Federer gana su séptimo título y vuelve a la cima de la ATP

Superó a Andy Murray e igualó los siete trofeos de Pete Sampras en Londres.

“En el tenis moderno, puedes ser jugador de tierra batida, o de hierba, o de pista dura, o si no, llamarte Roger Federer”, dijo alguna vez Jimmy Connors desde la nostalgia de su retiro, antes de confesar que quería volver a tener 20 para enfrentar a Su Majestad. “Algunos golpes de Federer deberían estar prohibidos”, bromeó un día Tracy Austin, campeona del US Open del 79 y el 81, al ver la inmortalidad de Roger. “Es el mejor contra quien yo haya jugado. No hay discusión”, se consoló Andre Agassi, después de una de las ocho veces en que cayó derrotado por él. “Tendría que sentirme honrado con el solo hecho de ser comparado con él. Es un talento enorme e increíble y es capaz de cualquier cosa”, dijo en una ocasión Rod Laver, ganador de todos los grandes en los sesenta.

Luego de lograr el domingo su séptimo título en Wimbledon, derrotando 4-6, 7-5, 6-3 y 6-4 a Andy Murray en la final, esas palabras retratan aún mejor a Federer, mucho más ahora que recupera el número uno del mundo y demuestra que su edad (30 años) no niega títulos. Federer, que igualó la cantidad de semanas como rey del escalafón que tuvo Sampras (286) y llegó a la plusmarca de 17 Grand Slams, es simplemente un genio sin límites.

“Todos corremos detrás de Roger. Tal vez deberíamos formar un equipo y unir esfuerzos, como los Power Rangers”, explicó quien más derrotas ha sufrido a manos del suizo (21 veces), el estadounidense Andy Roddick. Luego diría que “para ganarle a Roger tengo que pegarle un puñetazo o algo así” y le confesaría al suizo que “quisiera odiarte, pero eres un gran tipo”.

Su fama hace más popular a quien habla sobre él. “Salí un poco cagado en los pantalones. Perdón por el lenguaje, pero es lo que sentí”, expresó Ernests Gubils luego de perder contra Federer en un juego en Roma. “Puedo llorar como Roger. Es una pena que no pueda jugar como él”, diría Andy Murray tras perder una final en Australia.

Cuando se desplomó ayer sobre el césped de la cancha central del All England todos lo entendieron: es el título más representativo de su carrera, por los récords que rompe, porque es la reivindicación de su 2012 (no alcanzaba la final de un grande desde Roland Garros 2011), porque el retiro que le presagiaban algunos detractores le respiraba en la nuca por falta de resultados y porque con todo lo anterior cierra un círculo. Uno que abrió en los octavos de final de Wimbledon hace once años, cuando superó a su héroe Pete Sampras en cinco sets y se dio a conocer en una época en la que sólo peleaba contra su mal humor.

El Reino Unido llevaba 76 años esperando el día en que algún británico se coronara campeón y emulara a Fred Perry en el 36. Desde entonces no han estado tan cerca como ayer, cuando Murray ganó el primer set con el mejor tenis de sus 25 años y tuvo opciones de quiebre en el sexto y el noveno juego de la siguiente manga. De ninguna manera el escocés podría estar expuesto a la crítica porque estuvo a la altura de una cita histórica. De ahí el llanto incontrolable del deber cumplido en la premiación. Lo había dado todo. Pero todo no es suficiente para superar a Roger.

Murray debe entender que esta vez le cerró el paso nada menos que el mejor de todos los tiempos.

17 títulos de Grand Slam, ver gráfico