El estilo libre de Naiver Ome, tres veces medalla de oro en Parapanamericanos

Aunque un accidente de tránsito le cambió la vida a los 16 años, "La profe" es una campeona con más de 100 medallas obtenidas en competiciones alrededor del mundo. Le encanta enseñar y encontró una forma de ser libre por medio del deporte.

Poco a poco los sonidos cobran sentido. El dolor en la espalda es tan fuerte que quema por dentro. Naiver, de 16 años, abre los ojos. Está tendida sobre el pasto, al borde de una carretera. Comienza a recordar.

Iba camino a su casa en un bus intermunicipal que viajaba de Neiva a Garzón. A la mitad del recorrido el conductor perdió el control. El bus entero se balanceó bruscamente y viró con tal fuerza que ella salió disparada por la ventana y cayó sobre su espalda. No recuerda nada más. Sus piernas están frías y el ardor en la espalda se agudiza. Desde aquel 19 de julio de 1994, Naiver Ome no pudo volver a caminar.

“Uno lo primero que se imagina es ‘se me acabó la vida’”, recuerda 21 años después. Tenía tres discos destrozados en la columna y no podía ni siquiera sentarse. Como no conservó el tiquete del bus en que viajaba, la compañía de transportes no respondió. Su padre, Misael Ome, que en ese entonces trabajaba como conductor, y su madre, Rosa Ramos, tuvieron que asumir todos los gastos mediante préstamos.

Cirugía. Recuperación. Fisioterapias. Silla de ruedas. La situación económica de los Ome no volvió a ser la misma hasta el día de hoy.

“Yo no me acuerdo de las cosas que pasaron durante un año —dice Naiver—. Yo recuerdo que me accidenté y ya. Volví otra vez cuando ya no podía caminar y estaba sentada en una silla de ruedas”.

Las hermanas de Naiver, Angelys y Angie, prácticamente se criaron solas, pues sus padres volcaron toda su atención sobre “la niña enferma”. Ella cursaba décimo grado en un colegio público del Huila, pero después del accidente no pudo continuar sus estudios porque la institución no la quiso recibir. Las horas se le pasaban aprendiendo croché y haciendo bolsos, correas y moños para vender. Los vecinos comenzaron a hacerle encargos y con ello pudo suplir ciertos gastos. Hoy en día está convencida de que la habilidad que perdió en las piernas, de alguna manera se canalizó en sus manos.

A pesar de todo, el accidente de Naiver no fue el acontecimiento más trascendental de su vida.

‘La Profe’

Danna está a punto de cumplir 16 años. Trae puesto su enterizo morado y solo le falta el gorro de baño. Toma su cabello largo y lo recoge en una moña con tal agilidad que casi no se nota la ausencia de su antebrazo izquierdo.

Mary, de unos 14 años, viene acompañada por una señora mayor que empuja su silla de ruedas, y Ángela, de 11 años, camina despacio sobre el suelo rugoso, guiada exclusivamente por la voz de sus compañeros. Pitos y gritos resuenan en la piscina del Complejo Acuático de Bogotá. Siete niños, ya dentro del agua, se acercan a la esquina más próxima para recibir instrucciones de ‘la Profe’ Naiver.

“A partir de este momento, de 2:00 a 4:00, tú vas a ver solo discapacidad”, me dice.

Desde su silla, la profe hace brazadas en el aire. Los niños la miran y la imitan. “¡Cuatro de libre y después dos de pecho!”, grita. Su voz es aguda, pero firme. Así debe serlo, pues todos los días tiene que supervisar varios grupos.

Cuando Naiver recorre la piscina es fácil identificarla, pues todo en ella es de color rosado: desde su maleta de círculos concéntricos hasta las ruedas de su silla. “Todavía hay gente que no cree que yo sea profesora de natación. Me dicen: ‘¡¿Usted?! Y ‘¿cómo hace?’ Yo les digo: ‘Normal’”. Naiver se graduó de Ciencias del Deporte y la Educación Física en el 2011 y desde entonces entrena en el Complejo Acuático a varios niños y jóvenes con discapacidad, que tienen entre 8 y 17 años.

Mary está más atrás que el resto de sus compañeros. No quiere nadar. Prefiere observar el fondo del agua a través de sus gafas grises. Naiver se queda mirándola, pero no la interrumpe. “Debo buscar algo que ella pueda hacer con su discapacidad, pero yo en ningún momento puedo subestimarla. Lo que menos quiero es que piensen que la piscina es una obligación; al contrario, que la piscina para ellos sea diversión”, dice. Con un par de horas bajo el agua sus alumnos se sienten en un espacio donde todos son iguales.

A varios niños de la clase los han humillado alguna vez. A uno de ellos, incluso, lo han buscado para llevárselo a circos, pues sufre de enanismo. “Me da mucha tristeza que vean a mi hijo como un muñeco”, le dijo la madre del niño a Naiver. Todos los padres le cuentan historias similares; sin embargo, ‘la Profe’ nunca habla de estos temas en clase, pues ella también sabe cómo es la vida por fuera de la piscina.

Omecita

“¡Grandísimo!, ¡Hartísimo!, ¡Muchísimo!, ¡Divertidísimo!”.
Cuando Naiver cuenta sus anécdotas, casi nunca usa diminutivos. Es una mujer que sonríe mientras habla y que abre desmesuradamente los ojos cuando se entusiasma con alguna historia. Omecita, como la llaman sus amigos, mide 1,58 m de estatura, ha visitado unos diez países y ha ganado más de 100 medallas en torneos de natación alrededor del mundo.

Todo comenzó la primera vez que visitó Bogotá. Venía a ver a su novio, Fabián, que en ese entonces estudiaba ingeniería mecánica en la Universidad Libre. Mientras iban por la calle, un hombre se les acercó y le preguntó a Naiver si le gustaría practicar algún deporte. “Me dijo que si quería nadar, fuera al Centro de Alto Rendimiento y nos pusimos una cita, pero entonces con mi novio dijimos ¿será que es verdad o es algo peligroso?”. Al día siguiente, la pareja llegó al complejo deportivo. El hombre no aparecía por ningún lado. A lo lejos vieron un instructor que también andaba en silla de ruedas y cuando le contaron la historia, accedió a hacerle una prueba de natación a Naiver.
Los profesores del lugar le vieron potencial y la invitaron a quedarse a entrenar. “Me empezaron a pintar muchísimas cosas. Que iba a ser buena, que iba a ser apoyada, que iba a ser la mejor deportista. Me ilusioné muchísimo”, recuerda. El único problema era que ella solo estaba de visita en la capital y sus padres no tenían ni un peso. Con ayuda de su hermana, consiguió un apartamento en Chapinero y todos los días se iba rodando hasta el Centro de Alto Rendimiento para dedicarse exclusivamente a nadar. Un mes después empezó a competir formalmente. Más tarde, Fabián abandonó la ingeniería para estudiar Ciencias del Deporte y poder entrenarla, como lo ha hecho hasta el día de hoy.

La vuelta al mundo

Naiver escucha el eco de voces indescifrables al que ya está acostumbrada. Respira hondo y acomoda sus gafas para el agua. Se sienta sobre la plataforma. Está atenta al más mínimo ruido. Las voces cesan. Suena la bocina.

Naiver se clava en el agua y comienza a dar brazadas de manera frenética. Tiene la mente en blanco y sus movimientos son mecánicos, al igual que los de sus competidores. Llega a la pared del otro extremo y gira dejando un chorro de burbujas tras de sí. Cuando termina su recorrido, sale del agua. La voz de los jurados resuena en todo el recinto indicando que Naiver es la ganadora de la medalla de oro en los 100 metros pecho. Esa fue la primera vez que conquistó un torneo internacional: los II Juegos Parapanamericanos de Mar del Plata, en el 2003.

A partir de ese momento, Naiver consolidó su carrera internacional. Es la única deportista colombiana que ha conseguido medallas de oro en tres Parapanamericanos seguidos: Argentina 2003, Río de Janeiro 2007 y Guadalajara 2011. Todas en los 100 metros pecho. Y la lista continúa: ha ganado dos veces el Open Argentino de Natación, los II Juegos Mundiales IWAS Río de Janeiro, estuvo en el III Mundial de Natación del IPC en Durban (Sudáfrica) y ha participado en los últimos tres Juegos Paralímpicos.

De todos los lugares que ha visitado, Londres es su ciudad favorita. Allá estuvo compitiendo en el 2012. “Me parece una ciudad tan educada, allí no te van a robar y hay accesibilidad para discapacitados. Yo soy la prioridad en esa ciudad”, dice Naiver. Una vez, estando en Londres, le propusieron quedarse ilegalmente. “Lo que tenía que decir era que yo no quería volver a Colombia, porque yo aquí, como discapacitada, no tenía nada”. Se queda pensando y agrega: “Pues es la verdad…”.

Aun así, no aceptó porque no le parecía justo que su país asumiera las consecuencias. Y es que Naiver conoce historias de deportistas que nunca volvieron, como aquellos colombianos que se quedaron en Canadá e hicieron que el Comité fuera vetado. Durante diez años ese país no recibió a ningún deportista paralímpico nacional.

Naiver solía conservar alrededor de 100 medallas de todos los torneos en los que ha participado. La última vez que las ordenó, decidió guardar las más importantes en un mueble de su casa, al occidente de Bogotá. Entre ellas, las tres de los Parapanamericanos, la de plata que ganó en el Mundial de Río de Janeiro y la que obtuvo en una maratón en Miami, cuando quedó en segundo lugar tras participar con una handbike. Las demás las tienen varios niños con discapacidad, pues ella se las regaló para motivarlos.

“Ahí se fueron todas las medallas”, cuenta sin despegar la mirada de sus alumnos. Están haciendo fila detrás de la plataforma para practicar clavados. Siempre se les olvida guiar a Ángela.
“Ángela, mi amor, ¿para dónde vas? Vengan, niños, ¡tienen que estar pendientes de Ángela!”, dice ‘la Profe’.

La disputa por el podio

Si Naiver tuviera tiempo, le encantaría arreglarse las uñas, hacer sus pulseras o volver a pintar. Pero en estos momentos le queda imposible.

Todos los días se levanta a las 6:00 de la mañana para poder estar en el gimnasio a las 8:00, donde se entrena para participar en la próxima maratón de Miami. Dos horas después se encuentra nadando en el Complejo Acuático hasta las 2:00 de la tarde y, dependiendo del día, puede estar entrenando a este grupo de niños o a los chicos del programa distrital 40 × 40. Nada se compara con el ritmo que llevó en diciembre del 2015, cuando participó en los Juegos Paranacionales y ganó dos medallas de plata, en los 50 y los 100 metros libre.

Del otro extremo de la piscina hay una muchacha de 23 años alistándose para entrar. Ella es Sandra Sarmiento, ganadora de las preseas doradas por las que Naiver compitió en los Paranacionales. La mira disimuladamente y dice: “Yo compito con ella, y ella me gana a mí. Está en silla, pero camina. Aquí no importa la edad, lo importante es la discapacidad”. Se refiere a la Clasificación Internacional del Funcionamiento, de la Discapacidad y de la Salud (CIF), un sistema que se encarga de organizar a los deportistas según su disciplina y su discapacidad para competir en torneos. En el caso de Naiver, juntaron varias limitaciones en una sola competencia, unas más graves que otras.

Lo mismo le pasó en Toronto: “Hace unos meses estuvimos en los Juegos Panamericanos. Yo siempre gano en los Panamericanos y pensé que iba a ganar esta vez. Como no hubo tanta gente, unieron mi prueba con las que caminan y, pues obvio, no gané”.

La vida de un deportista se reduce a ganar medallas. Si no lo hacen, pierden beneficios y reconocimiento. Se trata de una carrera muy incierta, pues quienes apoyan hoy pueden irse mañana. “Además, uno como deportista siempre quiere ganar. Yo soy muy competitiva; si entreno cuatro años, es porque quiero ganar”.

Naiver dice que el deporte es el campo que más visibiliza a las personas en su condición. Si no se hubiera dedicado al deporte, seguramente su historia sería otra. Después de nadar durante tanto tiempo, ha comenzado a incursionar en otros deportes, como levantamiento de pesas y triatlón. “Yo no me he realizado todavía como deportista porque quiero ganarme una medalla en Juegos Olímpicos, pero en natación creo que ya no lo hice”, admite.

El agua es libertad

Aunque está explorando otros deportes, convertirse en nadadora fue el hecho que marcó un antes y un después en su vida: “Creo que el agua es libertad. Cuando estoy en el agua me siento como parada, si quiero irme para allá me voy para allá y no tengo que estar dependiendo de la silla”.

Para Naiver, cualquiera en condición de discapacidad debería practicar algún deporte solo por el hecho de sentirse autosuficiente. “La gente tiene la percepción de que hay trabajos que no pueden hacer los discapacitados. Que una persona por tener discapacidad no puede trabajar o ya no puede estudiar. Que la vida le quedo ahí. Y eso es lo que toca cambiar en la mentalidad de las personas”, concluye.

Poco a poco los niños salen de la piscina. Los padres se despiden de ‘la Profe’ mientras sus hijos se envuelven en toallas. Mary, Danna, Juan Diego, Ángela… todos solían tenerle miedo al agua y comenzaron nadando con flotadores. Ahora, tanto para ellos como para Naiver, no existe mejor sensación en el mundo, pues como alguna vez dijo Danna: “En el agua no te das cuenta de la discapacidad que tienes”.

*Este artículo fue publicado en la revista Directo Bogotá, de la Universidad Javeriana.