Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Con la resaca de las festividades navideñas de 1959 y el inclemente frío de los primeros días de enero del 60, el mundo deportivo recibió la noticia de la muerte de Fausto Coppi. Medio siglo después, nadie que se considere verdadero amante de la bicicleta puede pronunciar su nombre sin que se le erice la piel y se llene de nostalgia.
Murió cuando apenas tenía 40 años, en una época en la que los grandes campeones corrían casi hasta los 50, como consecuencia de una malaria que adquirió mientras disputaba el Criterium de Alto Volta, actual territorio de Burkina Faso.
El legendario ciclista español Federico Bahamontes, de quien se dice que aprendió a ganar al lado de Coppi, recuerda que “habían organizado unas carreras y una cacería. Él fue con Jacques Anquetil y Raphael Geminiani. A mí también me invitaron, pero me entró miedo y no fui. Tenía temor de agarrarme unas fiebres en África”.
Precisamente del Continente Negro llegó Coppi con fiebre. Y con fiebre ardiente pasó las navidades de 1959. En el hospital, los médicos, erróneamente, le diagnostican gripe y para completar, no atendieron una llamada urgente desde Francia, en la que los padres de Geminiani anunciarían la muerte de su hijo, Raphael, quien también contrajo la malaria.
El gran Coppi, valiente y luchador, aguantó a ver la luz del año nuevo y en la madrugada del 2 de enero le dio la última orden a su gregario Ettore Milano: “Dame aire”, le dijo al hombre a quien tantas veces les había pedido bolsitas de agua en el pelotón. Y Milano le cambió la bala de oxígeno por última vez.
Horas después, ‘Il Campeonissimo’ dejó este mundo. Murió el ciclista, pero de inmediato nació el mito, aunque muchos aseguren que el mito había nacido muchos años antes. Razón tienen, pues es tan grande que todavía se recuerda cada año gracias a la Cima Coppi, el pico más alto del Giro de Italia; a la Villa y el Museo Coppi, lugares de peregrinaje de los italianos.
Su deceso fue el primero trágico y prematuro de un verdadero ídolo del deporte, como lo describió el periodista y escritor italiano Gianni Brera: “Murió joven el hombre, una muerte fatal con la que los dioses le honraron evitándole enfrentar la vejez, el declive y cualquier merma a su gloria. Le robaron también el derecho a elegir la parte de su vida que querría que se contara y la convirtieron toda en historia. Una leyenda que ha alimentado la memoria sentimental de todos los italianos de la segunda mitad del siglo XX, como la vida de los toreros Manolete y Juan Belmonte conformó a los españoles de la negra posguerra”.
Coppi nació en Castellanía, tierra arcillosa del Piamonte, en los años del fascismo. Creció en la pobreza, desde niño trabajó en una salchichonería. Parecía deforme, tenía largas piernas, tórax prominente y nariz afilada, lo que le hacía parecerse a una garza. Tenía huesos frágiles (lo que explica las 13 fracturas que sufrió en su carrera).
Sin embargo, sus músculos pequeños eran de acero y su cuerpo encajaba perfecto en la bicicleta.
Logró el récord de la hora, cinco títulos del Giro de Italia y dos del Tour de Francia. Fue campeón del mundo. Sumó 144 victorias en 666 carreras.
Casi todos sus triunfos los consiguió arribando a la meta en solitario, pues esa era una de sus características. Así como la costumbre de no levantar los brazos para celebrar, porque lo consideraba un esfuerzo innecesario.
Y eso que la II Guerra Mundial partió en dos su carrera ascendente, pues fue enviado a África con la Divisione Ravenna de la infantería y cayó prisionero de los ingleses al promediar la disputa y apenas recobró su libertad en 1945, cuando según contaba, recorrió en bicicleta 814 kilómetros en 48 horas.
Coppi era el prototipo del hombre moderno, exitoso. Llegó como coequipero del gran Gino Bartali y siendo novato le ganó el Giro de 1940. También era fumador empedernido y amante declarado del vino rojo.
Su hermano Serse fue un ciclista que ganó la París-Roubaix del 49 y murió al partirse la cabeza en la Milán-Turín del 52. Coppi se casó con Bruna, fue padre de Marina y amante de Giulia Occhini, la mujer de su médico, con quien tuvo a Faustino, el hijo de la vergüenza, obligado a nacer en Buenos Aires para evitar que la justicia y la iglesia italiana se lo entregaran al esposo legítimo de ella, encarcelada tres días y denunciada por adúltera como venganza de su marido.
Ahora, 50 años después de su muerte, su vida sigue inspirando a los rebeldes con causa que, como él, necesitaron poco tiempo en la Tierra para hacerse inmortales.
Merckx, el más grande de todos
El belga Eddy Merckx, conocido como ‘El Caníbal’, es el mejor ciclista de todos los tiempos. Era un pedalista completo y de gran temperamento a quien le gustaba imponerse en todas las pruebas en las que participaba, desde la clásica local de su pueblo, Tervueren, hasta competencias de tres semanas.
Sus estadísticas son incomparables. Logró cinco títulos en el Tour de Francia (1969, 70, 71, 72 y 74), cinco en el Giro de Italia (68, 70, 72, 73 y 74), uno en la Vuelta a España (1973) y tres en los mundiales de ciclismo (1967, 71 y 74).
Hasta 1978, cuando anunció su retiro, había logrado 525 triunfos. Después se dedicó a fabricar bicicletas y se convirtió en un exitoso empresario, hoy ya en uso de buen retiro.
Jacques, el primero que ganó las tres grandes
El francés Jacques Anquetil fue el primer ciclista en la historia que ganó las tres grandes carreras por etapas en el mundo. Conquistó el Giro dos veces (1960 y 64), el Tour en cinco ocasiones (1957, 62, 62, 63 y 64) y la Vuelta a España de 1963.
Conocido como ‘El Señor Crono’, por su fortaleza en los tramos contrarreloj, también recibió los apodos de ‘El Niño Rey’ y ‘Maitre Jacques’.
En 1956 rompió el récord de la hora, que había permanecido 14 años en poder de Fausto Coppi.
Se retiró del profesionalismo en 1969, pero siguió vinculado a la organización de carreras y promoción del ciclismo hasta 1987, cuando falleció como consecuencia de un cáncer de estómago.
Hinault, la marca de los 80
En apenas 11 años como ciclista profesional, Bernard Hinault ganó 214 competencias, entre ellas cinco Tours (1978, 79, 81, 82 y 85), tres Giros (1980, 82 y 85) y dos Vueltas (1978 y 83), además del título mundial de 1980.
Temperamental y ambicioso, dominó a su antojo la primera etapa del ciclismo moderno, en la que aparecieron los grandes patrocinadores y se realizaron las primeras transmisiones gigantescas por radio y televisión.
Su mayor virtud era que rendía en todos los terrenos, aunque no era superespecialista en alguno. Corrió para los equipos Gitane, Renault y La Vie Claire, con el que vino a Colombia en 1986 antes de su retiro y ganó una etapa en el Clásico RCN.
Desde entonces ha trabajado en la organización del Tour de Francia y practica el ciclismo de manera recreativa.
Indurain, el rey del cronómetro
Durante su etapa como ciclista aficionado y los primeros cinco años de su carrera profesional, Miguel Indurain fue un corredor del montón. Pero entre 1990 y 1995 escribió toda una leyenda.
Logró de manera consecutiva cinco títulos del Tour de Francia (1991-1995), además de dos Giros de Italia (1992 y 93), el campeonato del mundo de Duitama, Colombia, en 1995, y el récord de la hora.
No era gran escalador, pero jamás perdía la calma en los ascensos, respaldado anímicamente por la seguridad de que en las fracciones cronometradas recuperaría el tiempo perdido.
Actuó para los equipos Reynolds y Banesto, antes de decirle adiós a la bicicleta en enero de 1997.
A diferencia de los otros cuatro grandes de la historia, él sí logró el oro olímpico, en Atlanta 1996.