Por: Antonio Casale

Días sin fútbol

Ni el escándalo del Fifagate fue capaz de poner a temblar al fútbol. La pelota seguía rodando sin importar lo que pasara y, aunque la brecha económica existente entre las grandes ligas de Europa y las de este lado del continente fuera cada vez más grande, (incluso entre los grandes de Argentina y Brasil y los demás de por acá hay enormes diferencias), la gente ni se inmutaba. Mientras hubiera fútbol, había vida.

Se jugó tan solo en 18 ligas, el fin de semana que terminó. La mayoría a puerta cerrada, entre las que se destacan las de México, Argentina, Turquía, Rusia, torneos estaduales de Brasil, Bolivia, Chile, Guatemala, Honduras, Vietnam, Bangladesh, Indonesia, Kazajistán, Argelia, Ghana y Nigeria. Seguramente muchas de ellas ya no tendrán actividad el fin de semana que viene.

En Colombia, de las anteriores, si acaso hay acceso a través de la televisión a las de México y Argentina, pero River, uno de los que podría citar algún interés, que tenía que recibir a Atlético Tucumán, se negó a jugar. Cerraron el estadio y no permitieron la entrada de nadie. Ni los árbitros que intentaron ingresar al Monumental pudieron hacerlo. Ya veremos la sanción que le van a imponer al club millonario, si es que se atreven.

Dicen que el fútbol es el psicólogo de los incoscientes. Sirve para que la gente haga catarsis de las confrontaciones que a diario tiene con su entorno y lo más importante, al interior de cada uno. Algunos dicen que el fútbol es pan y circo para el pueblo, opio para mantener a la multitud anestesiada de la realidad.

No hay necesidad de profundizar tanto. El fútbol nos regala una alegría por cada tres decepciones, incluso a los seguidores del Barcelona, que no se conforman con ser de los pocos que pueden disfrutar de más victorias que fracasos. No, ellos, como todos los humanos, tienen que buscar alguna manera de amargarse, entonces se angustian porque el equipo no juega bien, entonces entran en crisis estética.

Pero esa alegría efímera, sentida como propia así uno no haya sido el que empuja el balón al fondo de la red ni tampoco el que escoge a los once que entraron a la cancha, ni mucho menos el que los contrata, es suficiente para alegrar y arreglar, así sea por momentos, a tantos corazones que con el paso de los días se endurecen y se vuelven netamente racionales. El fútbol es la emoción semanal de millones de personas que se acuerdan, solamente gracias a la pelota, de que tienen sentimientos. El fútbol es la manera de llevar la vida.

Ojalá todo esto sirva para que los jugadores también se acuerden del fútbol de barrio, ese que disfrutaban simplemente porque rodaba el balón. Ojalá cuando vuelva a sonar el pitazo inicial, todos nos acordemos de estos días de sequía y volvamos a disfrutar del fútbol como cuando éramos niños, sin condiciones.

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2020-03-15T21:00:00-05:00

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