Deportes Quindío, el protagonista del torneo

"Yo me siento hasta como un abuelo para estos jugadores y cuido de ellos todos los días", dice ‘El Pecoso’ Castro.

Castro no es el primer apellido de El Pecoso. Es el tercero. Eduard Dickin, un inglés que llegó a Colombia a explotar las minas de Marmato, Caldas, era su abuelo paterno y nunca le dio el apellido a Agustín Eduardo, su padre, por lo que su abuela le dio el de ella, Castro. De ahí, Fernando Castro o en realidad Dickin: Fernando El Pecoso Dickin. “Raro, ¿no?”, dice entre risas el mismo Pecoso, el mayor de una familia de siete hermanos y técnico que con su tesón y carácter tiene al Deportes Quindío en los puestos de vanguardia del torneo.

Diría alguna vez: “mi temperamento no se vende ni en el Ley ni en ningún otro supermercado”. Y es cierto, su carácter ha sido su sello en sus 41 años en el fútbol, 15 como jugador y 26 como técnico. Su padre, fumador empedernido y quien manipuló por años el carbón de las locomotoras siendo operador de ferrocarriles, murió a los 69 años sin pulmones, cuando Fernando tenía siete. “Entonces a mí me tocó salirme del colegio cuando cursaba quinto de primaria y ponerme a trabajar”, recuerda Fernando Castro Lozada (11 de febrero de 1949, Manizales).

—Le conseguí un puestico para que trabaje en vacaciones —le dijo una vez Adiela Lozada, su madre, una mujer pelirroja y quien murió hace cuatro años. También era de carácter fuerte: le pegó por última vez a El Pecoso cuando él tenía 47 años.

El trabajo consistía en llevar domicilios de carbón en bicicleta, y por cada entrega le regalaban unos centavos. Cuando reunió tres pesos con 50 centavos, le compró a un amigo un par de guayos ya usados. Fueron sus primeros, cuando tenía once. Cuatro años antes lo habían acuñado El Pecoso al ver que le nacían sus primeras pecas.

Su primer trabajo formal fue en la Central Hidroeléctrica de Manizales, empresa que le financió su carrera de mecánica automotriz en el Sena, lugar al que pudo ingresar “porque no pedían cartón del colegio”. En su primer sueldo, a los 17, recibió 80 pesos y 71 centavos, de los que 60 pesos fueron para gastos del hogar. “Me tocó sufrir, me tocó saber qué era no tener zapatos”, añade.

En esa empresa trabajó siete años. Fue allá, en el 66, donde perdió su dedo meñique de la mano derecha, mientras manipulaba un taladro. “Y me voy dizque para donde un médico en La Dorada, Caldas, que me amputó el dedo y cuando iba a cortar el de enseguida, me enojé y me escapé de la clínica. Finalmente me pegaron el otro y acá está”, enseña su dedo anular, en el que hoy lleva puesto su anillo de matrimonio (tiene dos matrimonios y cinco hijos).

“Yo fui 100% profesional”

Por obvias razones su fútbol (era lateral izquierdo) también se contagiaría de su carácter. Empezó en el 69 en la C del Once Caldas y dos años después debutaba como profesional. “Yo era ciento por ciento disciplinado, en 15 años como jugador sólo falté a un entrenamiento, porque llevé a un familiar al aeropuerto y el vuelo se retrasó. Le expliqué al técnico, Edilberto Righi, y él confió en mí, como todos los técnicos que tuve”, recuerda Castro, que jugaba entonces con el Cali, equipo del que es hincha, a pesar de ser manizaleño.

Tal vez por eso cada vez que iba al Palogrande, y jugaba un tiempo por el costado de la tribuna de sol, le lanzaban paraguas o uno que otro radio. “Nunca me pegaron, yo lo recogía y lo devolvía”, bromea.

El tema del profesionalismo se lo ha recalcado una y otra vez a sus dirigidos desde que se hizo técnico en 1987, precisamente con el Quindío. Al pasar de los años se ha convertido en un papá para muchos jugadores, a quienes ha hecho debutar como profesionales. Ahora en el cuadro cuyabro, acaso es como un abuelo, por la juventud del plantel. Los guía, les recomienda descansar y no beber, cuidarse. Y también los madrea: “Todo es por el bien de ellos”, afirma.

“A mí me respeta, respete esta institución”, grita El Pecoso. “Usted me hace el favor y no entrena cada vez que quiera, usted tiene que entrenar con espinilleras, con vendaje, ser responsable. Eso es faltarme al respeto”, le decía a un jugador, mientras agachado, golpeaba su mano contra la gramilla enfurecido, en el entrenamiento del jueves pasado.

Por ese tipo de acciones se ha ganado el respeto de muchos, y sobre todo en Armenia:

—Profesor, ¿me puede dar un autógrafo? Soy admirador de su disciplina —le pide un joven.

El ‘profe’ se cala unas gafas, de esas de modista que siempre cuelgan de su cuello y que sólo sirven para ver de cerca. Firma.

“¿Usted sabe cuánto cuesta un pasaje de bus aquí en Armenia?”.

—1.300 pesos —dice el pelado.

“Vaya y muéstrele este papel al chofer, que así lo lleva gratis”, bromea.

A veces es jocoso y elocuente. Pero dirigiendo siempre se le ve recio, con el ceño fruncido. Pide sacrificio y entrega por el fútbol.

Aunque su forma de dirigir, dice, no es totalitaria. Incluso, se ha puesto del lado de los jugadores, como cuando en el semestre pasado entraron en paro y no jugaron un encuentro contra Millonarios en la fecha once, porque les debían casi tres meses de salario.

“Estaban en todo el derecho de hacerlo. A mí me pasó también como jugador, cuando una vez al Caldas le tocó rifar un Renault 4 y darnos un talonario para ayudarnos con la quincena; vendí pocas boletas. En el Quindío salíamos antes de jugar a calcular la asistencia y decíamos: ‘bueno, alcanza para una quincenita’”, recuerda.

Formador antes que técnico

Y así como algunos jugadores lo sacan de quicio, también hay otros que lo enorgullecen. Unos por ordenados, como Abel Aguilar (hoy en el Hércules español), otros por entregados como el ya retirado Jorge El Patrón Bermúdez. En este equipo milagroso, repleto de jóvenes, lo ha marcado un caso: William Tesillo.

“Yo me asomo en un espejo y veo a Tesillo, porque así era Fernando Castro en su época de jugador: entregado al fútbol, vivía por el fútbol. Yo prefiero una mejor persona que un buen futbolista, esa es mi clave”, dice, orgulloso, Castro Lozada.

Francamente, no dista el caso del zaguero central William Tesillo con el de El Pecoso cuando era jugador. El barranquillero de 21 años perdió a su madre Nellys hace algunos años y ha tenido que luchar contra la escasez de dinero en su hogar. Nunca ha faltado a un entrenamiento: “es ciento por ciento profesional, como lo era yo”, añade el manizaleño.

“He aprendido bastante del profe Castro, porque tiene mucha experiencia, es de los mejores técnicos de Colombia. Para mí es como un padre, porque es muy leal, todo te lo dice de frente”, reconoce William, quien jugó en las selecciones de Atlántico, de Valle, Centauros de la Primera B y llegó al Quindío en 2010. Debutó en 2010 en primera, de la mano de El Pecoso.

El orgullo del técnico es formar jóvenes. Se siente responsable de sus jugadores porque más que un técnico es un adiestrador. “Es como volver a educar a mis hijos. Hasta puedo ser el abuelo de algunos, porque mi única niña tiene 39 años y fácilmente hubiera podido tener uno de 18, como Juan Camilo Vela”.

Su nieta María Antonia lo visita después del entrenamiento. Se enternece, habla como si fuera un niño otra vez, hace pucheros. Le echa la bendición para despedirla y continúa con la entrevista: “es que todo lo que le pase a un joven es culpa de nosotros los grandes, por eso hay que cuidar de ellos”.

Ésa, precisamente, es su clave para que el equipo esté en los primeros lugares del campeonato. Y eso que su plantel es uno de los más jóvenes y poco reconocidos del torneo, la nómina más barata y, además, debe un partido contra América.

Fuera de eso, dice que goza de independencia en su puesto. “Me tocó ver cómo un dirigente llamaba a gritar a un DT de la selección de Colombia porque no llamaba al jugador que quería y a los dos días estaba convocado. Yo eso no lo he permitido en 41 años de carrera”, dice, sin dar nombres.

Con autonomía, con la batuta con que dirige a este plantel de adolescentes, ahora Castro Lozada va en busca de su segundo título como técnico, tras el obtenido en 1996 con el Deportivo Cali. Las circunstancias son diferentes. Ahora además de técnico es padre putativo, pedagogo y maestro. Él es el siempre amable Fernando El Pecoso Dickin.