Carmelo Valencia y la importancia de seguir jugando

A sus 35 años, Carmelo Valencia es el goleador del Cúcuta Deportivo, equipo que clasificó a los cuadrangulares semifinales y que atraviesa una crisis económica. Esta es la vida de un hombre que no se cansa de marcar goles.

Carmelo Valencia, delantero del Cúcuta Deportivo. Cúcuta Deportivo

Tutunendo es un corregimiento a 17 kilómetros de Quibdó, por vía terrestre, y a tres horas si usted toma una chalupa y se adentra en las aguas del río Neguá, afluente que se funde con el río Atrato. En Tutunendo creció Carmelo Valencia. De allí vienen sus recuerdos más remotos, como la separación de sus padres cuando tenía cinco años, la vez que lloró por ver a los demás llegando con regalos de Navidad a sus casas, menos la de él, y el día que se fue para Medellín, donde vivía una hermana, porque no tenía los $12.000 para pagar la matrícula del colegio. “Uno era feliz en medio de la austeridad”. Tenía 16 años y tomó un bus que en 14 horas lo llevó hasta el barrio Enciso de la capital antioqueña, un lugar de violencia, combos y toques de queda, de no salir a la calle por el peor enemigo que tenía en ese entonces la Comuna 8 (que sigue teniendo): el miedo.

“Nunca había estado en una escuela de fútbol y cuando llegué iba mucho a la cancha La Ladera. Ahí me inscribí en el Club Dismark, que ya no existe, y comencé a jugar con pelaos más grandes. Pero yo era más rápido”. Chocó, un lugar en el que la suerte parece escrita hace cientos de años, le dio la devoción por el trabajo y por los suyos, por las raíces y la naturaleza, por el pescado frito con patacón. Le enseñó la enorme generosidad que usualmente tienen los que poseen poco. Medellín le dio el amor por el fútbol, sobre todo por Atlético Nacional, club que vio por primera vez campeón de cerca, en 1999, cuando Luis Fernando Suárez era el DT y el argentino Sergio Galván el goleador.

“Armaba mi propia bandera y salía a festejar en la calle. No había dinero para comprar una, entonces tocaba ser recursivo”. Valencia, como pocos saben, se probó en Medellín, Envigado y Nacional y siempre le decían que no, que no tenía las cualidades para ser profesional, que se dedicara a otra cosa. Sin embargo, Gustavo Castrillón, un hombre con tono marcial, hasta divertido, lo convenció de que no desistiera. De hecho, gracias a él, Carmelo jugó su primer partido en la cancha Marte 2 de la Unidad Deportiva Atanasio Girardot. Ese día, en una de las tantas pruebas a las que había ido, ocurrió algo inusual que llamó la atención de los ojeadores. El delantero flaquito, de piernas delgadas y muy veloz, no dejaba de mirar al banco cada vez que hacía algo. Corría y giraba la cabeza, daba un pase y giraba la cabeza, pedía el balón y giraba la cabeza. “Tranquilo, mijo, que yo lo estoy viendo”, le dijo Luis Fernando Montoya, entrenador de las divisiones inferiores de Nacional.

“Así jugué en la B y me fui ganando el espacio para subir de a poco. Fue mi primera vez en una cancha de césped. Estaba acostumbrado a las de tierra, las que ni siquiera tenían medidas reglamentarias”. Ese encuentro, de vida o muerte para quienes buscaban una oportunidad en el profesionalismo, es el primero que recuerda Carmelo. Ya después vino el debut con Nacional en 2003, con Juan José Peláez, su poca efectividad (un gol en 12 partidos) y su préstamo a Real Cartagena, ciudad donde estuvo un semestre antes de llegar a Deportivo Pasto, a la casa de Brayan Maya, un compañero que lo acogió como un hermano, uno de los tantos que tiene sin llevar la misma sangre.

Regresó al equipo verde y obtuvo el bicampeonato del torneo colombiano (2077 I y II), marcó en Neiva frente a Huila, luego ante Equidad en Bogotá, y anotó otro gol desde la mitad de la cancha a Boyacá Chicó, en Tunja (no recuerda la fecha). Las estadísticas dicen que en 16 años Carmelo suma 134 goles, y la trayectoria del delantero ratifica que a cuanto club ha ido (12), siempre marca. Incluso en Newell’s Old Boys de Argentina, en el que solo festejó una vez. “No me dieron la continuidad que esperaba”. Valencia vivió en Corea del Sur y conoció de verdad lo que es el frío, entrenar a tantos grados bajo cero y defenderse balbuceando el inglés en Ulsan, donde permaneció un año haciendo parte de Ulsan Hyundai. “Tenía un contrato de tres años, pero una lesión en la rodilla me sacó. Quería quedarme, pero no se pudo”.

Buscando las mismas cosas (estar en el exterior y tener protagonismo), llegó a China. Y comió las primeras veces en McDonald’s mientras encontraba dónde hacer mercado para que su esposa, Nataly, le cocinara y le hiciera sentir el sabor de la costa del Pacífico en la lejanía. “Siempre ha sido de gran ayuda. Por eso es el pilar de mi vida. Me ha dado el regalo más lindo que tengo: mis dos hijas”. Carmelo volvió al país en 2017 y con la austeridad que siempre aplicó empezó a invertir sus ganancias para tener una entrada extra y no depender solo de la pelota. Y Equidad le abrió las puertas antes de ir a América y luego a Santa Fe. La hinchada del primero los amenazó, a él y su familia, por los malos resultados; la del segundo lo vio con reticencia y nunca lo quiso.

“A donde he ido entrego todo. Así aprendí desde pequeño: a ser honesto, y en el fútbol usted es honesto entrenando con juicio, corriendo en la cancha y haciendo las cosas de la mejor manera”. En el segundo semestre de 2019 firmó con Cúcuta Deportivo y ya suma nueve tantos, cuatro menos que el argentino Germán Ezequiel Cano, líder de esta clasificación. La ventaja que tiene es que su equipo está clasificado a los cuadrangulares semifinales, mientras el Medellín no.

A sus 35 años, el jugador chocoano se ha convertido en el ejemplo y el soporte de una nómina con la que la dirigencia no está al día en los pagos (también le deben dinero al cuerpo técnico) y ha tratado, en la medida de lo posible, de ayudar a los más jóvenes para que sigan luchando, así no tengan un peso en los bolsillos. “Los negros somos felices hasta sufriendo. No necesitamos mucho para serlo. Y por eso es que les hablo, les digo que sigamos por el camino, que la recompensa llegará”.

Valencia ha aprendido qué hacer y qué no hacer a lo largo de los años y ahora, cuando Cúcuta tiene la posibilidad de pelear el título del fútbol colombiano, procura dar ejemplo y seguir mostrando esa simpatía natural explosiva y ese carácter servicial que lo diferencian de muchos, que lo hacen único. “Los goles van y vienen, ser respetuoso y cordial es algo que se queda. Y me gusta que la gente con la que he compartido me recuerde así, porque, al fin de cuentas, el fútbol simplemente es un deporte y se va, se esfuma. Lo demás permanece para siempre”.

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Redacción deportes

Fútbol colombiano

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