El defensor, una ficha crucial en el equipo de Miguel Ángel Russo

Andrés Felipe Cadavid, el soldado de Millonarios

Este domingo el defensor fue clave en la consecución del titulo del cuadro embajador. Marcó el primer gol en el empate 2-2 frente a Santa Fe.

Andrés Cadavid celebra el gol del empate de Millonarios frente a Santa Fe. EFE

Hace seis meses, Andrés Felipe Cadavid perdía los estribos en medio de una entrevista tras ser eliminado en semifinales de la Liga Águila I. La impotencia lo invadió y el zaguero central entregó las palabras más duras, pero a la vez más sinceras que ha dado en su carrera. "Muy amargo, es que habíamos jugado bien y al final se nos escapa. Jueputa, qué puedo decir... impotencia. ¡Puta!", sus declaraciones fueron el sentir de toda la hinchada embajadora, que veía como se les volvía a escapar el sueño.

Y este 17 de diciembre, las palabras fueron parecidas pero esta vez, bañadas de felicidad. "Qué hijueputa alegría. Luchamos por esto, por la alegria de esta familia. Ser campeón con este equipo es una cosa inolvidable", sentenció el central, que no siempre tuvo las maneras más ortodoxas, pero que a punta de garra, se ganó a la hinchada albiazul. 

Para armar el esqueleto de la vida de Andrés Felipe Cadavid Cardona hay que empezar en el barrio Santa Cruz en Medellín, en la Comuna 2, un lugar de muchos en el que mandan pocos, de gente habituada al sonido de las balas, de la nostalgia efímera por la tragedia. Un sector en el que el sufrimiento siempre fue más didáctico que la felicidad. Del tío Wilson jugando fútbol con él en las calles empinadas, en plena loma, de la pelota bajando rápido y subiendo lento. Ese es su recuerdo más antiguo con un balón.

Ya después vienen más, en Bello, en la finca que lindaba con la casa, buscando mangos y guayabas para mitigar el hambre. “Si me entraba a almorzar, mi mamá ya no me dejaba salir más”. También los diciembres cogiendo globos, quemando pólvora, trepándose a los árboles. Una infancia tranquila, llevada en el umbral de lo prohibido y lo peligroso, una línea que nunca se traspasó, que nunca tocó la inocencia, mucho menos la trastocó. “Yo tenía amigos que antes de ir a jugar fumaban marihuana y uno después les pegaba y no sentían nada. A mí, mi papá me había hecho una advertencia con respecto a ese tema y por eso me mantuve alejado”.

Cadavid heredó el tono de voz de su padre, grueso, como si hablara a través de un megáfono, certero, incluso intimidante. Y el temperamento, la practicidad y la disciplina de su madre. “Una vez le hablé feo y me pegó tan duro que a los cinco minutos fue a pedirme disculpas. El remordimiento le ganó”. Fue buen estudiante en el Instituto Parroquial Jesús de la Buena Esperanza, también solitario, de pocos amigos, no por prepotente, todo lo contrario, por tímido. De los seis grados once que había en la institución, cada uno con 40 alumnos, sólo tres pasaron el examen en la Universidad de Antioquia, entre ellos Andrés Felipe. “Nadie la creía, porque yo me la pasaba jugando fútbol”.

Su inteligencia no se basaba en la repetición, como la de muchos. Se fundamentaba en la comprensión, en el entendimiento y la lógica de las cosas. Puro raciocinio. Por eso se quedó con uno de los cupos a los que aspiraban miles en el departamento. “Recuerdo que leí con calma el examen. Era de mucho razonamiento y comprensión de lectura. Siempre he sido bueno en eso”. Entró a estudiar administración. Duró tres semestres y se aburrió. No por las materias, sino por los paros, por la intermitencia de las clases, por la necesidad de ganarse la vida ya, con el afán de conseguir lo propio para sobrevivir.

Se cambió de carrera e inició comunicación social y periodismo en el Politécnico Jaime Isaza Cadavid mientras jugaba torneos aficionados con el equipo de Ferroválvulas. No quería perder la distancia, mucho menos el oficio que siempre tuvo por encima de la elegancia en la cancha. Fracasando y volviendo a empezar le llegó una opción para probarse en el Huila. “Un día me buscó Nevardo Graciano, con el que estuve en la escuela de Bello, y me dijo que había una posibilidad allá y sin pensarlo me fui”.

Vivió en el barrio Caney de Neiva, en la casa de una conocida de su papá. Por las mañana entrenaba con el equipo y en las tardes pitaba partidos, hacía mandados, les cargaba los mercados a los vecinos, apelaba al rebusque para completar el dinero de la comida. “Mi padre me daba para el hospedaje y ya. El resto tenía que levantarlo. Me tocaba vivir con 2.500 pesos diarios”. Compraba una libra de arroz, dos huevos y un sobre de jugo naranja. Pedía que le regalaran una jarra de agua y con eso tenía para el almuerzo y la comida. “Aguanté hambre, pero nunca dije nada”. En casa le enseñaron a sufrir en silencio, a padecer por dentro, a no quejarse y a entender que luchar era un verbo cotidiano y necesario para llegar al éxito.

Gracias a Javier Álvarez, o mejor dicho, a su trabajo, tuvo su primer contrato con un equipo de la A los 23 años. El primer sueldo fue para pagar deudas: al señor de la tienda, al del transporte, al del restaurante. La plata se esfumó. No duró mucho allí, pues la llegada de Guillermo Berrío lo obligó a devolverse. “No quería jugadores paisas y eso que él es paisa. Yo ya me había ganado la titular, pero me dijo que no iba a contar conmigo”. Se desilusionó del fútbol y sus formas, de las decisiones que valían más que su trabajo, del suplicio, y volvió a Medellín para retomar sus estudios.

Duró un año dedicado a la universidad hasta que se encontró en la final de un torneo aficionado con Orlando Restrepo. “Vos tenés lo que necesito. Vente conmigo a Patriotas”. Palabras escuetas, casi como una orden, pero que revivieron la esperanza. Jugó en Tunja un años y se fue para el América. Ya después vendría Deportivo Cali, la experiencia grata de jugar en el exterior (una temporada en San Luis Potosí de México), el año en Envigado y, en 2013, el anuncio como refuerzo de Millonarios.

Su vehemencia se confundió en la cancha con ser despiadado y frío. Eso sí, siempre fue muy corajudo. Aún hoy lo sigue siendo. Pero fuera de la competencia es una persona afable, franca y con un humor álgido. “Así soy y así seré”. Y el dolor parece no alterarlo, ni siquiera el físico. De hecho, este año jugó con la nariz fracturada, con una máscara incómoda, y no le importó. Este domingo fue clave en la consecusión de la estrella 15 del cuadro embajador, marcando uno de los goles con los que su equipo empató 2-2 frente a Santa Fe. 

@CamiloGAmaya