Por: Antonio Casale

El arte de engañar

Carlos Henrique "Kaiser" era un “jugador” brasileño de la década de los 80. Amigo de “colegas” de primer nivel como Romario, Renato Gaúcho, Ricardo Rocha o Edmundo, se dio sus mañas para ser contratado por clubes como Flamengo, Vasco da Gama o Ajaccio de Francia, pero nunca, jamás, jugó al fútbol.

Tiempo después de su “retiro” le contó al programa de TV Acento Robinson, de España, que alguna vez le dieron la orden de entrar al campo y mientras calentaba prefirió irse a las manos con los de la hinchada rival para hacerse expulsar y no tener que entrar a jugar. En su presentación en sociedad en el Ajaccio francés, en vez de hacer figuritas con el balón se puso a besar la bandera de Córcega, con lo cual los asistentes quedaron satisfechos y metieron de una vez a Kaiser en sus corazones. Hace poco se lanzó un documental con su historia. El Kaiser dice que en todos los equipos en que estuvo lo celebraron dos veces: cuando firmó contrato y cuando lo despidieron.

A Maradona le aplauden todavía la jugada de la mano de Dios en aquel partido ante Inglaterra por los cuartos de final del mundial del 86. Claro que esa jugada tenía tintes de revancha política, porque se presentó pocos años después de la guerra de las Malvinas, en la que las Fuerzas Armadas inglesas, con toda su tecnología, pelearon contra un puñado de argentinos, enviados por la dictadura, armados con rústicas armas y sin ningún tipo de entrenamiento. En aquella guerra los dos gobiernos engañaron a sus pueblos porque les convenía ganar popularidad. El viejo truco de exacerbar el nacionalismo cuando las cosas no marchan bien en los países siempre funciona.

El engaño de Maradona, por supuesto, fue menos grave, no tuvo consecuencias mortales, pero engañó al árbitro, rompió el reglamento y en su país lo adorarán por siempre. Fue una especie de venganza de barrio.

El fútbol es el arte de engañar y desde el lado positivo también se han escrito grandes páginas en la historia. La más reciente, el cobro de tiro de esquina por parte del joven Trent Alexander Arnold, del Liverpool ante el Barcelona, en la legendaria remontada de Anfield por Champions y que les dio el tiquete a los rojos para la final de este sábado. El tipo fingió que iba a tomar impulso normal para ejecutar el cobro y de un momento a otro se dio vuelta, cobró de rapidez cuando sus rivales todavía no habían tomado sus marcas, le tiró la pelota rastrera al vértice de las cinco con cincuenta a Origi que, solo frente al arco, definió para un gol tan histórico como inolvidable.

El engaño en el fútbol, cuando está dentro del reglamento, es una verdadera pilatuna del juego de barrio, nos lleva a aquellos días en que jugábamos con la pelota en la calle de enfrente tratando de engañar a los vecinos con una gambeta para después reírnos en la tienda de la esquina mientras celebrábamos con una gaseosa en la mano.

El sábado en El Campín, en medio de un partido en el que el Pasto le tenía cerradas todas las vías a un Millonarios que intentaba todo pero no lograba producir peligro, el engaño bien entendido hizo de las suyas una vez más. Cuando los defensas del visitante estaban pendientes del temible González Lasso, el morocho se llevó la marca de los dos centrales corriendo hacia adelante, ellos se fueron a perseguirlo y por detrás, como un fantasma, entró el menudito Santiago Montoya, a quien no recuerdo haber visto cabeceando un balón jamás. Carrillo, con la seguridad de haberlo preparado durante la semana, ni miró a González Lasso, se la tiró al volante creativo de apenas 1,73 de estatura por elevación y este, increíblemente libre de marca tras la consumación del engaño más bello que se haya visto en varios años en ese estadio, solo tuvo que acomodarla abajo, con la cabeza, para meterla al fondo de la red y causar la hilaridad de una hinchada que sueña en serio con otra estrella en el escudo.

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2019-05-27T06:00:00-05:00

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