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Un día de mayo del 68, un poeta que quiso ser “maldito” -Gonzalo Arango- y se quedó en el camino, atrapado entre los hierros retorcidos de su auto, calificó su cuadro preferido como “el Corazón de Jesús más feo del mundo”. Una tarde, cuatro años después, un directivo con tintes de fundamentalista, Édgar A. Sénior, amante de las leyes y, más que de ellas, de los incisos y la letra menuda, lo acusó de “profesional” porque había posado con dos modelos para una foto publicitaria de revista. Una noche, pasados 45 días, un honorable presidente de Comité Olímpico con ínfulas de inmortal lo condenó a no poder participar nunca más en unos Juegos Olímpicos. El comunicado, con su firma y las de otros varios notables, sellos dorados y letras contundentes, parecía provenir de una Notaría de La Verdad y La Justicia.
En cuatro años, Martín Emilio Rodríguez había pasado de la gloria al infierno, del paraíso al Noveno Círculo de la Divina Comedia. Lo llamaban y conocían como ‘Cochise’ porque él, un domingo, les dijo a sus amigos de barrio que Cochis, aquel jefe indio de los sioux que se había enfrentado una y mil veces a los blancos, era su personaje favorito. Lo había conocido en una película, La flecha roja, y se había prendado de él, para siempre jamás. A su manera, él quería ser como aquel jefe sioux y romper, vengar, trascender, triunfar, volar en su bicicleta. “Yo corrí solo toda la vida, casi sin equipo que me colaborara. Y así, solo, gané”. ‘Cochise’ ganó casi siempre. Se acostumbró a la victoria desde antes de conocerla, cuando corrió sus primeras dos Vueltas a Colombia (1961 y 1962) y en una quedó de sexto y en la otra, de segundo, a ocho segundos del ganador, Roberto ‘Pajarito’ Buitrago.
Luego llegaron sus tiempos de oro con míticas victorias por carreteras que eran trochas de polvo y lodo, sus primeras entrevistas para la radio y la prensa, aquella nota de Gonzalo Arango, “A vuelo de tequila”, los Juegos Panamericanos de Winnipeg, los de Cali 1971 y el mundo a sus pies. Todos los días los periódicos y revistas escribían algo sobre ‘Cochise’, sobre su pasado y sus luchas. Aquellos años como mensajero y vendedor de jeans en un almacén de Medellín, su primera competencia como turismero, sus 1,80 de estatura, su madre, doña Gertrudis Gutiérrez, su biotipo y su novia eterna, María Cristina Correa (luego, su esposa). Todos los días la radio lo nombraba y, si podía, lo sacaba al aire para que él explicara sus proyectos, derrotas y victorias, sus gustos -Raphael, Roberto Ledesma- y tradiciones. Para que dijera, desfachatado: “En este país la gente se muere más de envidia que de cáncer”, o “Colombia es un país de maravillas desastrosas”.
A comienzos de los 70, ‘Cochise’ era un divo. Les coqueteaba a las niñas ye-ye de minifalda pero no las consideraba serias como para casarse con ellas. Aparecía en televisión y hacía bromas, pero no le aceptaba un trago a nadie. Se ilusionaba con grandes triunfos a nivel mundial para dedicarle a Antioquia, pero se quejaba de que su tierra no le hubiera dado un peso. Así, con pose de divo, anunció que en octubre intentaría romper el récord mundial de la hora en Ciudad de México. El 7, superó la marca que desde el 69 tenía el danés Mogens Frey Jensen (47 kilómetros, 566 metros, 24 centímetros) por 62 metros y 55 centímetros. Era el primer colombiano en la historia en quebrar un récord del mundo. “Pocos creían en mis condiciones, pero eso ya no importa. Este es mi más grande triunfo y estoy muy emocionado. Se lo dedico a toda Colombia y a México, porque ésta también es tierra nuestra”, dijo entonces.
Diez meses más tarde, luego de sus dos medallas de oro en los Panamericanos de Cali, 1971, ‘Cochise’ volvió a enloquecer a una Colombia que comenzaba a acostumbrarse a sus victorias y lo adoptaba como símbolo de lo que era y debía ser “la patria”. El 27 de agosto de 1971, en Varesse, Italia, llegó a la final de los Mundiales en los 4.000 metros persecución individual, su gran sueño desde los 60, y derrotó al suizo Joseph Fusch con un registro de cuatro minutos, 53 segundos y 78 centésimas. “Llevo seis años en el ciclismo de alta categoría, pero esta fue la noche que siempre había esperado. Me siento más que feliz”, declaró.
Sus dos títulos del mundo, las cuatro Vueltas a Colombia, las medallas de oro panamericanas, su carisma y coraje y lo que decían de él en Europa, lo transformaron en la gran ilusión colombiana para los Olímpicos de Munich, 1972, la única opción real en la historia de las olimpíadas. La esperanza, sin embargo, se desplomó. A ‘Cochise’ un dirigente llamado Édgar A. Sénior y el Comité Olímpico Internacional le clavaron una puñalada cuando lo acusaron de profesional en una época en la que los Olímpicos eran sólo para amateurs. “El señor Rodríguez no es elegible para los Juegos”, decía en uno de sus apartes el comunicado descalificador, fechado en México el 12 de mayo de 1972. Para el Comité, ‘Cochise’ había violado el artículo 26 del reglamento olímpico.
“Para entrenarme, puedo ponerme las prendas que me vengan en gana. Aunque sea un camisón de mi abuela”, dijo él. A los treinta días, corría como profesional para el equipo italiano de la Bianchi Campagnolo. En Europa, Martín Emilio Rodríguez alcanzó a figurar en algunas etapas y obtuvo el trofeo Baracci junto a Felice Gimondi. En 1974 se retiró del profesionalismo. Retornó a Medellín y corrió sus últimas etapas con un añejo talento y su eterna alegría.