Carlos “el Guajiro” Rodríguez: de mototaxista a futbolista

A los 15 años fue padre y para mantener a su hija tuvo que rebuscársela. Se probó en Millonarios, jugó en Fortaleza, las lesiones no lo dejaron figurar en México y ahora brilla con el Deportivo Cali.

Carlos “el Guajiro” Rodríguez, futbolista del Deportivo Cali. / Getty Images
EL jugador guajiro ha sufrido dos lesiones meniscos en su carrera.Getty images

Desde la ventana de su casa, que daba hacia una pequeña cancha de fútbol en el municipio de Fonseca (La Guajira), Luis Alfonso Rodríguez veía un partido entre niños. Le llamó la atención la velocidad, el regate y la facilidad de hacer goles de uno de ellos. Por eso bajó hasta la cancha para verlo de cerca. Era Carlos, su sobrino. Lo felicitó y le dijo que él se encargaría de apoyarlo para que fuera futbolista. Al día siguiente le regaló unos guayos y lo llevó a entrenar con una humilde escuelita del municipio. Además, comenzó a llevarlo para que lo vieran jugar con equipos aficionados de la zona. “Cada vez que podía cogía un balón y al borde de la cancha simulaba jugadas. Corría de un lado a otro dominando la pelota”, recuerda el hoy volante del Deportivo Cali.

Claro que su camino no ha sido nada fácil y su vida se ha visto marcada por episodios en los que pensó en dejar sus sueños de lado, sin embargo, siempre llegó a la conclusión de que la mejor opción era insistir. A los 15 años fue padre de María Camila y desde ese momento tuvo que cambiar sus prioridades. Le tocó estudiar, entrenar y trabajar al tiempo para responder por su pequeña. Fue mototaxista, maestro de obra y repartidor de mercancías.

Por recomendación de un entrenador amigo de La Guajira, se dio la posibilidad de ir a probarse con Millonarios, pero la mamá de su hija creía que si se iba él dejaría de responder con sus obligaciones, así que en un principio no lo dejó. Aprovechando que ella se fue a cuidar a una tía a Cartagena, él tomó el riesgo y viajó a Bogotá para presentar las pruebas. “Tenía muchas dudas, pero sabía que si me daban una oportunidad no la desaprovecharía”. No perdió el viaje, porque le abrieron las puertas del club embajador.

En la capital vivió en la casa-hogar del club con más jugadores juveniles, entre ellos Hárold Santiago Mosquera, Gabriel Díaz y Yúber Asprilla. No le pagaban. Solo le daban el hospedaje y la alimentación. Sus padres le enviaban plata para los transportes, pero él no usaba ese dinero y se lo consignaba a la mamá de su hija para cubrir los gastos que debía asumir. “Vivía sin un peso. Al entrenamiento me iba y me devolvía colándome en Transmilenio y si quería darme algún gusto sabía que tenía que trabajar para conseguir la plata para comprar las cosas”, recuerda en diálogo con El Espectador.

Después de los entrenamientos se iba a un restaurante a trabajar como mesero, después consiguió empleo como valet parking. Duró un poco más de un año con ese ritmo de vida, pero no aguantó. Por primera vez pensó que tal vez el fútbol no sería su futuro. Sin embargo, antes de tomar esa decisión, habló con el entonces presidente de Millonarios, Felipe Gaitán, y le pidió que le firmaran un contrato, que necesitaba tener un ingreso como futbolista para poder concentrarse de lleno a prepararse como jugador y no desgastándose en otras labores.

Aceptó su propuesta y se comenzó a ganar $800.000. Le mandaba $200.000 a su hija, $100.000 a su mamá y él se quedaba con $500.000. Este ascenso lo motivó y lo llenó de ganas e ilusiones. Pero al poco tiempo nuevamente llegaron las dudas. Le parecía muy injusto ver cómo ascendían al primer equipo a jugadores que llevaban menos tiempo que él en el proceso. Así que sin pensarlo mucho armó maletas y se regresó a Fonseca.

Édgar Manuel, su padre, trabajaba como operario de maquinaria pesada en la mina del Cerrejón. Así que intentó seguir sus pasos y pensó en entrar al Sena. “Esa es una de las pocas opciones de vida que hay en mi tierra. Lo veía como una oportunidad de crecer profesionalmente, pero desafortunadamente no pasé en el Sena y me tocó volver a la idea de ser futbolista”, dice.

Lo volvieron a llamar de Bogotá, pero para unirse a Fortaleza, club que jugaba en ese momento en la B. Lucas Jaramillo, su empresario, además de Nilton Bernal (técnico) y Carlos Barato (dirigente) lo acogieron y le dieron lo necesario para que creyera en su talento. En los entrenamientos mostró ser un jugador diferente, con velocidad, desequilibrio y buen remate. Su adaptación iba bien, pero sufrió una lesión de meniscos en la rodilla derecha. Lo operaron y duró un poco más de seis meses sin poder jugar. Regresó en los cuadrangulares finales del torneo en el que Fortaleza consiguió el ascenso (2015). Su partido de vuelta se dio ante Unión Magdalena en Santa Marta, en el que anotó dos goles. Al año siguiente jugó en la A y fue uno de los hombres destacados de ese equipo, que no duró más de una temporada en Primera.

Con lo que mostró, se interesaron clubes del exterior en él. Viajó a México para unirse a Puebla, pero se repitió una vez más la historia: se lesionó del menisco de la otra rodilla y tuvo que pasar por el quirófano. Seis meses sin jugar. Claro que nunca se sintió cómodo y cada vez que corría o le pegaba a la pelota sentía una molestia en la rodilla. Decidió llamar a Fortaleza y pedir que lo regresaran a Colombia para que lo revisaran y si era necesario volver a ser operado. “Me hicieron una artroscopia y se comprobó que los mexicanos se habían equivocado en el procedimiento. Me llegaron a decir que se me había acabado el fútbol y no hice más que llorar, porque pensaba que cómo me iba a retirar cuando ni siquiera había comenzado mi mejor momento. No entendía nada, pero el médico Christian Quiceno, de La Equidad, fue quien me llenó de tranquilidad. Me explicó que había solución y que incluso había tratado recientemente un caso similar”, cuenta Carlos.

Una nueva cirugía. Una recuperación a la que ya se había acostumbrado y luego le llegaron las oportunidades. Lucas Jaramillo veía complicado conseguir un equipo de primer nivel para su jugador, pues llevaba cerca de dos años sin competir. Sin embargo, Miguel Cardona, secretario técnico del Deportivo Cali, creyó en el talento del guajiro y le abrió las puertas del equipo azucarero.

Llegó sin ningún compromiso, debía demostrar que estaba bien físicamente y ahí sí quedaría vinculado con el club. En los exámenes médicos salió algo mal en la rodilla, pero ellos sabían que debía recuperarse. El médico Gustavo Portela se encargó de guiarlo, de fortalecer sus músculos para que no sufriera más lesiones de este tipo. Pasó casi un mes en fisioterapias y trabajos fuera de campo. Se comenzó a sentir bien, el dolor ya no existía, pero solo faltaba el visto bueno del técnico Lucas Pusineri. Bastaron un par de prácticas para convencerlo y se vinculó al club, de hecho, fue el último refuerzo confirmado para el semestre en curso.

Poco a poco se ha ganado su espacio y es una de las grandes revelaciones del equipo caleño que sueña con un nuevo título. El Guajiro Rodríguez solo necesitaba suerte y oportunidades. Los obstáculos que ha superado lo han llenado de confianza y por fin está viviendo lo que algún día soñó, que sus padres y su hija lo vieran triunfar en el fútbol.

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2019-05-25T21:00:00-05:00

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2019-05-26T09:13:51-05:00

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Luís Guillermo Montenegro

Fútbol colombiano

Carlos “el Guajiro” Rodríguez: de mototaxista a futbolista

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