Dos héroes en acción

Un policía y un bombero de La Unión rescataron a cuatro de los heridos del avión de Lamia. Erwin Tumirí fue quien más los sorprendió, por su fortaleza y las heridas mínimas que le dejó el accidente.

Willington Ramírez y Andrés Congote estuvieron en el primer equipo de rescate que llegó al lugar del accidente. / EFE
Willington Ramírez y Andrés Congote estuvieron en el primer equipo de rescate que llegó al lugar del accidente. / EFE

Habían pasado las 10 de la noche del 28 de noviembre cuando la estación de Policía de La Unión (Antioquia) recibió la alerta desde el aeropuerto internacional José María Córdova de Rionegro: un avión con cerca de 80 personas a bordo había desaparecido y posiblemente se había accidentado. El subintendente Willington Ramírez supo que le esperaba una larga noche. Llamó a Andrés Congote, del Cuerpo de Bomberos del mismo municipio, y le avisó de la situación. Minutos después, ambos emprendieron la marcha rumbo a Cerro Gordo, el lugar del siniestro del avión de Lamia que transportaba al Chapecoense.

Al llegar escucharon los gritos de auxilio de los sobrevivientes. Andrés Congote se identificó: “Les dije que éramos del equipo de rescate y que si me escuchaban hicieran ruido o alumbraran con una linterna. De inmediato empezaron a mandar señales con una luz”.

Entre policías y bomberos rompieron un alambre de púas que había en el sitio y les impedía acercarse. No conocían la existencia de caminos, entonces, a punta de machete se abrieron paso entre la maleza. “Estaba haciendo mucho frío, había escarcha en los árboles y la neblina no dejaba ver a más de 150 metros a la redonda. Estábamos a dos grados de temperatura”, recuerda Andrés, quien comandaba el operativo de rescate.

Al llegar al claro vieron la estructura del avión. Lo único reconocible eran las alas, lo demás estaba destrozado. Volvieron a gritar para que los heridos los guiaran y supieron que estaban a 30 metros del fuselaje. Fueron otros 20 minutos abriendo camino para llegar a ellos. “Daban ganas de llorar. Por el estado de la aeronave sabía que no había muchos sobrevivientes”, relata Andrés.

El subintendente Ramírez caminaba junto a él alumbrando el camino con una linterna. Al llegar al lugar donde estaban los heridos, encontraron a dos de los sobrevivientes, Marcos Danilo y Helio Neto, postrados en una silla y con los cinturones puestos. Al frente de ellos, recostado en un árbol, Erwin Tumirí sostenía la pequeña linterna con la que los guió. A su lado, tirada en el piso, Ximena, la auxiliar de vuelo. “Me sorprendió ver a Erwin sentado en medio de todos esos muertos tirados y del avión destruido. Para mí fue un milagro”, comenta el subintendente, y agrega: “Erwin temblaba de frío, no decía nada, estaba muy mojado. Ximena gritaba de dolor”. Instintivamente se quitó su chaqueta, cubrió a Erwin para evitar la hipotermia y les indicó a sus compañeros que hicieran lo mismo con los otros sobrevivientes.

El subintendente seguía alumbrando con la linterna para que Andrés y los demás socorristas hicieran su trabajo. “Cuando le estábamos prestando la atención, una de las unidades me dijo que Danilo estaba muy herido y no creía que fuera a sobrevivir. Cortamos el cinturón y lo montamos a la camilla, lo llevamos al lugar que habilitamos para la atención primaria. Danilo murió en ese trayecto. Eso fue muy duro: rescatarlo con vida y saber que no lo logró”, recuerda Andrés.

En ese cuadro desolador, Erwin los sorprendió. “Escucharlo llamar a sus compañeros, nombre por nombre, esperando una respuesta que no llegó: fueron momentos de angustia y tristeza. Él supo que habían muerto”, dice el subintendente Ramírez. A Andrés Congote, algo más le llamó la atención: “Erwin nos dijo que atendiéramos primero a la niña (Ximena). A pesar de su dolor, no se dejaba atender primero que ella”.

El proceso de rescate de los heridos duró más de dos horas. Con el clima, el terreno y la oscuridad jugando en contra, evacuaron en camillas a los sobrevivientes por la misma trocha que abrieron hasta la carretera. Caminaron otros 300 metros hasta las ambulancias. El frío era intenso y la angustia por ayudarlos era mayor. “Yo le di una chocolatina a Erwin para que se calentara y a Ximena le decía que me mirara, que no se durmiera”, recuerda Andrés.

A las 3:30 de la madrugada hicieron una pausa. La lluvia arreció en el lugar y ahora eran los rescatistas quienes corrían el riesgo de sufrir hipotermia. A las 5:00 de la mañana reanudaron las labores. “Empezamos a sacar los cuerpos con la luz matutina. A las 5:40 a.m. salió un sol como de mediodía que duró hasta las 8:00 a.m. El panorama nos cambió totalmente y vimos la magnitud del accidente. Habíamos hecho un conteo en la noche de 45 personas fallecidas, pero ya con el sol se veían todas. Eso fue muy duro, ahí me ganó la impotencia, ya sabía que no había más sobrevivientes”, cuenta Andrés.

Los esfuerzos se centraron en recuperar los cuerpos y entregarlos a la Sijín para su reconocimiento. Fueron más de 16 horas de trabajo. En la noche y con la tranquilidad del deber cumplido, tuvieron tiempo para reflexionar. “Cuando llegué a mi casa hablé con un amigo, le conté lo que había vivido y lloré, me desahogué, saqué todo ese dolor. Ya había hecho mi trabajo, ya podía quebrarme”, dice Andrés con los ojos aguados.

Ya en 2007 el subintendente Ramírez había atendido otro siniestro aéreo en Leticia, Amazonas. En aquella oportunidad, los ocho ocupantes de la avioneta murieron. Saber que los sobrevivientes ya están con sus familias es su mayor recompensa. “Yo no soy héroe, soy un buen policía”, concluye.

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