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Amaranto Perea tiene un tono de voz leve, tibio, que denota a una persona calmada, de formas mansas, pero efectivas. Y eso no quiere decir que sea ajeno a la autoridad, solo que la transmite de otra manera, a su manera. Calmo y pausado logró que se jugara el partido del Día del Futbolista Urabaense en 2017, a pesar de las amenazas de bloqueo por parte de la población por la construcción de varios peajes en una carretera en la que es obligado circular para sobrevivir. “Él mismo se puso a hablar con la gente y los convenció para que apoyaran la iniciativa de su fundación. Y eso lo hizo sin necesidad de un grito o un reproche. Todo fue dialogando”, le cuenta a El Espectador un periodista que asistió al evento que se organiza cada año con futbolistas de la región para recoger fondos para los niños más necesitados. (Visite nuestro especial de los 70 años del fútbol colombiano)
Perea, el mismo que vendía helados en las calles, no porque se estuviera muriendo de hambre, sino para sostenerse en Medellín, a donde llegó para probarse como futbolista profesional, sigue siendo el mismo que cree, desde que empezó en este deporte, que disciplina y eficacia son dos conceptos que se complementan, que el primero lleva al segundo y que el segundo hace parte del primero. Su historia como jugador es infinitamente conocida: títulos con el Medellín, un paso brillante por Boca Juniors y una vida en el Atlético de Madrid (ocho temporadas) antes de llegar al Cruz Azul de México. Lo que está por conocerse es su otra faceta, la de entrenador, la que apenas está comenzando con Leones de Itagüí. “Hay una gran expectativa, sobre todo por la manera en la que me han recibido. Siento que tengo todo para poder hacer mi trabajo. Por ahora he intentado implementar cosas sencillas y no hacer cambios drásticos, para no alterar aspectos que hay que mantener. Esto es cuestión de tiempo y trabajo”, le cuenta Perea a El Espectador.
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Lejos del dinero y la fama, el hombre de semblante sencillo, de sonrisa espontánea y humilde mantiene las ganas de triunfar, de prolongar lo obtenido en la cancha ahora en el banco. “Todo en mi vida se ha dado de manera prematura y ahora también este paso que doy en el fútbol colombiano. He aprendido que uno tiene que ir madurando a la velocidad que se vayan presentando las cosas”. Luego del retiro, de acompañar a su hijo Juan David en las inferiores del cuadro colchonero, de mirar una y otra vez varias opciones, hasta lo desconocido, Amaranto empezó a estudiar para graduarse como técnico de la Real Federación Española de Fútbol, con licencia UEFA Pro. En otras palabras, el primer paso que da toda persona que quiera convertirse en entrenador en Europa.
“Uno no se puede alejar de las cosas que apasionan así, de la nada. Por el contrario, debe aprovechar eso para potenciar sus capacidades y buscar nuevos campos de acción. Y yo lo encontré en la dirección técnica”. Había que elegir y Perea eligió estar cerca de la pelota sin tocarla, de hacer parte del juego sin, realmente, hacerlo, y de emplear su razonamiento, la paciencia y la exactitud sin necesidad de estar dentro del terreno. “Cuando me llamó el presidente y me ofreció el equipo, dije sí. No lo pensé mucho. Siempre he sido una persona de desafíos y no voy a cambiar ahora. Quería dirigir en mi país y llegar a Leones es un buen comienzo”.
Con alegría que no se reflejó en su boca, sino más bien en su mirada, Perea dio su segunda rueda de prensa como entrenador del equipo de Itagüí. Concreto y pragmático, como lo hacía cuando era el capitán de la selección de Colombia, el antioqueño se limitó a responder las preguntas de una manera condescendiente y amable. “No se pueden separar la táctica y la técnica y por fortuna tenemos jugadores con capacidades individuales increíbles que podemos poner al servicio de la eficiencia como equipo. Ahora puede que estemos por debajo si nos comparamos con otros clubes, pero iremos encontrando el camino. Se puede competir bien porque se tiene con qué, y eso es lo principal a la hora de arrancar con algo”, dice el exfutbolista de 39 años con respecto a un conjunto que marcha en el puesto 17 de la Liga Águila con seis puntos producto de una victoria, seis derrotas y tres empates, y que tiene una preocupación mayor: la tabla del descenso, en la que es último.
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Mientras un tumulto de voces lo acosan, Amaranto habla de sus referentes, de hombres que le han dejado cosas, como Carlos Bianchi, Diego Simeone, Javier Aguirre, Francisco Maturana, incluso el mismo José Néstor Pékerman. “En las situaciones que se presentan trato de recordar si viví alguna como jugador, con qué DT estaba y qué hizo en su momento. Después aplico la parte teórica y llego a una conclusión final. La experiencia sirve como punto de partida y no se trata de cómo repito lo que ellos hacían sino de cómo lo hago a mi manera con base en lo vivido”.
Amaranto, persistente a toda costa, desde que tenía su carro de helados y pasaba casa por casa para vender paletas de agua, tendrá un reto importante, pues de su liderazgo dependerá, en gran medida, si Leones pierde o no la categoría. Él, por ahora, está tranquilo, pues sabe que hay más por hacer, que la causa no está perdida y que la simplicidad que viene a proponer (haciendo una observación meticulosa) es la clave para sacar de aprietos a un club que confía en que él, como lo hizo en su época de futbolista con muchos otros equipos, se convierta en el guía y en el encargado de hacer olvidar el infortunio y la zozobra con que se convive a diario.