
Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
A Yayza Córdoba le pareció que esa morena esbelta, de piernas largas y finas, sonrisa generosa y gestos traviesos, que se elevó por el cielo en un salto endemoniado hasta caer en un tapete de arena del estadio Olímpico de Londres, era idéntica a su hermana.
Ahí está Zoro pintada, dijo. A Zorobabelia Córdoba Cuero no le pareció descabellada la comparación con Catherine Ibargüen. Pensó, al contrario, que el comentario fue acertado pues ella también es negra, espigada y alegre; fue ovacionada, fue campeona, y de las grandes.
En Cartagena, Isaura Cuero, su madre, pensó lo mismo y no dudó en llamarla: “Ay hija, me pareció verla a usted, idéntica. Me acordé de los aplausos que despertaba”.
Al escucharla con la voz entrecortada, Zorobabelia no pudo evitar el llanto y recordar sus días de gloria, cuando era considerada una de las deportistas más completas del país.
En su casa del barrio Los Colores, de Medellín, volvió a su realidad. Se vio en muletas, sintió tristeza y repasó rápidamente su historia de altibajos. Nació el 28 de marzo de 1968, en una casa forrada de tablas en Tutunendo, Chocó. Su padre, Juan Evangelista Córdoba, exboxeador de peso mediano, atendió el parto y le cortó el cordón con una cuchilla. Tomó la Biblia, vio el nombre Zorobabel y decidió que su hija se llamaría Zorobabelia.
Cuatro meses después, el viejo, en busca de mejores oportunidades, partió de Chocó con su esposa y cinco hijos. Vivieron en Medellín, donde nacieron otros dos muchachos. Luego se fueron para Turbo. Y por último se radicaron en Cartagena. “Parecíamos nómadas”, recuerda Zorobabelia.
En la Heroica comenzó a practicar deporte y se destacó en unos juegos intercolegiados nacionales. Mientras defendía los colores de Bolívar, le llegaron ofertas de Antioquia, Valle y Bogotá.
En 1988 arrancó su carrera en el heptatlón, una disciplina que consta de siete pruebas (carreras de 200 y 800 metros, 100 metros vallas, salto de altura y de longitud y lanzamiento de peso y de jabalina). La práctica la llevó a conseguir récords en Colombia y en el exterior (iberoamericanos, bolivarianos, sudamericanos y centroamericanos, entre otros) y la puso cerca de participar en los Olímpicos de Barcelona-92. Aún hoy conserva el récord nacional, con 5.808 puntos. “No pude participar en los olímpicos porque el entrenador de ese entonces no me inscribió”, dice.
Pese a su exitosa carrera deportiva, casi toda representando a Antioquia, y a que había terminado estudios en educación física, a comienzos de los 90 no tenía un trabajo estable y se ganaba la vida vendiendo libros y trabajando en un gimnasio como instructora. Hasta que en febrero de 1993 el gerente de Empresas Públicas de Medellín (EPM) le ofreció empleo. La nombró auxiliar de deportes y le encargó organizar las actividades recreativas de los trabajadores de la empresa y su grupo familiar. “Me dieron todas las gabelas. Me permitieron seguir entrenando siete horas diarias y ausentarme cuando tenía competencias en el exterior”, dice.
Sin embargo, el 23 de junio de 2007 ocurrió un accidente que partiría en dos las relaciones de EPM con la deportista. Durante los XIV Juegos Nacionales de Empleados Oficiales, en Cúcuta, la atleta, en representación de EPM, se cayó en un partido de voleibol y se fracturó el hombro y la pierna derechos. Ahí comenzó una puja que aún hoy no está resuelta. Zorobabelia cree que lo ocurrido fue un accidente de trabajo. Y EPM asegura que la lesión es “de origen común”.
El pulso entre la deportista y la compañía viene desde abril de 2010, cuando la pensionaron por enfermedad común. Durante este tiempo, Zorobabelia ha puesto tutelas, ha dicho, entre otras cosas, que algunos empleados de EPM acomodaron su historia clínica a su antojo, y ha visitado el Ministerio de Protección Social para que revise su caso. EPM, entre tanto, ha respondido que como empresa pública tiene que ajustarse a lo que la ley permite hacer.
El lío salió a la luz pública en medio del furor de los Olímpicos, como el contraste entre la alegría deportiva y el drama de una mujer que 20 años atrás era figura de Colombia.
El 14 de agosto, Ana Cristina Navarro, vocera de EPM, señaló: “No podemos tener ningún trato preferencial con ningún empleado de la compañía. La Junta Nacional de Calificaciones de Invalidez concluyó que la de Zorobabelia Córdoba Cuero era de origen común, ya que la patología ya estaba presente de carácter moderado al año de labores en la empresa”.
Tras esa decisión, leyó la vocera, un fondo de pensiones asumió desde abril de 2010 el pago mensual de la pensión por invalidez y “en conclusión, EPM no ha tenido ni tiene injerencia en el tema pensional de la exfuncionaria”.
Para Zorobabelia, sin embargo, el lío no ha concluido. Su caso lo llevan dos abogados porque está convencida de que su enfermedad (artrosis) se desencadenó luego del accidente. “No estoy buscando que EPM me pensione, sino que reconozca que mi lesión fue un accidente de trabajo”, dice en su casa que, a propósito, podría perder, porque está embargada.
La artrosis, su angustia emocional y su desorden metabólico no han borrado su aire atlético y la sonrisa de su rostro juvenil. Si no fuera porque ella lo dice, no parecería que encima tiene 44 años y que fuera la madre de dos niñas, Awdrey, de 13 años, y Zoreiban, de 8. Tal vez sin las muletas aún conservaría ese aire travieso que la caracterizaba, muy similar al de Catherine Ibargüen.