnasio Megalastra, del profesor Raúl Lastra, en donde pude recuperarme de la lesión de la rodilla. Por supuesto a mi familia. Y a Rodrigo Piedrahíta, un luchador de la selección que falleció en noviembre pasado, él también, desde el cielo, celebró conmigo”.

Jackeline también habló de sus metas personales. Explicó que quiere estudiar Derecho y que cuando regrese a Colombia va a ver cómo y dónde puede hacerlo, aunque admite que le dará prioridad a su preparación, la razón: “En Londres el primer lugar del podio será mío”. Y Víctor Capacho respalda esa frase moviendo verticalmente su cabeza, mientras posan juntos para El Espectador con los cinco aros olímpicos a sus espaldas, en la zona internacional de la villa de los atletas.

En casi tres años de viajes, concentraciones y mucha lucha, se han convertido prácticamente en padre e hija. Él, como deportista, no logró hacer su sueño olímpico realidad, pero con ella lo está cumpliendo.

Por Luis Guillermo Ordoñez / Enviado especial

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