Dilema

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Realmente la FIFA y la pandemia complicaron a más de un director técnico en el fútbol. La razón, aparentemente buena, no parece haber facilitado el trabajo de los “fusibles”, como llamo a los técnicos en el mundo, porque realmente son los que pagan el pato cuando los resultados son adversos. Nunca los directivos echan a cinco jugadores por costosos, y en gran parte, por los activos del club o del equipo es más barato sacar a uno y no a cinco.

Pues bien, les complicaron la vida con aquello de poder inscribir 30 jugadores, porque si todos fueran buenos y talentosos, pues vaya y venga, pero la realidad es otra bien distinta. Cuantos más jugadores hay para escoger los once titulares, más difícil resulta la elección. Esto se palpa en la gran mayoría de los equipos denominados grandes. Si no, bastaría ver el caso de Nacional. Juan Carlos Osorio está rotulado como innovador por sus rotaciones. La solución a la inconformidad de los llamados suplentes conlleva un desgaste en el grupo y en el cuerpo técnico.

Aquella respuesta diplomática de los técnicos de que “en mi equipo no hay suplentes ni titulares” no es del todo cierta. La dicen para dar contentillo al plantel. No señores. En cualquier equipo o selección hay marcada diferencia entre unos y otros. Lo primero que debe hacer un técnico, rodeado de treinta jugadores, es evaluar y cada quién tendrá sus métodos para escoger los titulares. Con esos once teniendo continuidad, se debe ir cimentando una estructura sólida e ir consolidando la idea futbolística que se tenga. Señalados los once, quedarán 19 esperando una oportunidad. La decisión parece cruel, aunque necesaria.

En el caso de Nacional ya es hora, porque tiempo sí ha tenido Osorio para arriesgar una alineación constante, supeditada a las contingencias (lesiones, expulsiones) y capaz de ofrecer una fisonomía de equipo con metas y ambiciones.

Por supuesto que la mala cara de los suplentes hay que sufrirla y entenderla. No se les puede dar gusto a todos. Si Osorio tiene un plan de juego (debe tenerlo), debería dar prioridad al talento, que no abunda, y al compromiso de quienes con menos talento puedan aportar sacrificio y entrega, como ocurre en todos los órdenes de la vida. Las empresas funcionan con la mezcla de unos con otros. Ni los once genios y talentosos, ni los once “picapiedras”. En la mezcla de los muy buenos con otros menos buenos se consigue un armazón de equipo positivo.

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