El fútbol como salvación

En la tierra de Willington Ortiz, Léider Calimenio Preciado y Pablo Armero, todos buscan salir de la pobreza pegándole a un balón.

Calzaban guayos Pelé o babuchas: unos zapatos croydon remendados con piolas por tanto uso. Un zurrón de trapos hacía de balón en los partidos de la tradicional cancha San Judas, en la década de los 60. El potrero con dos arcos improvisados de madera en Tumaco brillaba por los vidrios que lanzaban los niños para impedir que los de otros barrios entrenaran. Con lluvia, en medio del lodazal, o con sol, en un humo de tiza, las escuelas se peleaban por el terreno. Durante los juegos, un policía de buen lomo y acuñado Marte prohibía a la muchedumbre ingresar al campo. De tanto en tanto pasaban doña Mecha vendiendo mecato y un par de colegas suyos feriando cerveza, mientras los futbolistas se cambiaban en los sitios comerciales aledaños. En el antejardín de la zapatería de los Chávez Gaviria o en el de la tienda ‘Esquina San Judas’. Todos, alrededor de esa cancha llamada El Templo del fútbol tumaqueño, aguardaban por ver a Willington Ortiz, el mejor jugador de la historia de Colombia.

Tumaco es la ciudad de los mototaxistas y de los futbolistas. La mayoría de las veredas, unas 340, tienen iglesia, un potrerito como cancha y un equipo. A pesar de que la San Judas fue pavimentada hace unas décadas para la llegada del papa Juan Pablo II a esa ciudad, la precariedad de esa época no dista de la actual. La oficina de recreación y deporte sólo tiene seis escenarios en los que realizan 12 torneos anuales, para una población que ve en este deporte su escape de la pobreza. Hay 56 escuelas y 161 equipos en todas las categorías, en una población de casi 250 mil habitantes.

En la cancha de La Ciudadela —una de las zonas de resguardo en caso de tsunami— se jugó el último torneo prejuvenil de 2011. Un joven, sentado sobre una paca de cervezas junto al poste de un arco, observa el talento de los niños, tan diestros como poco instruidos en el mundo del fútbol. El talento es natural. “En Tumaco nuestras mamás nos paran y ya estamos aptos para jugar”, diría Nery Felipe Angulo, exjugador de Santa Fe en 1968. En los costados de la cancha, donde se ve pasto despelucado que llega a las rodillas, los deportistas deben esquivar cartones, basura y excremento de perro. En la definición por penaltis, antes de un cobro, un mototaxista se atraviesa entre el arquero y el pateador. “Es el folclor del tumaqueño”, añade Angulo. Pero a pesar de todo, de que el Gobierno sólo invierta $292 millones en fútbol para un año ($100 son para intercolegiados), Tumaco sigue pariendo estrellas como Jairo El Tigre Castillo y Léider Preciado.

Henry Quiñones, entrenador de la escuela Jugar, Aprender y Crear, vio por primera vez a Pablo Armero hace 17 años. Vivía cerca de la playa, en una invasión, pues sus padres se dedicaban a la pesca de mariscos. “Llegó a mi academia, que entrena en la San Judas, a decirme que quería jugar. Hablaba muy enredado, tenía la camiseta rota, andaba casi descalzo —dice Quiñones, quien también descubrió a Mauricio Casierra, jugador del Once Caldas—. Tenía un gran talento. Luego sus hermanos se lo llevaron a Cali e hizo el proceso de divisiones menores con América”. Hoy es figura del Udinese de Italia, lateral indiscutido de la selección de Colombia. La gran mayoría de niños de su edad, que lo enfrentaban en esas épocas de harapos, jamás pudieron superar las adversidades.

Sentenciados al desamparo

Los niños buscan aprovechar las pocas oportunidades de ser profesionales y los mayores guardan la esperanza de encontrar algún día a un niño, debajo de un puente o donde sea, que los saque de la penuria. Álex Quiñones, un defensor frustrado de 29 años, vende mariscos y rayas sobre su palangana, a dos mil pesos cada una. Camina por todo el casco urbano de Tumaco y por las tardes entrena a sus 70 alumnos en la cancha de El Bajito, cerca de la playa. No les cobra y, por el contrario, a unos les da de su sueldo: “A veces me da tristeza porque los veo mal trajeados, descalzos”, dice. Luce preocupado este hincha de Millonarios, vestido con una camiseta verde ruñida y calzado con unas chancletas de cuero negro. Le pide balones y guayos, o cualquier indumentaria, a este reportero para los entrenamientos, pues está uniendo ahorros para operar a su hijo de una hernia en el ombligo. “Uno hace todo de corazón, pues el Gobierno no ayuda”. Muchos coinciden.

Clemente Cuéllar es profesor de educación física del liceo Max Seidel. Sólo hasta el mediodía. A las cuatro de la tarde empieza a dar clase de fútbol a 132 niños “de estrato cero, menos cero”. En 2004 el lugar (la escuela de fútbol Coldeportes, de la que sólo queda el nombre que se lee en la fachada) fue abandonado y desvalijado por vándalos. O casi, antes de que Clemente lo impidiera. Ángel Bolaño, su ayudante o utilero, quien tampoco gana dinero, vive hace unos años en el lugar para vigilarlo. Duerme sobre un colchón en un cuarto de dos por dos metros necesitado de una mano diligente contra el polvo y de un ventilador que mitigue el calor y el olor a guardado. A su alrededor hay tulas con balones, conos y demás. Un día, antes de que llegaran los niños, se trepó al techo, pegó unos cables con cinta y, sin saber cómo, generó electricidad en su cuarto.

“No lo hemos dejado morir”, dice Clemente. Tras la abolición de la junta municipal de deporte —cuentan miembros de la Alcaldía— Coldeportes dejó de invertir un tiempo y la escuela murió. Sí ha invertido en la remodelación del estadio Domingo Tumaco González (nombre de un exfutbolista de allí que murió en un accidente). El lugar debía entregarse en diciembre de 2010, con una gradería nueva y con el césped en lugar del polvo. La Gobernación de Nariño y Coldeportes invirtieron 3.500 millones de pesos, desde que empezaron las obras en febrero de 2009. Pero aún no hay tal.

La falta de apoyo causa que la mayoría de los niños desistan de ser futbolistas y algunos se dejen persuadir por el narcotráfico, aún latente por estas tierras. Se percibe resignación. “Ahora los padres prefieren gastarse la plata en cerveza que darles 2.000 pesos a sus hijos para que vayan y entrenen”, dice el profe Teófilo Riascos, pensionado de la Policía Nacional y técnico de la escuela Tumaco Mío. Hacía unas semanas, a un alumno de 11 años que había encontrado en el fétido mercado, el Cúcuta Deportivo lo fichó para sus divisiones menores. “Pero su mamá no lo dejó viajar porque ya no creen en el fútbol”, cuenta, con un discurso aún militar.

La violencia entre grupos armados ilegales y el Ejército también es un obstáculo, según dice esta niña de tez canela que pidió no ser nombrada. Su acento es un poco más lento que el de los tumaqueños: nació en Puerto Asís, Putumayo, tiene 16 años y a los seis su madre recibió amenazas de una bacrim en Piñuño Negro, un caserío río abajo, donde quedaba su rancho. Se instaló en Llorente, una vereda a 45 minutos de Tumaco, que ha sido fuertemente azotado por el narcotráfico y los enfrentamientos entre grupos ilegales y el Ejército.

Allí empezó a jugar fútbol, ante la suspicacia de los vecinos, que la llamaban “marimacha”. En Tumaco hay 12 equipos femeninos (En Pasto, la capital, sólo dos). “Quisiera ser futbolista, pero yo sé que no se va a dar. Por eso prefiero ser policía, porque allí tengo un contacto y tienen buena pensión”, dice, aludiendo a la falta de oportunidades y de seguridad que a veces impide que entrenen en la cancha de Llorente. Trata de acordarse de la cifra de muertos que escuchó en la radio, luego de un enfrentamiento entre una bacrim y el Ejército, hacía una semana, cerca de su casa. “¡Huy, sí! Allá hay de todos los grupos. Y eso que ya no es tan grave como antes, pero se siguen viendo muchas cosas”, añade.

En un mundo mejor, Tumaco sería la ciudad más productiva de futbolistas de Colombia. “Por el aspecto físico, porque corremos sobre arena y piedra y porque tenemos muchas ganas de gloria, somos muy parecidos a los brasileños”, añade un nostálgico Nery Angulo, director de la escuela Misión Deportiva Llorente Fútbol Club. Y añade, con ese acento incomprensible entre ecuatoriano y costeño: “Me acuerdo cuando jugábamos en la San Judas con ese balón rústico y los guayos pelados. La misión era y es servirle al pueblo jugando fútbol y representarlo”. El fútbol siempre fue la religión de esta tierra de mártires.

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