Shenoa, la gran motivación de Sherman Cárdenas

Esta es la historia de lo que ha tenido que vivir el volante del Bucaramanga desde que su hija fue diagnosticada con leucemia, en enero de este año.

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Camilo Amaya - @CamiloGAmaya
29 de octubre de 2018 - 02:52 a. m.
Cárdenas y el  homenaje a su hija tras marcar un gol en la Liga Águila./ Cortesía Vanguardia Liberal.
Cárdenas y el homenaje a su hija tras marcar un gol en la Liga Águila./ Cortesía Vanguardia Liberal.
Foto: Fabián Hernández
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En Quito todo iba de maravilla: la gente, la comida, la cultura y el fútbol estaban enlazados de una manera tan positiva, que la familia Cárdenas Pico sintió, sin mayores problemas, que su estadía en Ecuador podría extenderse lo que fuera necesario. Lo que les habían dicho de ese país era muy diferente a lo que estaban experimentando, a la calidez con la que recibieron a Sherman cuando llegó a la Liga de Quito tras el éxodo de Brasil en busca de más minutos, de regularidad, de demostrar sus cualidades (en Vitoria apenas disputó cuatro partidos en 2017). En Cumbaya, una población cercana a la capital ecuatoriana, encontraron tranquilidad, calma y oportunidades. Y mientras él se dedicada a consolidarse en uno de los equipos más importantes de esa nación, su esposa, Angélica, y sus dos hijos construyeron una vida tranquila, sin zozobra, cómoda y normal.

Al final de temporada, con el quinto puesto de su club en un torneo que ganó Emelec, Sherman y los suyos viajaron para pasar las fiestas de fin de año en Bucaramanga. Pero antes de regresar, Angélica notó que Shenoa, la menor de sus dos hijos, se quejaba de un dolor de cabeza constante y por eso le tomaron una tomografía. Los resultados no arrojaron nada y el 20 de diciembre de 2017 llegaron al país. Esa semana todo transcurrió con normalidad, incluso la Noche Buena, hasta que el 25 la niña volvió presentar los mismos síntomas. “En Ecuador me habían dicho que era normal porque le estaban saliendo cuatro muelas, pero me di cuenta de que se quejaba más y por eso fuimos para que le hicieran los exámenes respectivos”, rememora Angélica.

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Y como sucedió una semana antes, las pruebas no arrojaron resultados. Sin embargo, un día que la estaba vistiendo, Angélica notó que Shenoa tenía un ganglio en la zona de la ingle, inflamado, y de inmediato la llevó a un laboratorio de la capital santandereana para tomarle muestras de todo. Después, por precaución, pidió una placa de tórax, una ecografía de abdomen y un examen de médula, apelando al descarte como camino para saber qué estaba sucediendo.

El 2 de enero de este año, mientras los médicos revisaban una y otra cosa, sacaban sangre y miraban todo de manera detallada, el pediatra encargado de llevar la búsqueda notó algo raro en la células y tras mirar una y otra vez el microscopio dio el diagnóstico: “La niña está iniciando una leucemia (la segunda causa de muerte de niños entre los cinco y quince años en nuestro país)”. Angélica recibió la noticia sola, no pudo contener el llanto ante la frialdad y la realidad de las palabras y, antes de iniciar lo que fuera necesario, pidió ayuda para contarle a Sherman. “Abría la boca y me ponía a llorar. Entonces me tocó decirle a la trabajadora social de la clínica San Luis que le dijera a él”.

El recuerdo del rostro atónito del jugador del Bucaramanga cuando se enteró es claro, de su incapacidad para soltar palabra alguna, de sus ojos nublados por las lágrimas. El aviso generó tristeza y con esta vino la frustración. Y después llegó el cuestionamiento y el encontrar una respuesta, y las ganas de no pensar en nada, ni siquiera en el fútbol o en el futuro deportivo. Y Sherman se encerró muchas veces en su cuarto para lamentarse en solitario, para ser débil en la intimidad y así poder ser fuerte frente a ella. “Es que a uno le hablan de cáncer y uno relaciona esa palabra con muerte y eso destruye, el desconocimiento acaba”, apunta Angélica.

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Ese mismo día Shenoa quedó internada para la primera fase del tratamiento, la más dura, la más cruel contra un organismo joven al que había que atacar para luego salvar. Y empezaron las transfusiones de sangre y las quimioterapias; el pelo se le fue cayendo, no tan rápido como en otros casos, pero sí de manera paulatina. “Yo le compré un montón de gorros de todos los colores y ella al verlos me respondió: ‘Mami, a mí no me da pena estar calva’. Y no se los ha puesto nunca”. Mientras tanto, Sherman viajó a Quito, le contó su situación a la gente del club y empezó a mirar cómo radicarse de vuelta en Colombia. Terminar los seis meses de contrato no fue una alternativa, mucho menos estar lejos de su familia. Por fortuna, esa salida anticipada, que en el papel tenía una multa estipulada de US$200.000 dólares (alrededor de $640 millones), se dio sin mayores problemas, con una resolución salomónica a la que Atlético Nacional, dueño de sus derechos deportivos, también accedió.

“Me acuerdo que él entregó la casa, canceló el internet, los planes de celulares y todo ese tipo de cosas, y volvió con la noticia de que iba a jugar en Bucaramanga”, dice su esposa. La solidaridad de la institución fue total, al punto de darle la libertad de no concentrar para los partidos si quería. También para acompañar a su hija en exámenes especiales, estar con ella cuando tuvo que ser hospitalizada o, simplemente, jugar a las escondidas. “Ella siguió con la misma actitud, a pesar de lo fuerte del proceso y eso ayudó a no desmoronarnos porque, como le dije a Sherman, si los hijos no sufren en estos momentos tan duros, mucho menos nosotros”.

Fue tal el humor de Shenoa, que cuando todos estaban pensando en calvearse, en un gesto de apoyo, su sinceridad evitó la locura: “Uy no, mami, mi papá se vería muy feo calvo. No lo hagan, por favor”. Desde ese momento han sido seis ciclos (el último terminó este fin de semana) de idas a la clínica San Luis, de agujas, tapabocas y vacunas, pruebas y más pruebas, de alejarse de la gente porque las defensas están bajas, de vivir en otro mundo. “Recuerdo que una vez me dijo que quería ir al estadio a ver al papá. Yo me quedé callada”. Eso fue posterior a que Sherman anotara de penal frente a Alianza Petrolera en la décima fecha de la Liga Águila I (25 de marzo), luego de que él corrió a buscar la cámara de televisión más cercana para ponerse un tapabocas y levantar los brazos.

El 8 de septiembre, cinco meses y nueve días después de la muestra de amor sólido, Shenoa regresó al estadio Alfonso López. “Era un encuentro contra el América y solo estuvimos el primer tiempo. El equipo perdió (3-2), pero ella volvió a ver a su papá jugando”. Ahora, con la pelea más ganada que perdida, ella va a los entrenamientos con Sherman, de cuando en cuando, mientras espera iniciar con otra fase del tratamiento, que contará únicamente con pastillas y visitas periódicas de control. “Ya pasamos lo más duro, pero vamos a seguir con la misma actitud”, concluye Angélica, que espera que esta prueba para la familia Cárdenas Pico quede atrás como una simple anécdota.

@CamiloAmaya

Por Camilo Amaya - @CamiloGAmaya

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