Rodó la pelota

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Finalmente rodó el balón en el fútbol profesional colombiano. Pocas cosas cambiaron tanto en las luces como en las sombras; lo que pasa es que, después de tanto tiempo, las dos se notan más.

Se reafirma el poder que tiene la cercanía. El nivel de las competencias en Europa no se discute: es superior en la manera de jugar, en las canchas en las que se juega, en la velocidad y en las capacidades individuales. Pero el deporte no entiende de razones, es meramente emocional y lo que produce el equipo amado desde la infancia es difícil de equiparar. Hay tradiciones familiares, de regiones, de amigos de toda la vida para que el fútbol local sea la excusa para una buena conversación, una apuesta o simplemente un buen rato a solas.

Al igual que en la Copa Libertadores, nuestro fútbol se suele jugar sobre el barro, como sucedió el sábado en el estadio del Deportivo Cali. No es lo ideal para que el juego se despliegue a un alto nivel, pero da una sensación de lucha que sirve como espejo para un pueblo que cada día ve más difícil su supervivencia. De alguna manera todos nos vemos reflejados sobre esos campos, sudando la camiseta para llevar la comida a la casa.

En medio de un nivel apenas normal de parte de la mayoría de jugadores que trabajan en el fútbol local, es positivo el nivel de los entrenadores. Con contadas excepciones, los equipos grandes apuestan a técnicos estudiosos, pilos, que puedan potenciar su materia prima. La calidad de los técnicos colombianos de cara al futuro produce tranquilidad. Cada día están mejor preparados en todas las materias que exige la alta competencia.

En la contraparte, algunos fuimos ilusos con respecto a las sombras. Pensamos que la pandemia traería como consecuencia que algunos clubes tendrían que dar un paso al costado, porque su oscuro proceder no aguantaba más. Pero no pasó nada, entre clubes se tapan con la misma cobija. No importa que el Cúcuta Deportivo y el Deportivo Pasto sigan burlándose de sus jugadores, de su región y de sus hinchas con permanentes retrasos en sus obligaciones. Los jugadores, representados por Acolfutpro, siguen sin tener representación en la Dimayor, a pesar de que sí son reconocidos en la FIFA.

En cuanto al futuro, lo triste es que resulta evidente que los niños de hoy vibran más con las camisetas de sus equipos favoritos de Europa que con las nuestras. No hay muchas razones para convencerlos de lo contrario. Lo de la mística lo aceptamos los mayores de 35 años, porque ya estábamos enamorados desde niños de nuestros equipos. Por eso vimos con agrado los juegos de la Superliga y el Cali vs. Millos, que acabaron con el verano futbolístico. Ojalá los directivos lo entiendan y hagan algo por el futuro. Para eso se necesita cambiar la manera de actuar.

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