El rugido de la selva en pleno Mundial

El Espectador hizo la travesía por tierra entre Brasilia y Cuiabá para ver el partido Colombia-Japón y se encontró con una realidad social y ambiental que Brasil 2014 no debe ocultar.

El lugar más alejado de América con respecto a los océanos, la puerta de entrada al ecosistema de la selva amazónica, una de las zonas pantanosas más extensas del mundo, la ciudad más caliente y húmeda de Brasil, el epicentro de desarrollo de la séptima economía del planeta, una de las doce sedes del Mundial de Fútbol 2014.

Así me presentaron en Brasilia a Cuiabá, la capital del estado de Mato Grosso, nombre que significa selva espesa o monte grande y por la cual me interesé de verdad cuando tuve en mis manos dos boletas para ver el pasado martes el partido Colombia-Japón. Como no conseguí tiquetes aéreos, opté por hacer una travesía terrestre de 1.130 kilómetros con tal de seguir a la selección.

Viajé con mi sobrino Samuel en el carro de mi hermano, los dos radicados aquí. Salimos del Distrito Federal el lunes antes de mediodía y llegamos a Cuiabá 24 horas después, porque hay que hacer el recorrido en dos tramos. La primera mitad tiene buenas autopistas, aunque radarizadas. La segunda es tortuosa, porque la carretera está en mal estado y mal señalizada. Conducir de día requiere concentración y de noche es un peligro, porque no se ve por dónde se avanza. Es hacer equilibrio a 120 kilómetros por hora y estar atento a la aparición casi fortuita de lombadas, como llaman a los policías acostados. Además, Mato Grosso es uno de los lugares del planeta con más camiones. No se encuentran decenas como cuando sale uno de Bogotá por la calle 13, sino centenares.

El paisaje y la amabilidad de los brasileños cuando ven la bandera colombiana compensan el estrés; sierras por un lado, pantanos por otro y el pulmón amazónico al fondo. La tierra más roja que haya visto es, según los habitantes, indicativo de que se está “llegando al corazón del planeta”. Los verdes de las selvas se cruzan con cultivos tan extensos que pasan cinco o diez minutos en carro y no terminan; miles y miles de hectáreas, en especial de soja y maíz. Hay un momento alarmante en el que uno ve exactamente cómo este tipo de economía, junto a la ganadera, arrasa selva sin piedad a cambio de una prosperidad aparente —como cuando aquí se explotó oro desde el siglo XVIII— de la que hoy vive un millón de personas.

Los campesinos promocionan el turismo en las abundantes chapadas (cascadas de agua, de las que la de Los Guimaraes es la más impresionante), impotentes ante el avance de la industrialización que terminará por secarlas. Entendí entonces las protestas indígenas que vi en Brasilia paralelas al Mundial de Fútbol, lideradas por Raoni Metuktire, cacique del pueblo kayapo, y su próximo sucesor, Megaron Txucarramae, “Guardián de la Llama”.

El gran cacique no es un líder cualquiera, sino candidato al Premio Nobel de Paz con el respaldo de las ONG ambientales más poderosas de Europa, las únicas que han logrado en cierta medida frenar la deforestación del hábitat amazónico, patrimonio de la humanidad, que paradójicamente se calcula en “decenas de canchas de fútbol por día”. Acaba de regresar de una gira por España, Francia, Inglaterra, Bélgica y Mónaco. En la Jornada Mundial del Medioambiente, en Niza, ratificó las denuncias del movimiento “SOS Amazonia” y sembró en los jardines de la Villa Masséna una Jacaranda mimosifolia, árbol originario de Brasil que todavía abunda en lugares como Cuiabá.

¿Qué opinan del Mundial?, pregunté en Brasilia. “El único gol que nos interesa es la demarcación de nuestras tierras”, respondió Sonia Guajajaras, directora de la asociación de los pueblos indígenas de Brasil. Denunció el incumplimiento de los dirigentes políticos, a pesar de haberse reunido con los presidentes de la Cámara y el Senado antes del mundial. Uno de los congresistas señalados es el exgoleador mundialista Romario, diputado y ahora candidato a senador para las elecciones de octubre. El Espectador fue a su oficina y no lo encontró y los correos electrónicos pidiéndole audiencia no han sido respondidos. Las mesas de diálogo fracasaron y por eso comunidades como la guaraní de Mato Preto, que denuncian que su territorio fue reducido de 4.000 a 600 hectáreas en beneficio de terratenientes, se mantienen en pie de lucha.

Recién llegado a Cuiabá, con 40 grados centígrados de temperatura, confirmé, hablando con periodistas locales, que creen que Colombia llegará a la final del Mundial, que la burocracia aquí es gigantesca como el país y como la corrupción. Quien vino a calmar los ánimos antes del Mundial fue el ministro de Deportes, Aldo Rebelo, diciendo que paralelo al Mundial 2014 iban a celebrar un mundial de fútbol para los pueblos originarios, para que en ese marco hicieran públicas sus necesidades. “Todo homenaje y reconocimiento que podamos hacer a las poblaciones indígenas de Brasil será muy poco para lo que ellos representan y lo que significan para la humanidad”, aseguró el funcionario. El evento resultó un engaño. También prometió los Juegos Mundiales Indígenas en 2015, un año antes de las Olimpiadas de Río de Janeiro.

Lo que sí se hizo fue la 12ª edición de los Juegos de los Pueblos Indígenas, con 1.500 nativos de 49 etnias de Brasil y 17 países más. Me dijeron que juegan buen fútbol en el campeonato Peladao, incluso para mujeres, y que el mejor equipo es de Manaos y se llama Selvagem do Amazonas F.C., de la etnia sateré-mawé. La afición ha crecido gracias a Martha, la brasileña mejor futbolista del mundo. Más que competencia, el deporte representa para ellos unión y reivindicación de la cultura, porque para practicarlo no se despojan de collares ni de coronas de plumas.

Este descontento creciente fue el que llevó a la Movilización Nacional Indígena, al menos un centenar de culturas, en Brasilia. Y fueron recibidos frente a las arquitectónicas cascadas de concreto del Palacio de Justicia no con vítores, sino con gases lacrimógenos, que afectaron al propio cacique Raoni Metuktire, a mujeres y niños, y que obligaron a los indios a dispararles flechas a los policías antimotines. Algunos se encadenaron al asta de la bandera nacional y otros demostraron que saben jugar fútbol en la Explanada de los Ministerios, pero al final todos fueron expulsados y marginados para garantizar “la tranquilidad de la ciudad”. A media hora de la capital, en Taguatinga, encuentra uno todavía indígenas indignados con letreros que dicen: “¿El Mundial o el Amazonas?”, “¿Copa Mundial para quién?” y “Fifa no. Demarcación sí”. No les respetan los derechos que les dio la Constitución de 1988.

Haber llegado a Cuiabá cuatro horas antes del partido sirvió para oír a los habitantes. Buena parte de las quejas indígenas y de la población más pobre, desatendida en servicios públicos, educación y salud mientras se inauguraba, pasando un caño maloliente, un elefante blanco llamado Arena Pantanal, le fue traducida a turistas japoneses, que prometieron ayudarles. Más cuando se enteraron de que hay un pacto entre Cuiabá y Hamamatsu, Japón, como ciudades hermanadas. En la palabra de los orientales creen más. En medio de la desigualdad, la solidaridad es la única esperanza de estos pueblos, que se encomiendan a San Benedicto. Un gesto en ese sentido lo vi de parte de un abuelo colombiano que estuvo en el partido y en las afueras repartió llaveros y yoyos con la bandera de Colombia a los cuiabenses y japoneses que se encontraba.

Disfrutamos el resultado 4 a 1 en una tribuna donde había japoneses que terminaron aplaudiendo a la selección Colombia, en especial la del segundo tiempo bajo el mando de James Rodríguez. Unos nos hicieron venias y dos disfrazados de samuráis con la piel pintada de azul nos hicieron pistola cuando cantamos que habíamos comido sushi.

Al regresar a Brasilia, agotado después de otros intensos 1.130 kilómetros de carretera pero feliz por haber sido testigo de un triunfo histórico de Colombia, veo en la explanada la gran bandera ondeante de Brasil atravesada por el lema “Orden y Progreso” y me parece que no está muy acorde con la realidad que vive el país, así la logística del Mundial nos muestre otra cosa.

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