César Daza y José Richard Gallego viven el fútbol con el alma

La palabra discapacidad no aparece en esta historia. La vida de José Richard Gallego, hincha de Millonarios, y César Daza, seguidor de Santa Fe, ha sido pura superación.

César Daza y José Richard Gallego.Nelson Sierra - El Espectador

La prestigiosa revista deportiva El Gráfico tituló “El abrazo del alma” aquella imagen en la que un hincha sin brazos se inclinó hacia Ubaldo Matildo Fillol y Alberto César Tarantini, futbolistas de la selección de Argentina, que acababa ganar el Mundial de Fútbol de 1978. Hoy, con esta historia, El Espectador podría titular “La mirada del corazón”. (Lea: Así se disfruta del fútbol sin verlo ni oírlo)

Hasta comienzos de los años 90, loa hinchas de Santa Fe y Millonarios compartían tribuna en El Campín. Se encontraban rojos y azules para disfrutar del clásico con un mismo objetivo: alentar una pasión. Pero con el paso de los años eso cambió. La violencia en el fútbol se agudizó hasta el punto de cobrar víctimas mortales tan solo por el color de la camiseta.

Por esa situación, César Daza dejó de ir a animar a Santa Fe, su equipo de toda la vida. Consideró que “parecía increíble ver que dentro de una tribuna se estuvieran haciendo daño”. Y cumplió la promesa de no regresar al estadio… hasta que conoció a un ángel: José Richard Gallego.

José nació en 1981 en Bogotá. A los pocos meses su mamá empezó a darse cuenta de que su capacidad de escucha era muy baja y con el pasar del tiempo disminuía, mientras que la preocupación y la incertidumbre aumentaban. Cuando cumplió nueve años, quedó completamente sordo y a los 15 años perdió la visión.

El diagnóstico médico era claro y devastador: José Richard tenía el síndrome de Usher, una enfermedad hereditaria que hace que quien la padezca sufra de hipoacusia (disminución de la capacidad auditiva) y que en medio de la flor de la vida, tal vez la etapa más feliz para muchos, la adolescencia, desaparezca la visión.

Desde pequeño es hincha de Millonarios y asegura que escogió el azul porque es el color que más recuerda de la época en la que sí podía ver. Además de seguir el deporte más famoso del mundo, José Richard hace teatro con un grupo de compañeros, estudia panadería en el Sena y quiere montar un negocio propio.

Las pruebas que la vida le ha puesto en el camino, el amor por el fútbol, sus sueños, las ganas de salir adelante y tener una vida normal lo han animado y alentado para que no desfallezca en el camino y que al contrario encuentre cada día la luz para continuar.

Desde hace dos años, César y José Richard se conocieron en una iglesia cristiana. La primera impresión de Daza fue de admiración. Desde ese día son inseparables, andan para arriba y para abajo, se entienden y se conocen a la perfección.

El primero de ellos sabe braille y se encarga de comunicarle y transmitirle las cosas a Gallego para que él pueda entenderlas.

Al conocerse descubrieron que los une una pasión y aunque no son hinchas del mismo equipo, entendieron que eso no es impedimento para que se convirtieran en uno solo y puedan seguir construyendo una amistad juntos.

Este año, cuando José Richard cumplió 36 años, hizo realidad su gran sueño: ir a un estadio de fútbol por primera vez. César le narró todo el partido, en tiempo real, allí se olvidaron de las dificultades de José Richard y vivieron el partido como cualquier otro espectador.

Ellos dos son un ejemplo de Juego Limpio Guillermo Cano y fue por eso que El Espectador los galardonó con ese premio en la ceremonia del Deportista del Año. Para ellos no existen los límites, parecen un complemento el uno con el otro.

Es una historia de pura generosidad e ingenio, de César por estar hombro a hombro con José Richard a pesar de los prejuicios sociales, culturales y estructurales que tiene nuestro país, y también de José Richard, por permitir que conozcamos su historia de vida.

Son ejemplos de tolerancia y amor, una prueba de que sí se puede vivir el fútbol en paz.