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Diego Salazar

Lo llamaban “Bolitas” porque de niño era gordo. Más que gordo, redondo. “Bolitas, vení a defender”, le decían sus compañeros cuando sonaba la campana para salir a recreo, y ellos hacía rato tenían el balón de fútbol en la mano, porque no pensaban en otra cosa.

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Fernando Quiroz / Especial para El Espectador
29 de noviembre de 2008 - 10:00 p. m.
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Aunque no era alto, Diego Salazar era un defensa temible. Si se lo querían saltar tenían que hacerlo con el juego aéreo. Bolitas era una muralla. Era gordo, pero al llegar a la adolescencia cambió la grasa por los músculos, y lo que vio en él el entrenador Aymer Orozco fue a un muchacho fornido y lo empezó a preparar para que se convirtiera en levantador de pesas: adiós al fútbol.

Diego se lo tomó en serio. Tan en serio, que a los 19 años fue una de las figuras más destacadas de su disciplina en los Juegos Panamericanos de Winnipeg, y a los 21, cuando pasó a la categoría de mayores, ya lo había ganado todo en Suramérica.

Con 28 años, este vallecaucano obtuvo en Pekín la décima medalla para Colombia en la historia de los Juegos Olímpicos. Una medalla de plata que mordió con sus dientes muy blancos mientras dibujaba para las cámaras una sonrisa que le dio la vuelta al mundo.

De regreso a su natal Tuluá, trepado en el mismo carro de bomberos en el cual había visto subida alguna vez a una reina de belleza que le lanzaba besos al público, oyó que desde la multitud que lo aplaudía alguien lo llamaba por el ya casi olvidado sobrenombre de Bolitas. Y se acordó de los viejos tiempos. Ahora pesa sólo 62 kilos, que controla casi a diario en una balanza que emite señales de alarma si se llega a exceder siquiera un gramo de su peso reglamentario. Pesa 62 kilos, pero sigue siendo una muralla. Una muralla que en China, cuando levantó los 167 kilos definitivos, supo que tenía el podio garantizado, y por eso no dudó en besar las pesas antes de saber que se había convertido en el segundo mejor del mundo en su categoría.

El Milagroso de Buga

Cuatro años atrás, en los Juegos Olímpicos de Atenas, Salazar tuvo la mayor frustración de su vida, a raíz de una lesión en la muñeca que sufrió cuando apenas se preparaba para competir. Por eso, esta vez doña Rosalba Quintero, su madre, se le pegó al Señor de los Milagros de Buga para que su hijo volviera con alguna presea.

Y los ruegos surtieron efecto: Diego regresó no sólo con la medalla de plata que el jueves pasado lo convirtió en el segundo mejor deportista del año de El Espectador, sino también con un cheque de cien millones de pesos. Cien millones que cuida con celo, que mantiene alejados de pirámides y oportunistas, y con los cuales va a hacer realidad el sueño de su familia de tener una casa propia. Una casa con un jardín en el que doña Rosalba pueda sembrar palmeras y palos de guayaba agria y pueda ver florecer las veraneras y los camarones amarillos. Una casa en la que Diego pueda instalar un televisor enorme para ver las carreras de Juan Pablo Montoya, que es uno de sus planes favoritos, y seguir los partidos del Inter de Milán para hacerle barra a otro de sus ídolos: Iván Ramiro Córdoba. A Michael Jordan lo seguirá viendo todos los días, porque las paredes de su nueva habitación las seguirá decorando un afiche enorme de este basquetbolista enorme. Y tal vez se anime a pegar también un poster de Hulk, el increíble, protagonista de una de las películas que más lo han entretenido en sus frecuentes visitas a las salas de cine, a donde casi siempre va acompañado de Lina, su novia, cuando él sale de sus clases de la licenciatura de educación física y ella termina las de higiene oral.

A Diego Salazar la vida le cambió en China. Le piden autógrafos en cualquier esquina. Las tulueñas que antes lo miraban con desdén, ahora le lanzan piropos y le piden que se tome fotos con ellas. Su teléfono celular suena con una frecuencia que no conocía y desde el otro lado de la línea le solicitan entrevistas y le anuncian condecoraciones. En los despachos públicos le ahorran las largas filas en las que antes se le iba el tiempo y las señoras del barrio que lo conocen desde que le decían Bolitas no han dejado de invitarlo a sancochos generosos que preparan con todas las de la ley: con leña de guayabo, con una gallina que apenas haya puesto una sola vez y con unas cuantas hojas de cimarrón recién cortado de la mata.

Con el sancocho le dan en la vena del gusto, pero no tanto como con el arroz con pollo de su mamá, que fue el plato que le pidió para celebrar su medalla de plata a la vuelta de un país con gastronomía extraña para él, que lo obligaba a alejarse de los bufetes de comida típica y lo llevaba a elegir casi siempre las pastas conocidas que encontraba en el menú internacional. Por fortuna para él, eso de enfrentarse a costumbres tan distintas a las de su pueblo no es nada nuevo. Al fin y al cabo, en su carrera ha recorrido muchos países en busca de nuevos reconocimientos deportivos para Colombia. Y de todos los lugares que conoce, Praga le sigue pareciendo la ciudad más hermosa de todas. No sabe si pueda decir lo mismo después de visitar Egipto, que es un sueño que tiene aplazado… aunque reconoce que ahora sus ilusiones se cumplen cada vez más rápido.

Así, por ejemplo, hace apenas unos meses cambió la vieja y sencilla moto roja que compró con los ahorros de varios años por un modelo que deslumbra a casi todos en las calles de Tuluá. Y, como si fuera poco, le regalaron otra por su hazaña en Pekín. Y pudo matar la curiosidad que le producía ese aparato misterioso y sofisticado que se llama iphone. Diego Fernando Salazar ahora lleva el suyo en el bolsillo.

Aunque sigue siendo un hombre sencillo y cordial, que no le niega un autógrafo a nadie y que sigue sonriendo cada vez que le piden una foto, Diego ha empezado a darse muchos gustos que antes no hubiera podido, con los dos salarios mínimos que recibe como auxilio económico por su labor deportiva. Y todo por cuenta de ser capaz de levantar con cada brazo el equivalente a un gordo de ochenta y tres kilos y medio… mucho más de lo que pesaba cuando sus amigos le decían Bolitas y lo invitaban a jugar fútbol.

El día que le cambió la vida

El lunes 11 de agosto de 2008 el pesista tulueño Diego Fernando Salazar se consagró al ganar la medalla de plata en la categoría de los 62 kilogramos de los Juegos Olímpicos de Pekín. El vallecaucano, de 28 años de edad, logró la décima presea colombiana en el evento deportivo más importante del planeta.

Salazar, quien tenía pronosticado pelear por un lugar en el podio con su compatriota Óscar Figueroa, levantó 305 kilogramos y solamente fue superado por el chino Zhan Xiangxiang.

El vallecaucano representa internacionalmente a Colombia desde los Juegos Panamericanos de Winnipeg, Canadá, en 1999. Ha logrado dos subtítulos (2003 y 2007) y un tercer lugar (2006) en los campeonatos mundiales de su especialidad.

Participó en los Juegos Olímpicos de Atenas 2004, en donde una lesión en la muñeca le impidió terminar la prueba. Por fortuna en Pekín tuvo la revancha.

Futuro entrenador

Diego Salazar terminó sus estudios de ingeniería mecánica, pero ahora está haciendo una licenciatura en educación física, actividad que alterna con sus entrenamientos y competencias.

Quiere seguir ligado al deporte después de que se retire y por eso ha comenzado a formar un  grupo de jóvenes pesistas en su natal Tuluá, en donde, al lado del futbolista Faustino Asprilla, es uno de los personajes más queridos.

Por Fernando Quiroz / Especial para El Espectador

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