Su lucha por ser ídolo en Atlético Nacional

Franco Armani, el verdadero rey de copas

El argentino de 31 años vivió una odisea para ganarse a los hinchas del conjunto verde y convencerse de que podía ser el mejor arquero del fútbol colombiano.

Armani llegó al conjunto paisa en 2010.Luis Benavides

Cuando llegó al aeropuerto José María Córdova de Rionegro, en la madrugada, nadie lo estaba esperando. Tenía 24 años y Atlético Nacional era el club que se la jugaba por él, un joven portentoso de melena por las orejas y con una gran capacidad atlética. En el club paisa sería el tercer arquero, por detrás de su compatriota Gastón Pezzuti, consagrado en el arco, y de Luis Enrique Martínez, un portero cambiante con atajadas deslumbrantes un domingo y errores de novato al siguiente. Apenas jugó dos partidos en el torneo colombiano en ese 2010: la derrota 3-0 con Deportes Tolima y la victoria 3-1 sobre Equidad. Cuatro goles en 180 minutos para el que la hinchada veía como un guardameta normal.

Y sí, a veces en la vida toca ser normal antes de brillar, de que la espectacularidad sea un sinónimo del apellido. Franco Armani sufrió en las vacaciones de esa temporada, cuando regresó a Argentina a pasar las fiestas con los suyos, pero también con intenciones de no regresar jamás a Medellín. “Tenés un contrato y hay que cumplirlo”, le dijo su padre cuando vio la mirada al piso del hijo, cuando los ojos delataron las intenciones. Ambos se subieron al avión y así todo fue más fácil para Franco.

Lloró, y mucho. Por la manera tosca en la que la vida, a punta de lesiones y pocas oportunidades, se encargó de mostrarle su lugar en el mundo. Recordó a su abuelo, un utilero de un club de pueblo en Casilda, al sur de la provincia de Santa Fe; también las rodilleras, las medias hasta sus pequeñas rodillas, los guantes gastados y los cordones de los guayos bien amarrados. “Yo voy a ser arquero de verdad, abuelo. Voy a ser como Ubaldo Fillol”. Su primer arco no fue un arco, fue el portón del garaje de la casa, donde su hermano menor lo ponía como en un paredón de fusilamiento para lanzarle pelotazos.

Pero volvamos a 2010 y su primer año en el conjunto verde. Franco y los entrenamientos aparte, Armani y la soledad en un deporte de conjunto, menos llevadera para quien debe aprender a convivir consigo mismo durante gran parte de un encuentro. A eso se sumó la presión del hincha, la siempre cruel impaciencia del aficionado que poco entiende de procesos y que exige inmediatez. El argentino no tapaba y la desesperación aumentaba. Luego vendría algo peor, la lesión de ligamentos cruzados, no sin antes tener unas cuantas oportunidades en las que los nervios obnubilaron la razón y, por ende, no pudo demostrar por qué había que tener confianza en él. Durante la recuperación no hubo voluntad, mucho menos ganas. Cuando tenía que ir a la sede del club llegaba tarde o se quedaba dormido. No quería saber nada de fútbol, así de simple, así de cruel, así de directo. Su pasión ahora era su karma.

Sin embargo, creer, la palabra más fuerte en su vocabulario y la que más repite cuando lo entrevistan, sirvió. Primero en un ser superior, para después volver a hacerlo en sí mismo. Se recuperó y de a poco fue tomado en serio; los minutos en cancha sirvieron como un bálsamo de nueva vida. Ya no fueron ocho ni dos partidos (2011 y 2012), fueron 14, después 21, más adelante 29, hasta llegar a 38 por Liga, sin contar los que disputó en Copa Colombia y en torneos internacionales.

Y con las atajadas, con su postura agazapada y su posición en punta de pies, fue cada vez más difícil hacerle gol. Llegaron los títulos, uno tras otro, la consagración en la Copa Libertadores de 2016 y el clímax de una carrera que muchos dieron por terminada. Ser un prodigio de paciencia funcionó, pues el que pocos querían, el que nadie recordaba, ahora es el arquero más importante de Atlético Nacional, el jugador más ganador en la historia del club, con 13 títulos, el ídolo que se hizo ícono en medio del desprecio, lo que lo hace más valioso.

Sin importar lo que suceda de aquí en adelante, Armani mostró que los momentos en la vida no llegan por azar y que siempre hay que buscarlos, como la pelota cuando va al palo más lejano. Y que no importa lo que pase al principio si al final una tribuna repleta de hinchas termina coreando tu nombre, con tanta fuerza que el eco se oirá por siempre.