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Dominó de talla universal

Cristian Torres y Benito Vega representan a Colombia en el mundial de Costa Rica, como símbolos de un deporte que García Márquez inmortalizó en sus obras.

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Nelson Fredy Padilla
05 de junio de 2011 - 06:20 p. m.
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El “azar indescifrable” de sus raíces guajiras y caribes llevó a Gabriel García Márquez a investigar en profundidad el dominó para convertirlo en pieza central de los engranajes del realismo mágico. El compositor vallenato Rafael Escalona fue uno de los amigos que lo acompañaron a recorrer La Guajira para reconstruir, de parranda en parranda, el alma de jugador que después consolidó con sus compinches del Grupo de Barranquilla en el bar La Cueva y en cafés bogotanos como El Automático. En el caso de La Cueva los mandamientos eran inapelables: “leer, tener de qué hablar, mamar gallo, tomar ron y jugar dominó”. Luego Gabo, el más disciplinado de aquella manada de locos, logró abstraerse, según él mismo gracias a su “contagiosa mala suerte”, para crear ese mundo macondiano donde las fichas sobre una mesa de juego parecen adquirir poderes sobrenaturales capaces de decidir en una partida el destino de sus personajes.

Cristian Torres y Benito Vega son del grupo de Maicao, del estadero Nenecris. Han oído hablar de Macondo, pero no han leído los libros del Nobel colombiano. “Pa que le voy a echar embuste, jefe, lo que yo le diga de ese tema es mentira”, admite Cristian. Los dos son los reinantes campeones nacionales de dominó y esta semana representarán a Colombia en el mundial de Costa Rica, entre el 6 y el 10 de junio. Juegan y trabajan, aclaran. Cristian es un ingeniero industrial de 28 años, dedicado a la construcción de carreteras y estadios. Benito es un tramitador de 34 años, especializado en legalizar facturas de nacionalización de los productos que llegan a Maicao desde Bahía Portete. Son cuñados y representan a los millones de costeños que encuentran en el dominó una válvula de escape a su mundo real, aunque bien podrían encarnar a cualquiera de los prestidigitadores del dominó que García Márquez inmortalizó en sus obras.

Cristian parece tener el “corazón enloquecido” de Florentino Ariza, hombre de puerto protagonista de El amor en los tiempos del cólera, jugador de dominó del Club del Comercio. Cristian vive tan enamorado del deporte como de su novia Pilar Barros, con quien siempre hace pareja de juego, pero no pudo acompañarlo a las eliminatorias regionales. Entonces invitó al contrincante de mesa de los fines de semana, su cuñado Benito, con quien nunca había jugado en equipo y resultó el complemento ideal de la fórmula para divertirse y ganar.

Nunca antes habían participado en campeonatos distintos a “los cien pesos”, “el vaso de agua”, “el trago”, lo que se juega en el Caribe a la hora del sopor bajo la sombra de los almendros y los tamarindos. “Pero lo que es la suerte, jefe”. El 4 de mayo Cristian fue a pagar el recibo de afiliación a la caja de compensación familiar Coomeva, le preguntaron si jugaba dominó y decidió aventurarse y “echar a la guerra” a Benito. Contra sus propios pronósticos, derrotaron a las 14 parejas finalistas de La Guajira y como campeones departamentales viajaron al campeonato nacional que realizó la misma entidad en Cali la segunda semana de mayo. Allí, “gracias a mi Dios y a nuestro talento”, derrotaron a 33 duplas de todo el país, incluidos los excampeones nacionales que son del Chocó, a los cachacos que habían ganado la eliminatoria en el parque Maloka de Bogotá y a los favoritos de Medellín en la final.

Además de felices están más nerviosos que nunca porque no habían viajado al exterior y pasaron del anonimato de su cuadra, “de la cantinita”, a la fama de la televisión, la radio, los periódicos. “Ahora todo mundo quiere jugar con nosotros para contar que les ganaron o perdieron con los campeones de Colombia —dice un emocionado Cristian—. Hasta envidia hemos despertado, jefe, y eso que sólo ganamos trofeo, medalla y la invitación a Costa Rica con todos los gastos pagos”. En cambio, Benito parece tan parsimonioso, hermético e impredecible como Aureliano Buendía, el protagonista de Cien años de soledad que sosegaba sus ímpetus jugando dominó con su suegro Apolinar Moscote. Le atribuyen, y él no lo niega, una mente de ágil matemático capaz de descifrar hasta las claves de Melquíades, el sabio de Macondo. “Como a los 18 años fue que me interesé en el dominó, por lo que soy bueno para las matemáticas y desarrollé una metodología y capacidad de concentración”. Cristian cuenta que empezó a jugar “dominó corrido” desde los 11 años.

Están de acuerdo en que la adicción a este pasatiempo “nace desde pelaos, es una cuestión cultural”. Se transmite de esquina en esquina, de generación en generación. Cómo no iba a trascender a la literatura garciamarquiana. En El otoño del patriarca la historia del dictador no sería la misma sin la decrepitud de las tardes de dominó en su refugio presidencial, sobre los arrecifes, creyendo vislumbrar mejor desde la mesa de juego las decisiones del régimen, las traiciones, la corrupción y la arrogancia de los militares. ¿Qué sería de la obra sin las lentas partidas del tirano con antiguos dictadores de otros países del continente a quienes concede asilo para que pasen sus últimos días “hablando solos, muriéndose muertos”, obligados a “jugar dominó hasta despojarlos del último céntimo”? ¿Y qué sin el general Rodrigo de Aguilar y sin Patricio Aragonés, los únicos autorizados a ganarle al gran señor? Allí se sostiene la coreografía de vida de los déspotas. Cristian cuenta que en Maicao su existencia es simple y feliz: “La vida de nosotros es trabajar de lunes a viernes y jugar con los amigos o en familia el fin de semana”.

Los reyes de Maicao se muestran realmente interesados en saber más de Gabo y de su lado dominesco. “Es bueno saber esas historias, porque eso nos da estatus y le da caché al deporte”. Que un escritor gane el Nobel de Literatura con novelas en las que el dominó es protagonista, incrementa la popularidad del deporte a nivel mundial. También ayuda la trama de Crónica de una muerte anunciada, donde entre partida y partida se da el desenlace del crimen y ni el coronel Lázaro Aponte puede salvarle la vida a Santiago Nasar por andar cuadrando contendor. Qué mejor diálogo sobre la ambición y las flaquezas del espíritu humano que las partidas de dominó entre Bayardo San Román y el viudo de Xius.

Una más sobre la mesa: el cuento “En este pueblo no hay ladrones” es otro ejemplo de por qué García Márquez debería recibir el trofeo al dominoísta más comprometido. Para la versión en cine, rodada en México en 1965, incluyó como jugadores a sus compinches de mesa Juan Rulfo, Carlos Monsiváis y Carlos Fuentes. Con Vargas Llosa también jugaba hasta antes de su famosa pelea y el peruano dejó filtrar el juego hasta las mesas del bar en La catedral. Y a nivel político ni se diga: jugó muchas partidas con los comandantes Fidel y Raúl Castro, dicen que incluso con el Che Guevara, y hubiera querido hacerlo con Hemingway en la barra del bar Floridita o en la Bodeguita del Medio, mojito en mano. También hay pruebas de sus desafíos con el general panameño Ómar Torrijos y el presidente venezolano Carlos Andrés Pérez, que tenía fama de mal perdedor. ¡García Márquez Nobel del dominó! Curiosamente el nombre del fundador de uno de los clubes más famosos en España, “La peña los humildes”, en Córdoba, es don Francisco García Márquez.

Dicen que Gabo se entregó del todo a la “dominofradía” en Cuba. La fiebre entre los costeños colombianos sólo es comparable a la que se ve y se huele en cualquier esquina, patio o plaza de La Habana vieja. No sólo se oye el oleaje, sino el sonar de las fichas al chocar sobre las mesitas. Participan desde el más pobre hasta los tres intelectuales de Tres tristes tigres de Guillermo Cabrera Infante. Con razón los colombianos Cristian Torres y Benito Vega les temen primero a estos isleños y después a la fama de buenos jugadores de los mexicanos, puertorriqueños, dominicanos y a los ticos, anfitriones del mundial, en el que participan 24 países afiliados a la Federación Internacional de Dominó.

¿Cuál será su táctica, muchachos? “Nada en especial, jefe, nosotros los costeños controlamos el dominó con inteligencia y práctica. Es cuestión de entender las fichas que el compañero tira”. ¿Preparan trucos? “No. El truco es jugar serio y ser respetuoso, ir contando cuántas de las 168 pintas o punticos que suman las 28 fichas del dominó están sobre la mesa y cuántas en poder de los jugadores. Así se sabe qué tirar y cuánto se demora uno en cerrar la partida  y ganar”. Lo más difícil para ellos ha sido acostumbrarse a jugar a palo seco, sin tomar cerveza ni ron, “a puro vaso de agua”.

Viajaron a Costa Rica patrocinados por Coomeva y como abanderados de Colombia. Cristian, además de la camiseta nacional, llevó la del Júnior y el sombrero vueltiao. Por cábala empacó su dominó de madera de barco, aunque no cree que lo dejen jugar con él. “Es que hasta al mismísimo cielo nos llevamos el dominó. El dominó está metido en todos los rincones. Hace poco visité a un amigo en la cárcel y esa es su distracción”. Todo el mundo tiene un dominó en la casa y aún así Benito ve llegar de Bahía Portete cajas y cajas provenientes de Panamá. “Son fabricados en China o Singapur y vienen amarrados a la compra de una botella de Old Parr”. Cristian Torres, el Florentino Ariza de este relato, promete ir a vencer a Costa Rica para demostrar de lo que es capaz por amor a su novia Pilar Barros y al dominó, claro.

La mejor jugada literaria del mundo del dominó

En ‘El Otoño del patriarca’ García Márquez logró la mejor escena de dominó de la historia de la literatura:  “Años antes, en una noche de malos humores, él le había propuesto a Patricio Aragonés que se jugaran la vida a cara o sello, si sale cara te mueres tú, si sale sello me muero yo, pero Patricio Aragonés le hizo ver que se iban a morir empatados porque todas las monedas tenían la cara de ambos por ambos lados, le propuso entonces que se jugaran la vida en la mesa de dominó, veinte partidas al que gane más, y Patricio Aragonés aceptó a mucha honra y con mucho gusto mi general siempre que me conceda el privilegio de poderle ganar, y él aceptó, de acuerdo, así que jugaron una partida, jugaron dos, jugaron veinte, y siempre ganó Patricio Aragonés pues él sólo ganaba porque estaba prohibido ganarle, libraron un combate largo y encarnizado y llegaron a la última partida sin que él ganara una, y Patricio Aragonés se secó el sudor con la manga de la camisa suspirando lo siento en el alma mi general pero yo no me quiero morir, y entonces él se puso a recoger las fichas, las colocaba en orden dentro de la cajita de madera mientras decía como un maestro de escuela cantando una lección que él tampoco tenía por qué morirse en la mesa de dominó sino a su hora y en su sitio de muerte natural... lo acompañó en la lenta agonía… (hasta que Aragonés se despidió diciéndole) ahí lo dejo por poco tiempo con su mundo de mierda mi general porque el corazón me dice que nos vamos a ver muy pronto en los profundos infiernos”.

Una partida inolvidable con el comandante Raúl Castro

Raúl me dijo: “ven acá chico, ¿nos vamos a pasar todo la noche barajando las fichas?”. Le respondí mientras movía las fichas con ese movimiento característico parecido a las caricias al ser amado: “con todo respeto, Comandante, tengo que dar un ‘agua fina’ porque este es un juego, para mí, trascendental”. Raúl comenzó a reírse y todos alrededor lo secundaron. Muchos saben que la filosofía del dominó está fundamentada en un 60% en tres normas: botar gordas, no matar a tu compañero y repetir la ficha mientras puedas al que está ‘abajo’ de ti. Un 20% es memoria para recordar que fichas tienes que repetir y las que está dando tu compañero y el otro 20% es suerte. Yo le venía repitiendo el 6 a Raúl hasta que le dije: “Comandante, con su permiso, lo voy a matar”. La risa de Raúl no se hizo esperar y se fijó en sus fichas buscando un inexistente seis. Un sapo, un mirón, exclamó: “¡Tú estás loco!... ¿Cómo tú le vas a decir eso al comandante Raúl Castro?, ni en juego le digas eso al ministro Raúl Castro”.

Ariel Larramendi Villafañe, Unión de Escritores de Cuba.

¿Deporte egipcio, chino, francés o italiano?

Unos historiadores atribuyen su nacimiento a los matemáticos egipcios. En 1922 Howard Carter y George Herbert habrían descubierto un juego de dominó en la tumba de Tutankamón, perteneciente a la dinastía XVIII de Egipto, quien reinó del 1336 al 1327 a.C. Otros autores dicen que el domino nació en China y que su origen se ubica en algún momento cercano al año 1120 antes de nuestra era. “Es de origen francés y fue tomado de una capucha blanca por fuera y negra por dentro, de ahí los colores de las fichas”, dice Juan Tortosa, un campeón español. Lo cierto es que en el Caribe y Centroamérica se considera propio y hasta “el segundo deporte nacional”, como en Cuba, o con modalidades propias como “el venezolano” o “el dominicano”.

Por Nelson Fredy Padilla

 

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