El pupilo le habla al maestro

Esteban Chaves y Luis Fernando Saldarriaga conversan sobre la infancia, el ciclismo, los sueños y la reciente victoria en Europa.

Esteban Chaves y Luis Fernando Saldarriaga conversan. Pupilo y maestro no se miran demasiado. De algún modo, da la impresión de que todo está dicho, de que ya han ensayado suficiente la coreografía de una conversación. Sin embargo, hablan de todo: los sueños, el ciclismo, las caídas, la infancia, los entrenamientos, la vida, la victoria, el Tour de Francia.

Arrancando el Tour de l’Avenir, tuvieron que tomar una decisión definitiva, ¿no?

Esteban Chaves: El primer día me escapé y quedé líder de la montaña, aunque no la estaba buscando porque esos premios eran de tercera categoría. Pero como fui y quedé líder, uno con la camiseta puesta empieza a buscar. Ya después, al ver que se podía pelear por la carrera, se dejó de lado la montaña.

Luis Saldarriaga: El enfoque de la carrera estaba muy claro, Nairo o Esteban. Había hablado con él antes y le decía que tenía como la varita, como la balanza, y que el equipo debía apropiarse de eso, de la buena ubicación, de su inteligencia para correr, y le dije que había la posibilidad de ir por el Tour. Cuando hubo que tomar una decisión, le dije que dejara la montaña a un lado. Eso fue el tercer día. Fue un diálogo de mucha confianza.

¿Cómo fue pasar de gregario a líder?

E.C.: Es difícil saber que uno lleva toda la responsabilidad del equipo, que todos van en función de uno: genera nervios, pero hay que saber llevar las cosas, tomarlas con calma, distraerse un poco hablando con los seres queridos, con los compañeros. Claro, una vez uno arranca la carrera, entra en un trance y olvida esas cosas. La familia es un apoyo muy grande.

¿La carrera costó más de lo que esperaban, sobre todo por lo mal que le fue al equipo en la quinta etapa?

L.S.: Tenía un plan, que era que en la etapa en que Esteban se metió en la fuga de los siete corredores, la carrera iba a quedar seleccionada. Los demás días se trataba de no perder diferencia. En el prólogo comenzamos bien, así en la clasificación diga otra cosa. La lectura de la carrera era estar cero cero hasta el miércoles, y el viernes era el día de la ofensiva, pero ahí no pudimos cumplir el objetivo.

E.C.: Al principio de la etapa, un pinchazo. Había que estar calmado, tranquilo. Hubo un momento en que la carrera se movió muy rápido, subimos el premio de montaña y bajamos y quedamos unos 30 corredores, y después de ahí seguía otro premio de montaña, y cuando íbamos bajando la cadenilla se salió, y cuando intenté arreglarla, se enredó hasta que la bicicleta quedó parada. Nairo me dio la suya. Uno se desespera, pero piensa: “Hay que hacer las cosas bien”. Llegamos otra vez al lote, volvieron a darme mi bicicleta y cuando la tomo, me doy cuenta de que la cadenilla estaba doblada. Creíamos que era la rueda de atrás y la cambiamos. El lote empezó a ir más rápido y me empecé a alterar. Ahí el profe tomó la decisión de darme la bicicleta de repuesto, pero no quedándome yo, sino que él se fue al frente del lote y me la entregó. ¡Eso está prohibido! Ese día nos multaron por eso (risas).

¿Qué le pasó al canadiense David Boilly, hasta la última etapa líder general?

E.C.: Él iba sin equipo, porque lo acompañaban dos más. Entonces, le quedaba muy difícil porque otras escuadras querían carrera. Tenía que marcarlos a todos casi solo. Atacaron los franceses, los italianos, los daneses, pero cuando atacamos nosotros, las fuerzas ya no le daban.

L.S.: Hubo una alianza entre Canadá y Suiza, y él pensó que era suficiente tener ocho hombres para él, pero la carrera no se definió sino en lo último. Ni él mismo conocía para dónde iba, y nosotros sí, porque yo les había dado alguna referencia. Yo veía que él no marcaba a Chaves directamente. Cuando el equipo se puso todo en el sitio acordado, ahí tomé la decisión de decirle a Esteban: “Atáquelo, atáquelo”.

Usted lo saludó al final...

E.C.: Me lo encontré cuando iba a cambiarse. “Felicitaciones, hermano, usted es un muy buen corredor, muy fuerte”, me dijo. Y yo le dije: “Usted es un berraco, defendió la camiseta tres días sin equipo. Le vienen cosas muy grandes”. Y nos abrazamos. También saludé a Warren Barguil, al italiano que llegó segundo y a Garikoitz Bravo, el español que ganó la montaña, que me tenía mucho respeto. Me dijo: “Tenía que atacar al principio de las etapas, para irme en la fuga y coger puntos, porque sabía que si peleaba mano a mano con usted, perdía”. En el podio me lo repitió: “Ustedes son colombianos y arriba no hay quien los alcance”.

Su primer retiro del ciclismo fue a los ocho años, ¿cierto?

E.C.: Le dije a mi papá... bueno, no me acuerdo muy bien, porque es lo que ellos me cuentan, que no quería montar más bicicleta, porque la mitad de la cara me quedó raspada y a uno tan pequeño eso le queda muy marcado. Le dije que no seguía más y empecé en el atletismo. Me iba bien, no era el mejor, ni estuve en campeonatos nacionales, pero acá en los distritales quedaba tercero, segundo. Y hubo un duatlón en donde corría mi papá. Eran tres kilómetros trotando y 10 en bicicleta, y pedimos una prestada , entonces la cogí y me sentí mucho mejor. Y le dije a mi papá: “Compremos la bici”. Fue amor a segunda vista.

Empieza a entrenar y se topa con este señor que ahora tiene al lado...

E.C.: Sí, me encuentro con el profe Saldarriaga a esa edad, en la Liga de Bogotá, y hacíamos ruta y pista, íbamos a los nacionales de pista, a las copas Colombia y también corríamos ruta. Corrí la Vuelta al Futuro por la Liga de Bogotá, pero ya luego el profe se fue a la Liga de Boyacá y después me fui a Bike House, un equipo juvenil de Antioquia.

¿Por qué hicieron tan buena liga?

L.S.: Primero: me gustan los tipos disciplinados. Segundo: el compromiso. Y tercero: el respeto, que es esencial. Y esos tres principios se dieron en él. El rigor que tenía para hacer sus planes de trabajo, enviar sus resultados y estar indagando, preguntando. Llegaba de primero y se iba entre los últimos. Era muy cumplido. Y eso lo comprometía a uno más.

El reencuentro fue en Colombia es pasión 4-72...

E.C.: En una Vuelta del Porvenir, el profe me dijo que había una posibilidad para 2009, que como él me conocía, me recomendaba para el equipo. Y en esa carrera quedé sexto y él habló por mí. Le contó a la junta directiva y en 2009 entré.

L.S.: Tenerlo otra vez era un sueño para él, porque las posibilidades de ir a Europa eran rápidas. Pero pasó algo que cambió un poco la situación. Él siempre ha sido pensado, por sus trabajos, para ir allá. Cuando hacemos la primera concentración, y después hacemos las valoraciones, él da muy buenos resultados, pero tiene una lesión por una malformación ósea y tiene que parar cuatro meses.

E.C.: Cuatro meses en terapia, sin bicicleta.

L.S.: De igual manera, cuando salió de ese tránsito, no había podido correr mucho. Le dije que tranquilo, que en 2010 iba a continuar con el equipo.

E.C.: Fue muy duro, porque entré nuevo, era el más joven y casi no pude correr. En lo único que participé fue en la Vuelta a Cundinamarca y quedé líder el primer día. Se salvó el año.

¿Hace falta mentalidad ganadora en el deporte nacional?

E.C.: Eso es ya más individual, de cada persona. Tiene que ver con la educación, con cómo lo formaron.

L.S.: Pienso que para trabajar en ciclismo hay que tener eso. Una mentalidad ganadora, que vaya más arriba de las expectativas. Todos van cansados, pero el que haga la diferencia y se destaque, es el que lleva la ventaja. A ver, uno monta bicicleta con un objetivo, y pasarla mal ese tiempo sin un fin, no es lo ideal. Se carece de eso, y como lo dice Esteban, eso viene de una formación.

¿Su hambre de ganar de dónde viene?

E.C.: De mi papá, con él salía a montar. Al principio me ganaba. Hubo un tiempo en que mejoré, pero me seguía ganando. Y vino un momento en que le empecé a ganar, y eso lo motiva a uno, por la manera en que uno ve al padre. Hasta hace como tres años me confesó que me dejaba ganar, pero lo hacía para eso, para demostrarme que si podía ganarle a él, a mi héroe, le podía ganar a cualquier otro.

¿El Tour de Francia, entonces?

E.C.: Es el sueño de todo ciclista, uno se siente, lo ve y quiere estar ahí. Es mi objetivo desde que era niño. Y como me decía mi papá, si haces las cosas bien, vas a estar allá. Claro, no es sólo estar, sino ganar. Uno se imagina en el podio, en los Campos Elíseos.

L.S.: Esteban ha hecho todo el camino. Al Tour van los inteligentes, los agresivos, los que tienen ambición. Ahí no van los que se quieren ir a esconder, o los que quieren ir a pasear. Es para vivirlo, disfrutarlo, sentirlo con pasión, y cuando tenga la oportunidad de ganar, ir a ganar. Eso es el Tour. Van los superhombres que tienen esas cualidades. Y él las tiene.

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