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El pasado 4 de junio, el presidente Gustavo Petro hizo la despedida oficial de la Selección Colombia masculina de fútbol, con rumbo a la Copa Mundial de la FIFA 2026. En el evento, Petro pronunció un breve discurso sobre la importancia de la vida, el trabajo en conjunto y la hermandad, insignias del juego que representa a una nación, según sus palabras. (Lea otro ensayo de Pablo Castellanos sobre la película “Encanto”).
Durante el acto de despedida, los jugadores en general se mostraron muy serios y algunos, como el capitán James Rodríguez, manifestaron cierta parquedad al momento de darle la mano al mandatario y a su hija adolescente, quien le preguntó a Rodríguez si le podía pedir una foto. Después del evento, las redes sociales estallaron en críticas al capitán, pues en videos se observa que el jugador ignora a la niña. La rabia y el descontento llegaron incluso a tener un tinte político, pues muchos relacionaron ese desplante con la amistad cercana de Rodríguez y el candidato de derecha que le ganó las elecciones presidenciales del 21 de junio al candidato de izquierda, perteneciente al partido de Petro.
En una época de contienda electoral, la actitud de Rodríguez generó un debate considerable, debido a la importancia que tiene este jugador para el deporte nacional. En la historia del fútbol colombiano, Rodríguez ha sido protagonista, por ejemplo, cuando jugó el Mundial de 2014, donde fue el goleador del torneo; así mismo, es heredero de un estilo de juego reconocido internacionalmente por los logros obtenidos desde la clasificación de Colombia al Mundial de 1990, hasta la conquista de la Copa América de 2001, realizada en el país.
A propósito de este triunfo, recientemente el canal RCN hizo un especial, con entrevistas a jugadores que integraron el equipo campeón. Fabián Vargas es uno de ellos. Entre las anécdotas relatadas, Vargas recuerda que entendió la importancia de su trabajo al ver el apoyo y cariño que las personas brindaron a la Selección en las distintas ciudades donde disputó los partidos que la llevaron a levantar la copa. En otro pasaje del especial, la periodista María Mercedes Ruiz comenta que tal triunfo le vino muy bien al país, pues en ese entonces se vivían serios problemas de orden público. Los problemas mencionados por la periodista eran nada menos que la gran oleada de violencia dejada por el paramilitarismo.
Las palabras de Vargas y Ruiz concuerdan con la idea del fútbol como un hecho social que –aunque es un negocio privado que factura de muchas formas (taquilla, management deportivo, marketing, emisión, apuestas en línea, firmas de predicción, etc.)– funciona como símbolo de la cohesión social de un país como Colombia.
Sobre el poder que tiene el deporte para unir a una nación, la película Invictus (2009), dirigida por Clint Eastwood, ofrece reflexiones que vale la pena evocar.
En 1994, cuatro años después de haber sido liberado de su largo periodo en la cárcel por combatir el apartheid (segregación racial y discriminación institucionalizada) en Sudáfrica, Nelson Mandela es elegido presidente del país. Le espera una misión: buscar la unión y la superación del racismo, para trabajar en la solución de muchos otros problemas de la nación africana, como la estabilización de la economía. Para lograr su objetivo, el líder acude a François Pienaar, capitán de la Selección de rugby, como estrategia para hacer que los sudafricanos se identifiquen y conjuren los demonios, por un lado, de la discriminación por el color de la piel y, por el otro, del rencor.
En la primera aparición de Mandela en un juego amistoso del equipo nacional (los Springboks o Bokke) contra Inglaterra, a un año de la Copa Mundial, el líder observa desde la tribuna que los aficionados blancos –cantando el himno y ondeando la bandera verde y oro del uniforme del equipo, relacionados desde siempre con el apartheid– alientan a los Bokke, mientras que los sudafricanos negros apoyan a los ingleses. Con este panorama, nadie entiende la idea de Mandela de unir al pueblo a través de un deporte que solo le interesa a la minoría blanca que hasta hacía poco dirigía el país, cuando la amplia población negra prefiere el fútbol y tiende más bien a odiar el rugby.
Tras una serie de malos resultados de los Bokke, Mandela invita a Pienaar a la casa de gobierno. En su conversación, el presidente le expresa admiración y coincide con el capitán en que, así como pasa en la vida, en el deporte nunca se juega estando al cien por ciento. Por ende, dice Mandela: “Necesitamos inspiración, François, porque para construir nuestra nación, todos debemos exceder nuestras propias expectativas”. “¿Cómo inspiras a tu equipo?”, le pregunta. Pienaar responde: “Cantando la letra de una canción”. Mandela le revela que durante los años en la cárcel también encontró inspiración en las palabras, aunque provenientes de un poema victoriano del poeta inglés William Ernest Henley, cuyos versos finales dicen: “Ya no importa cuan estrecho haya sido el camino, / ni cuantos castigos lleve mi espalda, / Soy el amo de mi destino, / Soy el capitán de mi alma”. El poema de Henley fue titulado póstumamente como “Invictus”, por Arthur Quiller-Couch.
Luego de esta charla, Mandela habla con el jefe del equipo, tras lo cual se decide que los Bokke harán clínicas de rugby por los pueblos del país. Al enterarse de esta iniciativa, los jugadores protestan, argumentando que no son un número de circo. Sin embargo, su capitán les dice: “Nos hemos vuelto más que un equipo de rugby”. La gira permite que las personas más excluidas aprendan el juego nacional de manos de los propios deportistas; además, que los jugadores conozcan de cerca la pobreza que aqueja al común de las personas negras. Durante una parada en la correría de los Bokke, los niños se abalanzan hacia el bus que los transporta. Pero su emoción responde solamente al deseo de abrazar a Chester Williams, el único jugador negro. El acercamiento entre los Bokke y los sudafricanos posibilita la resignificación gradual de símbolos culturales, como los colores del uniforme del equipo, lo cual permite que este gane popularidad.
Comienza la Copa del Mundo. Partido tras partido, los Bokke luchan en la cancha y muestran un juego efectivo, que les permite llegar a la final del torneo para enfrentar a Nueva Zelanda. Ahora, las cosas adquieren su máxima dificultad: enfrente está Lomu, el mejor rugbista maorí, con una embestida que tiene un poder tal, que marcarlo significa descuidar los otros frentes de la mejor ofensiva del mundo, y frenar otros avances significa dejar solo al letal jugador neozelandés. En esta situación, Pienaar reúne al equipo a un lado de la cancha y da una clara instrucción: “El que esté cerca de Lomu, debe bloquearlo, agarrarlo, hasta que llegue la ayuda de los compañeros”. Así mismo, en el campo, los jugadores sienten el sonido atronador de los aplausos y cánticos de los aficionados en las gradas. Y el capitán les dice: “¡Escuchen a su país!”. Mientras tanto, fuera del estadio (en las calles, las casas, las tiendas), se observa entre los sudafricanos un denominador común: el deseo de satisfacer juntos la sed de grandeza.
Al final, los Bokke consiguen la copa. Entonces, queda la alegría por el triunfo del equipo, que ha demostrado cualidades que representan valores de Sudáfrica; también, queda la esperanza de superar las graves heridas sociales de un país cuya reconciliación se inicia con los abrazos de personas disímiles y el cordial apretón de manos entre Pienaar y Mandela.
Justamente, en ese juego de emociones y actitudes que el filme resalta –la alegría del momento y la esperanza compartida– se fortalecen los lazos sociales, como función del deporte nacional, algo que debe preservarse tanto en la victoria como en la derrota. Por esta razón, es cuestionable que el deporte tienda a politizarse, por encima de tales emociones, utilizadas ideológicamente para favorecer bien sea los intereses particulares a través de la propaganda, o el dominio económico y político de las grandes potencias, cuyos tecnomagnates analizan el comportamiento y las preferencias del público masivo, con ayuda de softwares avanzados que funcionan como piedras Palantiri, “el ojo del imperio que lo vigila todo” (véase La Base América Latina).
* Docente de bachillerato y editor de la revista Educación Estética, de la Universidad Nacional de Colombia.