El verdugo de sus ídolos

Carlos Alberto Sánchez aprendió a marcar en Uruguay, donde conoció a su esposa, y el sábado eliminó a la selección de ese país.

Carlos Alberto Sánchez viajó a los 17 años a Uruguay para convertirse en futbolista profesional. Allí aprendió el arte de triunfar en la adversidad. / AFP

El sábado, en la zona A, nivel 5 y bloque 501 del estadio Maracaná, se sentó una hincha colombiana con nacionalidad uruguaya. Camiseta amarilla, acento porteño de Montevideo. Llegó a sentirse traicionera con su patria, pero la razón pesaba más: Carlos Sánchez, esposo y papá de su hija Cataleia, jugó todo el partido con la banda de Pékerman. Noelia Polvoria celebró los dos goles de James, mientras sus padres, también presentes en el estadio, se lamentaron en silencio por la derrota.

“Ella ya es colombiana. No de nacimiento, pero sí de corazón”, dijo Sánchez al final del encuentro. “Apenas prendí el celular en el camerino me felicitó por esta victoria histórica”. Carlos se sintió como ella: realizado, pero en el fondo un poco frustrado por la eliminación de Uruguay. A ese país el volante viajó de 17 años y durante los tres años que permaneció allí, en Montevideo, aprendió el arte de defender y de triunfar en la adversidad, como los charrúas. Y allá dejó amigos y conoció a Noelia, que entonces se presentó como una empresaria.

Sánchez se siente un poco uruguayo también. “Mi fútbol le debe mucho a esa nación. Pero hoy debo celebrar por mi gente”, dice el chocoano. Y el viernes a las 3:00 p.m. deberá enfrentarse una vez más con un país al que le debe algo. De Brasil, cuando era niño, aprendió el sentido de la estética. Creció admirando a Romario, Bebeto y Dunga, los jugadores de la selección en Estados Unidos-94, la primera de la que fue consciente. “Me encantaba ese fútbol bonito y vistoso de los brasileños. Creo que tuvo mucha influencia en muchos”, asegura el chocoano de 28 años.

Antes de ejercer el puesto de volante de contención (que exige más roces y juego rudo), Sánchez era quien creaba en su primer equipo de fútbol. Se llamaba Los Virtuosos, entrenaba en la cancha auxiliar del coliseo de Quibdó y era dirigido por Nelson Palacios. “Él era un gran lanzador, de una técnica impresionante. Recuperaba el balón limpiecito y sacaba al equipo jugando. Le gustaba la perfección y por eso regañaba a todos sus compañeros. Yo le decía que no todos podían ser como él”, recuerda Palacios.

Lo vio por primera vez jugando en las calles del barrio Jardín de Quibdó y lo incluyó en su equipo por su agilidad con los pies. En ese entonces no le decían La Roca sino El Baby, por la cara de niño que siempre ha tenido. Su fortaleza física era lo que más sorprendía a Nelson, por eso lo convenció de que se dedicara a ser el mejor volante de marca. “Desde entonces ya tenía el cuerpo de Goliat y la cabeza de David”. Lo único que no tenía era recursos.

“Profesor, sea sincera conmigo”, le preguntó un día la mamá de Carlos al entrenador Nelson Palacios. “¿Usted cree que el niño pueda llegar a ser profesional? No estamos bien y queremos saber si se lo apostamos todo a él”. El “sí” no fue por salir del paso sino por el talento de Sánchez. Ese que era natural, pero inspirado en el fútbol del jogo bonito. Primero el balón: esa siempre fue su premisa.

Y en el Mundial, justamente, tendrá que enfrentarse contra esa camiseta que vio mucho de niño. Sólo que esta vez buscará ser su verdugo. “No nos queremos quedar en cuartos. Esta selección tiene mucha ambición”, dice convencido. “Colombia tiene muchas armas: le podemos hacer gol a cualquier equipo. Ellos lo saben, por eso deben cuidarse de nosotros, porque no sólo tenemos un camino para anotar”. Esta vez, como en octavos de final, tendrá que ser obstáculo para lo que algún día fue doctrina.