Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Después aparece el técnico y a veces su asistente para robarse la atención. Pero lo que pocos ven es que detrás de ellos hay otro equipo, otra selección que comienza a jugar los partidos varias semanas antes y tiene la compleja misión de hacer que en el sitio de concentración todo esté bien dispuesto y así los protagonistas puedan rendir.
Son cientos de horas de trabajo alrededor de un grupo que se prepara para sacar la cara por un país. Todo debe quedar bien calculado, nada puede faltar y ni pensar en improvisaciones. Comida, ropa, alojamiento, recuperación, cuidados médicos hacen parte de este entrenamiento invisible; después viene lo que los muchachos puedan hacer en la cancha. “Aquí están los mejores de Colombia y por eso se les da lo mejor”, dice Alonso Amorocho, el ‘capitán’ administrativo de esta selección, gran responsable de que este ‘barco’ llegue a buen puerto. El Espectador tuvo el privilegio de comprobar que, en este aspecto, Colombia no escatima esfuerzos para hacer realidad el sueño de volver a un mundial.
Una nómina de lujo a su servicio
Antes de iniciar el recorrido, es importante saber cómo se arma este gran andamiaje. Dos meses antes de que Pinto anunciara la lista de convocados para estos juegos contra Uruguay y Chile, todo estaba previsto para la concentración en el Club Campestre Llanogrande, ubicado al nororiente de Antioquia, a una altura de 1.350 metros sobre el nivel del mar y donde hay una temperatura promedio de 22 grados. Las 30 habitaciones y las modernas instalaciones están a su disposición. El sitio lo escogió el técnico por ser un punto intermedio entre el nivel del mar y la altitud de Bogotá.
Allí los esperan dos médicos, un kinesiólogo, dos utileros, un chef y el mismo Amorocho, quien además de tramitar las conexiones aéreas de todos, siempre está listo para darle la bienvenida a cada uno de los jugadores. “Así lleguen en la madrugada, yo nunca dejo de recogerlos en el aeropuerto. Así conozcan el lugar, y puedan tomar un taxi, yo prefiero ir para que se sientan respaldados”. Y le queda tiempo y disposición para atender y coordinar el ingreso de los periodistas, haciendo las veces de jefe de prensa.
Una vez en el hotel, empiezan a regir las reglas del cuerpo técnico: las habitaciones las distribuye el mismo Pinto y ningún jugador puede exigir compartir cuarto con un compañero determinado. Y como Pinto es sinónimo de disciplina, exige el cumplimiento de unas normas básicas de comportamiento y de convivencia.
Cada noche el estratega santandereano les entrega personalmente a sus dirigidos la ‘carta de navegación’ para la jornada siguiente. Allí incluye la hora de levantada, de desayuno, entrenamiento y recuperación. También especifica allí la hora del almuerzo, del descanso, que es obligatorio, y de la práctica o de la charla o video que haya en la tarde.
Este documento detalla la hora de la cena y también está la hora exacta en la que deben dormir, momento en el que celulares, computadores portátiles, televisores, iPods y todos los aparatos electrónicos deben estar apagados. Y aunque son profesionales, no sobra hacer una ronda, por eso las llaves deben quedar colgadas en las puertas de las habitaciones.
Además, los jugadores deben usar correctamente el uniforme de presentación en el hotel y especialmente cuando van al comedor.
Esta programación también indica qué color de ropa deben usar cada día. Ya son casi dos años con Pinto al frente de la selección y 24 partidos, por lo que los jugadores ya conocen este plan de memoria. Y los nuevos, se adaptan rápidamente.
Todo un trabajo científico
Y a medida que van llegando, los jugadores van pasando por las manos de los médicos. El primer chequeo es del ortopedista, el doctor Germán Ochoa, quien examina rodillas, tobillos, columna, etc. Después, les toman las medidas corporales y luego empieza un proceso clave en el control médico de los deportistas: se trata de los exámenes de laboratorio, que lleva a cabo el doctor Miguel Alexánder Niño, médico deportólogo.
Debido al escaso tiempo de trabajo, los tests de campo se reemplazan con análisis bioclínicos de algunas hormonas para determinar la carga de trabajo que trae cada jugador. “Hacemos pruebas de laboratorio que nos indican indirectamente el nivel de entrenamiento o el nivel de condición física que tiene el deportista”, explica Niño.
A su llegada, a todos se les toma una muestra de sangre sobre la que hacen 10 análisis, y diariamente, antes del desayuno, la mayoría dejan muestras pequeñas para otros tres o cuatro exámenes de control.
El departamento médico está dispuesto en dos salones del hotel en el segundo piso. Allí, Niño también dirige un trabajo algo dispendioso, pero que es vital en el rendimiento de los convocados y es el de las famosas cámaras hipóxicas, las más recientes adquisiciones de la Federación Colombiana de Fútbol. “En cada concentración hacemos estos entrenamientos simulados en la altura, con énfasis en los que juegan en España, Italia, Francia y Argentina”.
¿Y cómo funciona? En una carpa o con mascarillas, se disminuye la presión atmosférica y se les da la sensación de que falta oxígeno y las sesiones, dependiendo de las necesidades, van de 30 a 60 minutos. Por ejemplo, Fredy Guarín, quien juega en Portugal, hace dos tandas de 30 minutos durante el día. Un caso curioso es el de Yulián Anchico quien, aunque vive en Bogotá, ha disminuido sus niveles de glóbulos rojos, por eso realiza entrenamientos con oxígeno al 15%, para estimular la producción de los mismos.
El recorrido por el departamento médico se cierra con la sección de recuperación. Luego de las prácticas hay hidromasajes y antes de la comida el licenciado Carlos Mario Álvarez, el kinesiólogo del equipo, recibe en su ‘despacho’ a los jugadores con más cansancio o dolores musculares.
Es hora de comer
Llegamos a la cocina del hotel, donde Josef Algarra se mueve con celeridad para que todo esté listo, porque van a ser las siete y los muchachos bajan a cenar. Él es, desde hace un año, el chef exclusivo de la selección Colombia, todo por ser amante del fútbol y viejo amigo del técnico Pinto. “Yo me acababa de jubilar en Estados Unidos y cuando volví, me llamó y me dijo: ‘¿Usted puede llegar aquí mañana en el primer vuelo? Lo necesito urgentemente’. Así lo hice y aquí estoy”, cuenta Algarra, quien conoció a Pinto hace más de 20 años, cuando trabajaba como chef del Hotel Tequendama en Bogotá.
“El que más come es sin duda Agustín Julio, claro que por su contextura física lo requiere, y el que menos come es Estiven Vélez”, reveló el experimentado chef, con 44 años de experiencia en hoteles de Colombia, Estados Unidos y Canadá y quien hoy luce orgulloso, como un niño, la gorra con el escudo de la selección.
“Ya me dijeron que cuando vayamos al mundial voy a tener todo mi uniforme con el escudo”, expresa orgulloso.
El menú es muy balanceado, con carbohidratos, pocas harinas y mucha fruta, haciendo énfasis en las pastas, porque son un producto de rápida digestión. Durante los días de entrenamiento la comida se sirve en bufé y el día del partido en la mesa, para evitar cansancio.
“Por su buen trabajo les damos premios de vez en cuando, por ejemplo, el jueves les dimos bandeja paisa de sorpresa y ellos quedan felices, sobre todo los que viven fuera del país”, agregó Algarra.
En esta materia también hay un plan estricto: el menú lo elaboran los médicos, con supervisión de una nutricionista, y la Federación se encarga de pedir la lista de productos, con marcas sugeridas, al hotel donde se alojarán. Josef es el encargado de certificar que los productos sean de primera calidad.
“Mi mayor satisfacción es que yo pase por la mesa y vea que ellos han comido todo con gusto”, dice Algarra, quien también, a veces, es cómplice para complacer algún antojo. “Negociamos. Si me dicen ‘cámbiame este postre por dos bolas de helado’, no hay mayor problema”.
No todo es fútbol
Cuando no están pensando en cómo marcar a los rivales y cómo pararse en el campo de juego, los jugadores de la selección ocupan su tiempo, principalmente, en la televisión, internet, la lectura y la música. También hay tiempo para las tertulias.
Pablo Armero rompe el silencio y llama la atención de todos cuando empieza a cantar o a contar chistes. Todos lo rodean y el pequeño lateral del América se pierde entre sus compañeros. Hasta que se escucha una explosión de risas y el círculo se rompe cuando ‘Sabrosito’, como le dicen a Armero, termina su gracioso número. Él mismo aplaude.
Otro que nació con talento, no sólo para manejar la pelota en los pies, sino para hacer reír, es Giovanni Hernández. Sus dotes histriónicas lo llevan a imitar a sus compañeros de concentración y al propio técnico Pinto (con mucho respeto, claro). Y todo esto se ve en el hotel, en el bus, en el entrenamiento e incluso en el camerino, cuando están a punto de salir al terreno de juego.
Pero así como hay extrovertidos, también hay jugadores que ni se escuchan, como es el caso de Pedro Pablo Portocarrero, largo de estatura, pero corto de palabras.
Los más ‘veteranos’ leen la Biblia o literatura, mientras que los más ‘pelaos’ no salen de internet. Los mayores escuchan salsa, los jóvenes reggaetón, pero eso sí, a todos les gusta ver fútbol por TV y están pendientes de los noticieros deportivos y de lo que la prensa escrita dice de ellos.
Cuando se reúne la selección vive, y así, en familia, vive la selección.
La utilería la maneja un verdadero experto
Jorge Buitrago, más conocido como Panis, es el utilero de esta selección Colombia. Servicial y eficiente, este bogotano se ganó el puesto en el equipo dirigido por Jorge Luis Pinto, luego de su destacada labor que ejerció durante 15 años en Independiente Santa Fe. Allí precisamente fue donde conoció al técnico Pinto, cuando dirigió al rojo en 1992.
Generalmente Buitrago trabaja solo, pero esta vez, debido al estado del clima, que hace más complicada la limpieza de los guayos y otras labores, necesitó un refuerzo y por eso lo acompaña su hijo William, quien hace su debut en la Selección. “Aquí se embetunan los guayos todos los días y a los de color les aplicamos vaselina”, dice Panis, quien conoce de memoria a quién pertenece cada par de zapatos.
“Todos están muy adelantados, traen guayos muy finos. La mayoría hoy utiliza Nike y Adidas”, dice. “El único que trae una marca diferente es Amaranto Perea, quien usa Joma, una marca que lo patrocina”, cuenta.