Empieza duelo con Forero

Con motivo de la Vuelta a Colombia, El Espectador reproduce desde el pasado domingo las 14 entregas de la historia del ciclista Ramón Hoyos Vallejo, escrita por Gabriel García Márquez en este diario.

UNA CAÍDA MÍA BIEN APROVECHADA POR EL “ZIPA”. HOYOS SIGUE BATIENDO RÉCORDS. NADIE HA TENIDO MÁS APOYOS QUE YO. FORERO Y BEYAERT CUIDÁNDOME. EL DUELO EMPIEZA A DEFINIRSE.

Creo que desde cuando estoy corriendo en bicicleta no he tenido un duelo más sensacional que el que protagonicé con Efraín Forero en la etapa Riosucio-Medellín, en la III Vuelta a Colombia. Arrancamos de la capital antioqueña a las seis y cuarenta y cinco minutos, y a las siete y quince Forero y yo nos habíamos separado del pelotón y corríamos adelante, por una carretera pedregosa y torcida, en la que lo menos grave que podía ocurrir al menor descuido era un pinchazo. No corríamos en línea recta: tratábamos de eludir las piedras, pero lo hacíamos a tal velocidad que en pocos momentos dejamos atrás los carros acompañantes. Si entonces hubiéramos sufrido un pinchazo habríamos tenido que esperar quién sabe cuántos minutos hasta cuando vinieran con los repuestos.

Forero en la punta

La ventaja de Forero comenzó en la gran bajada después de Itagüí. Evidentemente, no pensaba en los pinchazos, y sabía que es en bajadas donde más se rinde, porque se voló literalmente, corriendo como un loco, y cuando yo trataba de no perderlo de vista ya llevaba 800 metros de ventaja sobre el pelotón. Se tragaba el camino. Yo empujaba, rindiendo todo lo que podía, pero Forero parecía impulsado por un motor. Estábamos cubiertos de polvo amasado con sudor, empeñados en una carrera que por lo menos en aquella etapa se había convertido en una carrera de nosotros dos. Cuando pasamos por La Pintada, sin embargo, había logrado reducir a un minuto mi desventaja. Y a menos de tres kilómetros más allá, en una vuelta del camino, pasé como un torpedo, en el instante en que Forero cambiaba de máquina porque había sufrido un pinchazo. En la operación empleó exactamente el minuto de ventaja.

Volando

La cosa fue entonces más peleada, a lo largo de varios kilómetros seguimos juntos, sin un milímetro de rueda de ventaja, hasta cuando llegamos a una pendiente. Yo estaba optimista, porque sabía que Forero no era mejor para trepar. Pero trepó como un diablo. Se me fue, me fue dejando, y antes de que yo tuviera tiempo de reaccionar ya me llevaba un kilómetro de ventaja.

Nuestro entrenador, Roberto Guerrero, emocionado con el duelo, se subió entonces en una motocicleta y persiguió a Forero, con el cronómetro en la mano, para medir exactamente su ventaja. Regresó donde mí, volando él también en su motocicleta y me dio algunas instrucciones. Pero Forero seguía tragándose el camino. Todavía estábamos lejos de Valparaíso y ya me llevaba casi dos kilómetros de ventaja, a pesar de que yo no había perdido el ritmo.

Mi buena estrella

Pero allí volvió a favorecerme la suerte: diez minutos antes de llegar a Valparaíso, Forero volvió a pinchar. Cuando eso ocurrió ya yo había disminuido algunos segundos a su minuto y medio de ventaja. Estábamos corriendo de tal modo que el tercero en la etapa, Orjuela, venía varios kilómetros detrás de mí.

En ese momento me acordé de Valparaíso. Pensé en la multitud que sin lugar a duda esperaba ver a un antioqueño en la punta. Traté de acelerar, aprovechando el pinchazo de Forero y la circunstancia de que allí la pendiente era más pronunciada, pero por el momento fue inútil mi esfuerzo. Forero cambió de máquina con asombrosa rapidez y siguió subiendo como un verdadero trepador de paredes.

Tal vez aquel esfuerzo lo agotó. Yo seguí cerca de él, esperando el momento oportuno para cazarlo, y a menos de dos kilómetros de Valparaíso logré sacarle una insignificante ventaja. Pasé como un bólido por las calles de la población delirante, seguido a menos de tres metros por Forero.

Por fin: Riosucio

Pero aquel fue un triunfo momentáneo. No sé si estaba demasiado entusiasmado por mi ventaja, pero lo cierto fue que sufrí una aparatosa caída y no me rompí la cara por milagro. Apenas estaba tratando de recuperarme cuando ya Forero iba adelante como un cohete. Perdí terreno, pero no me sentí desmoralizado, de manera que seguí corriendo, ahora tratando de no forzarme, sino esperando una nueva oportunidad de cazarlo. Y esa oportunidad llegó muy pronto: Forero sufrió una aparatosa caída. Se fue de cabeza contra el camino pedregoso. Cuando pasé junto a él, volando, alcancé a ver que tenía la cara llena de sangre. Fue la última vez que lo vi en esa etapa. Agotado por el tremendo esfuerzo entré a las calles de Riosucio, donde una muchedumbre enloquecida me recibió con atronadoras ovaciones.

Tres contra tres

Mi otra etapa dura —después de haber perdido sucesivamente desde Riosucio— fue la de Cali-Popayán. Allí no fue un duelo contra Forero solamente. Fue contra él y contra el francés, que se vigilaban mutuamente, y que al parecer preferían correr en equipo para dejarme. En los primeros kilómetros de esa etapa ninguno de los tres iba de puntero. Adelante iban, según creo, Salinas, Chiriboga, Echeverri e Isaza. Más atrás iba otro pelotón, con Forero a la cabeza, seguido por Beyaert. Rápidamente logré darles alcance, pero cuando traté de dejarlos se trabó entre los tres un duelo, muy duro de definir. Allí fue donde se demostró la eficacia del equipo antioqueño, que colaboró con notable acierto en mi escapada. Así pude dejar a Forero e irme a la punta. Pero el francés seguía vigilándome implacablemente. Y yo, en vista de que él también trataba de halar, lo vigilé a mi turno, y juntos salimos hacia adelante.

Esto se va definiendo

Ya solos en la punta del segundo pelotón, no me resultó difícil dejar al francés. Pero aún faltaba lo más duro: cazar a Petróleo Echeverri, que iba punteando desde hacía rato. Le había sacado tres kilómetros  al francés cuando empezó la cacería de Petróleo, en una pendiente que me llenó de optimismo. Al paso por Piendamó logré alcanzar la punta. Y quince kilómetros antes de llegar a Popayán, la gente se había quedado atrás. Y yo, corriendo fuerte, sabía que la etapa estaba ganada.

Mañana será otro día

Sucesivamente, gané la etapa Popayán-La Plata, en duelo con el francés. Y luego perdí terreno en las sucesivas, que fueron ganadas por Petróleo Echeverri y Héctor Mesa. Pero yo seguía de puntero en la clasificación general, y llegué a Girardot —en la penúltima etapa— en el decimotercer puesto, pero con todas mis esperanzas en la última etapa.

Esa noche, en Girardot, empezó a tratárseme como el triunfador de la III Vuelta a Colombia. En esos momentos tenía encima mayor cantidad de apodos que ciclista alguno haya tenido jamás. Tenía el primero, puesto el año anterior por el periodista Jorge Enrique Buitrago: “El Escarabajo”. Y los que me encasquetaron en la III, en los diferentes periódicos: “El Constellation”, “El Ascensor” y “Ramón Refuego”. Con aquella cantidad de nombres encima, y la expectativa de Antioquia por mi triunfo seguro, me dispuse a “echar el resto” en la última etapa. Se me advirtió que debía dejarle la punta a Efraín Forero, para evitar una mala recepción en Bogotá, pero yo llevaba solamente un minuto de ventaja al francés, en la general, y no quise correr el riesgo. Además, se me advirtió que había un grupo de motociclistas antioqueños en Bogotá, destacados expresamente para proteger mi vida.

¡Campeón!

Como lo había esperado, fue terriblemente difícil desprenderse del pelotón, pues los primeros eran planos y bien pavimentados. Además, no contábamos con un obstáculo de última hora: los numerosos automóviles y camionetas que salieron a la carretera, y que en ciertos momentos impedían el paso, literalmente.

Nada más que para los jueces, corrían a la par de nosotros 30 carros. El Jaguar Díaz y Bonifacio Arango fueron coleados por carros particulares absolutamente ajenos a la carrera, y estuvieron a punto de verse obligados a retirarse a última hora.

Hasta El Triunfo, bajo un fuerte aguacero, no había logrado quitarme de encima al francés, que venía corriendo mejor que nunca, pero en cambio Efraín Forero iba perdiendo terreno, con cuatro minutos de desventaja, por lo menos. Sólo al pasar  las Mesitas del Colegio me sentí  definitivamente en la punta, y empecé a empujar, escoltado ya por los motociclistas antioqueños, que corrían revólver en mano. Aquello me produjo una emoción incontenible. Corrí tan fuerte, que sin esperarlo batí el récord Bogotá-Girardot, al hacer el recorrido en cuatro horas, cincuenta y cinco minutos y veintiún segundos.

El revés de la fama

No olvidaré nunca mi entrada a Bogotá, como triunfador absoluto en la III Vuelta a Colombia. Fue una victoria emocionante. Pero un momento después, cuando concluyó la ovación y abandoné el velódromo para dirigirme al hotel Casa Marina, donde me disponía a descansar, recibí mi primera decepción. Piedras y palos me saludaron a la salida del velódromo. Yo sabía, mientras me abría paso a través de la multitud, que la camioneta no estaba lejos. Podía verla por encima de la muchedumbre vociferante que me golpeaba, mientras yo trataba de abrirme paso y de defenderme con la bicicleta.

Casi ciego, a causa de los golpes, logré llegar hasta mi vehículo. Estaba dispuesto a decirle al conductor que arrancara inmediatamente, abriéndose paso por la fuerza a través de la multitud, pero el conductor había sido sacado a viva fuerza de su asiento. Sin embargo, las llaves estaban puestas. Rápidamente me introduje en la camioneta y arranqué, entre un cerrado bombardeo de piedras y palos, que volvían pedazos los vidrios. Cerré los ojos, puse en marcha el motor, y arranqué violentamente. Sólo cuando ya me había librado de la lluvia de piedras, con los vidrios completamente destrozados, caí en la cuenta de que me habían robado la bicicleta, en que conquisté la victoria de la III Vuelta.
 

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