9 Dec 2018 - 2:00 a. m.

Eléider Álvarez: Una historia de nocaut

El antioqueño cuenta los apartes que más marcaron su carrera, los instantes que le ayudaron a aprender que la vida va por donde uno quiera encaminarla.

Camilo Amaya - @CamiloGAmaya

Nelson Sierra G.
Nelson Sierra G.
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Lo primero que llama la atención de Eleider Álvarez es su vestimenta impecable: saco y pantalón sin una sola arruga, una camisa negra que da la sensación de estar almidonada y unos zapatos muy bien embetunados. El traje vinotinto hace contraste con su sonrisa, la resalta, así como las enormes gafas logran que su mirada sea más profunda, inquisidora. Eleider es un hombre pausado, de buen carácter, servicial y de una simpatía natural, única, explosiva como los golpes que reparte en el cuadrilátero. Antes de la ceremonia del Deportista del Año de El Espectador se sienta en una silla que se ve diminuta al lado de su humanidad (mide 1.83 centímetros y pesa 79 kilogramos), pide un tinto sin azúcar y empieza a hablar. “Yo no nací en Turbo ni en Apartadó. Yo soy de Puerto Girón”.

La población a la que hace referencia es un corregimiento enclaustrado en el Urabá Antioqueño a las orillas del río León, un afluente que se abre paso desde Apartadó hasta encontrar el mar Caribe y que permite ir hasta Turbo en lancha. Allí aprendió a nadar, en medio de los bongos repletos de banano de exportación, en una lucha constante contra la corriente y las aguas turbias que de cuando en cuando se llevan a más de un desconocido que se atreve a desafiar el torrente. “Desde ahí empecé a tener mucha fuerza. Jugábamos a pegarnos a las embarcaciones para después ir hasta la orilla”.

A los nueve años se mudó para Turbo, al barrio San Martín, donde su papá compró una casa en obra negra con los ahorros de una vida dedicada a trabajar en la empresa Maderas del Darién. “Estaba cansando en la vereda y quería vivir en un lugar más grande”. En Turbo soñó con ser cantante de vallenato luego de andar por las calles con sus amigos emulando a Diomedes Díaz y Poncho Zuleta. Sin embargo, un día, cuando lo dejaron subirse a una tarima, la memoria le falló, el pánico lo invadió y se le olvidó la letra, y sus labios, por pura inercia, se limitaron a repetir el coro durante un instante largo, un momento que Eleider recuerda como eterno. “Ni idea qué me pasó, aún me hago esa pregunta”. La canción era Duerme conmigo esta noche.

El hecho tuvo una trascendencia enorme, tanto que generó un fundamento racional indudable: “No sirvo para esto”. Si la música no era el camino, el estudio tampoco, pues se confundía con los números, le costaba prestar atención y se aburría con la lectura. Sin mencionar que prefería irse con sus amigos a andar por el pueblo que ir a la casa a hacer tareas. En la escuela Ángel Mirán de Turbo lo tuvieron hasta tercero de primaria, hasta el día que una monja se dio cuenta que había puesto un espejo en el empeine del zapato para verle la ropa interior a sus compañeras y se enloqueció con lo que para ella, más que una pilatuna, fue un acto impuro e imperdonable. Después lo pasaron a la escuela Panamericana y allí cursó hasta octavo grado. Luego vino la muerte de su madre (un derrame cerebral), el vivir con más pérdidas que ganancias, la noche en la que él y sus dos hermanas solo tuvieron un plátano para comer. Y la necesidad hizo que la familia se diluyera, que una hermana se fuera para donde un tío en Medellín y que la otra hiciera lo mismo, pero en Apartadó.

Y Eleider se quedó con su padre. Bueno, en realidad se quedó solo porque Jorge se iba por meses a rebuscar dinero en lo que fuera, para seguir con la labor de papá y mamá a la vez, para construir un futuro en una región en la que prevalecen los errores del pasado. Y entonces Eleider empezó a recolectar botellas, pedazo de hierro, de cobre y de aluminio para ganar unos cuantos pesos. “Los patios de las casas eran abiertos y cuando veíamos algo que podíamos vender lo cogíamos”. También le dio por ser obrero y en dos días descargó 14 volquetadas de arena en una construcción. Eso sí, a la mañana siguiente no se pudo levantar del dolor en los brazos y en las piernas, pues en ese época todavía era un joven escuálido, de cuello largo al que la ropa le quedaba grande. También “tiró plancha”, es decir, ayudó a construir una placa de concreto. “Uy, eso fue muy duro, sentí que el corazón lo tenía en las manos porque me palpitaba”. Por ese trabajo le pagaron $50.000, una fortuna que malgastó efímeramente, con gozo.

Eleider hace una pausa, pide otro tinto y continúa con su relato. La historia cambia de manera radical y llega hasta las clases de boxeo con Oswaldo Ricard, el entrenador que vivía cruzando la calle, el mismo que golpeaba la puerta todos los días a las cinco de la mañana para llevarlo a practicar. “Cómo así que no escuchás el ruido. Me levanto yo que duermo atrás y no lo haces vos que estás pegado a la ventana. Arriba, pues”, era la orden de general que soltaba Aida Elisa, su mamá, una mujer temperamental, pero cariñosa, la misma que se dio cuenta que el deporte era la solución para darle orden a la vida de su hijo.

“A mí no me gustaba porque era sólo correr y moverse, y hacer pasos laterales y que salte y que haga piques, nada más. Entonces me daba pereza madrugar para eso”. Hoy en día esa preparación física le sirve aún para ser rápido en el ring, para sacar dos jabs, una derecha y después moverse sin que el oponente pueda tocarlo. Y eso que ahora, por la categoría en la que compite (semipesado) se puede dar el lujo de entablar un intercambio, porque tiene la contextura para soportar los golpes, la mente para controlar el dolor y el impulso para atacar más fuerte luego de la arremetida del rival. Sus músculos, tensos y abultados, le ayudaron a ser especial en los combates, pero su disciplina lo alejó de ser uno más del montón. “Cuando digo dieta es dieta. Solo legumbres y proteína. Punto”. En su palmarés hay un oro en los Juegos Suramericanos de 2006, otro en los Panamericanos de 2007 y una participación en los Juegos Olímpicos de Pekín en 2008, evento en el que perdió por decisión técnica frente al inglés Tony Jeffries.

Desde 2009, cuando dejó de ser amateur para convertirse en profesional, vive en Canadá, en una rutina que por instantes lo aburre, pero que ve necesaria para mantenerse en forma, para poder revalidar lo que hizo frente al ruso Sergey Kovalev en el Hard Rock Café de Atlantic City, en Estados Unidos, el 4 de agosto pasado, día el que se convirtió en el campeón de los semipesados de la Organización Mundial de Boxeo. “Tendré la revancha en febrero y por eso no quiero sorpresas. Desde ya estoy dándole para retener mi corona”. El humo del tinto se ha extinguido y Eleider quiere pedir otro, pues no le gusta tomar el café frío, pero el tiempo de esta charla ha terminado. Con una gran carcajada se despide, mira el reloj, se levanta, se acomoda el cuello de la camisa y da la mano no sin antes reseñar mientras esboza una sonrisa: “La gente, mi gente, me pide que no hable con los medios, pero ni bobo que fuera. Es mi momento y no lo voy a desaprovechar. Además, conversar siempre será mucho mejor que irse a los golpes”.

@CamiloAmaya

 

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