La generación que Ricardo Ciciliano le dejó a Millonarios

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Aquel gol del Luiz Zapata en el minuto 84 en el estadio Morumbí de Sao Paulo por la ida de los cuartos de final de la Copa Sudamericana 2007 tuvo un cómplice que, días después, fue la figura en el encuentro de vuelta al marcarle dos tantos a Rogerio Ceni en El Campín. Ricardo Ciciliano fue, quizá, el primer ídolo o referente de los embajadores para las nuevas generaciones.

Eduardo Sacheri empezó su cuento Independiente, mi viejo y yo con la siguiente frase: “Mirá que esta noche es el partido”. Esas fueron las palabras con las que el papá del personaje le dijo a su hijo que ese día era la final de la Copa Libertadores. Independiente tenía que remontar en Brasil para salir campeón. La noche de la que hablo no era una final de una Libertadores. Era una noche de la “otra mitad de la gloria” -así le llaman a la Copa Sudamericana". Esa vez no fue mi papá el que habló. Esta vez fui yo el que dijo: “Mira que esta noche es el partido”.

Era el 25 de octubre de 2007. Semanas atrás Millonarios había logrado lo impensado: le ganó a Sao Paulo en el estadio Morumbí con un gol de Luis Zapata que evocó la velocidad que siempre ha caracterizado a los colombianos. Ese día el lateral izquierdo de los embajadores corrió los 50 metros más largos de su vida para anotar un gol histórico. La asistencia de esa anotación agónica fue de Ricardo Ciciliano.

Tenía once años y algunos menos vistiendo la camiseta del equipo del que toda mi familia, excepto mi abuelo, que era del Deportivo Cali, es hincha. De pequeño no me gustaba ver fútbol. Me parecía aburrido verlo, pero me encantaba jugarlo en el parque o en el espacio más amplio de la sala de la casa. A mi papá le dije que esa noche era el partido. Millonarios recibía al Sao Paulo del mítico Rogerio Ceni. Si bien venía con la ventaja y con aire en la camiseta, todos sabían que a un equipo brasilero no se le puede menospreciar. Era un paso a la semifinal de la Copa Sudamericana. Era un aluvión ante tantos años desérticos.

Al igual que el partido de ida de aquel entonces, Sao Paulo buscó el resultado y se mostró siempre insistente para abrir el marcador. Los minutos fueron pasando y la angustia fue creciendo. Un gol de Sao Paulo podía derrumbar todas las expectativas y las ansias de esas semanas. Era una de las peores épocas para Millonarios. Los hinchas de vieja data se aferraban a cualquier gol y buena actuación para salvar los años sin títulos y los lunes sin la cara en alto porque el equipo parecía perder la memoria de su grandeza.

En Millonarios los 10 son una especie en vía de extinción. Ricardo Ciciliano fue uno de los pocos que entendió cuál era su obligación con ese dorsal. En la cancha no era veloz físicamente, pero mentalmente le ganaba a más de uno. Su juego reivindicaba la idea de que jugar bien al fútbol no implicaba correr más que otros, sino pensar y decidir en el momento justo, no enredarse, ni hacer una de más. El balón al pie o al vacío. Hacer el pase que los otros no ven. Algo de inteligencia y gallardía había en el 10 que resultó ser el goleador de aquella Copa Sudamericana con seis anotaciones.

Minuto 76 de partido. Estrada tira un centro desde la izquierda y Ciciliano calcula de tal manera el remate que el balón toca el suelo al mismo tiempo que su botín derecho. Un disparo rasante que deja a Rogerio Ceni sin nada que hacer. El estruendo de casi 50.000 personas gritando un gol atragantado se escuchó en el cielo frío y despejado que señaló el 10 de Millonarios luego de besar sus manos y dar las gracias por una anotación que no solo fue el desahogo de la noche sino el momento en que muchos se aferraron a la creencia de un nuevo tiempo en los azules, uno que hiciera olvidar la crisis que quería borrar de los anaqueles de la historia todos los logros obtenidos en 61 años de vida.

Cinco minutos después llegaría la reafirmación de una noche distinta. Sao Paulo estaba entregado al ataque. Solo un jugador estaba en la mitad de la cancha. Todo o nada para los brasileros que perdieron el balón. Y, con una estructura similar al gol de Zapata en el Morumbí, Ciciliano arrancó desde el meridiano del campo con la pelota en sus pies. “Vas a cantar el segundo. Cántalo, cántalo, cántalo” decía el narrador mientras el 10 se acercaba al arco rival. “La va a picar”, “se la va a dar al que viene atrás", “va a definir a un costado”. Pensamientos y posibilidades que pasaron fugazmente por todos los que cruzaron los dedos y saltaron de la ansiedad al ver que en los pies de Ciciliano estaba el segundo. Otro tiro rasante y otra vez un Rogerio Ceni sin reacción. El segundo gol de la noche y la esperanza que estaba tan ausente en los embajadores renació esa noche. Ese 25 de octubre una generación que pudo llegar a preguntarse por qué era hincha de Millonarios encontró la respuesta. En 90 minutos muchos dejaron la orfandad con el club y encontraron la figura más cercana a un ídolo vestido de azul.

“Ciciliano, Ciciliano, Ciciliano”, coreó el estadio. Fue la figura de la llave. Su apellido fue el eco de ese 25 de octubre. Pero no fue la única vez. También lo fue cuando se puso los guantes y le tapó un penalti a Jaime Castrillón en el primer partido de los cuadrangulares finales en 2006: “La noche anterior se había muerto mi abuelo. Yo quería irme para Barranquilla. Ponerme los guantes, estar ahí. Yo estaba resignado. Dentro del fútbol colombiano había tapado dos veces y había mantenido un invicto. Llegué a ese momento y pensé: perdí mi invicto. Me van a hacer el gol. Llegué dudando. Cuando me coloco para el cobro, veo la posición de Castrillón, que se cruza como habitualmente lo hago yo cuando pateo los penaltis digo: bueno, la va a cruzar. Voy a hacer la lógica y es que el derecho patea al lado derecho. Yo hago una finta, me lanzo y siento que el balón me pega en la mano y se va por un lado. La descarga emotiva de mis compañeros, del público fue vibrante. Creo que es algo que se vive una sola vez. Eso fue diferente a marcar un gol. Lo de Sao Paulo fue muy representativo, pero esto, y más en el primer partido de cuadrangulares cuando se estaba viviendo una ilusión muy bonita con los hinchas de Millonarios fue especial. Todo coincidió. Yo a mi abuelo siempre lo quise mucho. Era una alegría ver cómo amaba a su hijo, a mi papá. Ese amor me motivaba mucho. En ese momento yo dije que fue él quien tapó el penalti porque algún pensamiento mandó o algo provocó para que sucediera esa atajada”, contó Millonarios en una entrevista para el portal Mundo Millos.

También corearon su nombre en 2008, cuando le marcó tres goles al América de Cali en El Campín. Y su apellido seguirá escuchándose en los ecos del estadio de la 57. Ciciliano fue de esos jugadores que no tuvo que ser campeón para quedarse en la memoria del corazón. Los designios del destino no son siempre justos, y por justos no logran ser del todo comprensibles, y aunque el barranquillero no haya ganado un título con Millonarios, como si lo hizo con Tolima en 2003 y con Deportivo Cali en 2005, sí logró reflejar en su fútbol su sentido de pertenencia por la camiseta.

El barranquillero que falleció ayer por una neumonía a sus 43 años jugó 19 temporadas, 540 partidos y marcó 121 goles. Muchos fueron emblemáticos, y muchos hicieron parte de títulos. Y si bien en el fútbol lo que termina valiendo son los trofeos, lo que logró Ciciliano sin alzar una copa en Millonarios pudo ser mucho más representativo que los gritos de “campeón” con Cali o Tolima. En Millonarios Ciciliano atrajo a una generación, a la generación de los noventas. La atrajo y le enseñó a soñar. A los más viejos les recordó la importancia de tener algo de esperanza en los tiempos más aciagos. A unos les rememoró las glorias de antaño, a otros les hizo entender o vivir una pasión. El legado de Ciciliano bien podría ser uno de los motivos por los que muchos cantan “yo era pequeño me acuerdo bien...”.

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