Leyenda del arco

Pedro Zape: entre azúcar y barro

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Se negaba a salir de su natal Puerto Tejada, en donde sufría el abandono del Estado. Luego se convirtió en uno de los mejores porteros en la historia del fútbol colombiano y trabajó con Reinaldo Rueda, actual técnico de la selección, a quien no trató bien cuando se conocieron.

Los pies se le llenaban de barro en esos 24 escalones que tenía que bajar hasta el tramo del río Cauca que pasa por su natal Puerto Tejada. A los trece años, Pedro Antonio Zape Jordán sufría el abandono del Estado. Ante la falta de acueducto, debía recoger agua del afluente y subirla al hogar que habían formado Pedro Zape Ortiz y María Jordán. Esos pies que el lodo acariciaba los usó también para jugar de defensor desde niño en las dos canchas de tierra que había en el municipio. Le gustaba cubrir a los atacantes rivales, fastidiarlos con su marca, robarles las ilusiones de gol y despejar.

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Uno de los días felices del fútbol de su infancia —ese que se juega con los arcos más rústicos y a la vez más hermosos—, Pedro Antonio observó las voladas de su hermano Constantino. Lo vio detener todos los remates y tejer una sonrisa después de cada revolcada en la tierra. Se inspiró. “Fui arquero por él”, reconoció el adolescente que después se ubicaba debajo de las porterías de guaduas y también sonreía tras las atajadas. Un hombre al que le iba mal en el colegio y que hoy en día se compadece de los profesores que tuvieron que soportar su vagancia, porque el fútbol lo absorbía.

No solo la pelota se adueñaba de su felicidad; el paisaje que bordeaba los picados enamoraba a Pedro. Sus retinas brillaban mirando el celeste y blanco de un cielo que emanaba calma, el verde de las hojas que eran hamacadas por el viento y el café de un agua que transmitía frescura. Luego se lanzaba a ella y se sumergía. Nadaba con movimientos rápidos. Sin saberlo, estaba trabajando los músculos que le servirían para ser portero. “Indirectamente eso sirvió. En la misma rutina, inconscientemente, me ejercitaba”.

Como iba dejando regados cuadernos con tareas pendientes y no le gustaba la escuela, desde los catorce años su padre lo despertaba temprano; le daba algo de comer, lo alistaba y lo enviaba al ingenio La Cabaña, en cuya parte alta ayudaba a procesar el azúcar. Él no dejaba de hablar de su amor por el más popular de los deportes, y por esa característica se dio a conocer en su lugar de trabajo, donde nunca tuvo accidentes laborales ni problemas. Cumplía con pulcritud sus actividades, mientras su mamá atendía una tienda en el pueblo.

Gracias a su amabilidad, Pedro conoció a un señor que era uno de los jefes del ingenio y también era fanático del fútbol. El hombre le permitía al joven soñador trabajar menos y jugar más. Lo motivó para que siguiera el sendero de su pasión y continuara atajando. Y las condiciones de Zape eran tan notoriamente destacadas que su nombre comenzó a hacerse famoso en el ingenio. Los elogios por sus condiciones lo colmaban de energía, pero él no visualizaba un escenario diferente en su vida que no fuera el de Puerto Tejada.

Un día llegó al ingenio otro señor que había escuchado de las cualidades del portero y tenía contactos en las categorías menores del Deportivo Cali. “Al principio yo estaba renuente. Pensaba en que era montañero y me daría duro llegar a la ciudad y adaptarme”, le contó Zape a El Espectador. Y es que él era feliz con sus amigos del barro y del río, con sus zapatos gastados y su nado por debajo del agua. Con su vida entre el ingenio, su casa y el fútbol aficionado, del que aún recuerda a un arquero sin una oreja, del municipio vecino de Padilla, y otro mudo, de Villa Rica.

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“Sin embargo, un día me decidí. Me dije: ‘Ya no quiero trabajar más, voy a hacer lo que me gusta. Me van a pagar’. Y entonces me fui”, relató el jugador que, gracias al talento que poseen los especiales, se presentó en 1966 al Deportivo Cali y un año después ya estaba con la selección de Colombia en el torneo Juventud de América. Zape llegó a ese certamen como el tercer portero. Tenía pocas esperanzas de atajar, pues el arquero titular era Otoniel Quintana, por entonces en Millonarios, quien ya había debutado en primera división.

Quintana apenas pudo atajar un partido, porque se lesionó, y al otro portero no le fue bien en el segundo encuentro, por lo que a Zape le correspondió la oportunidad ante Argentina. Y no recibió goles. Sus estiradas fueron aplaudidas y regresó al Cali para seguir demostrando que podía subir de categoría y conformar el plantel profesional. En 1969 lo ascendieron al grupo que dirigía el argentino Francisco Pancho Villegas (legendario entrenador del cuadro verdiblanco) y ese año debutó en un partido contra Atlético Nacional.

En su primera temporada en la máxima categoría del balompié colombiano, el guardameta caucano fue campeón. Y agradeció las enseñanzas de Édgar Domínguez Mallarino, la confianza que le tenía el gerente del club, Humberto Palacios, y la gestión del presidente más importante en la historia del Deportivo Cali, Álex Gorayeb. Según afirmó Zape, Gorayeb le dijo que no le podía pagar el premio por el título, porque todavía estaba muy joven y esa misma situación se repitió tras la estrella alcanzada en 1970, en la que Roberto Resquín dirigió al equipo que había dejado armado su compatriota Villegas.

En referencia al dirigente, se ha dicho que en la oficina tenía un perro que comenzaba a ladrar cuando un jugador iba a pedir un aumento. Zape confirmó esa circunstancia y contó que el Cali le compró su pase en $2.000 de aquella época, que se lo pagaron en cuatro cuotas y que en ese entonces “era mucha plata”. Siempre se mostró desprendido del dinero, porque lo que le importaba era estar en los aires y aterrizar en el verde césped con la pelota en las manos. Su leyenda se fue tejiendo con actuaciones memorables en los estadios del país.

En la década del 70, el nombre de Pedro Zape era sinónimo de un mito viviente del arco. De un jugador que sería eterno en la memoria del fútbol colombiano. De alguien que trascendería generaciones, y no solo las de los hinchas del Deportivo Cali, con el que volvió a ser campeón en 1974 bajó las órdenes del serbio Vladimir Popovic y con nombres históricos como Arístides del Puerto (goleador paraguayo), Fernando Pecoso Castro, Diego Edison Umaña, Henry la Mosca Caicedo y Jairo el Maestro Arboleda, quien fue despedido recientemente del club azucarero por supuestos ajustes presupuestales.

El portero caucano, además, fue clave en la primera actuación buena de la selección de Colombia en una Copa América. En la de 1975, que no tuvo sede fija y en la que Zape atajó más de cuarenta minutos con un solo brazo en buen estado en el partido de vuelta de la semifinal contra Uruguay. El combinado que dirigía otro mítico de la portería, Efraín Caimán Sánchez, había ganado 3-0 el encuentro de ida y debía mantener la ventaja para jugar el partido definitivo ante la Perú de Chumpitaz, Cholo Sotil y Teófilo Cubillas.

Y en el Centenario de Montevideo los charrúas arreciaron contra el área colombiana. Fernando Morena, ídolo de Peñarol, abrió el marcador. Luego a Uruguay le pitaron dos penaltis. Ambos los cobró Morena. El primero lo erró y el segundo lo atajó Zape. En el rebote, el atacante le golpeó sin intención el hombro derecho y se lo luxó. Con el brazo izquierdo como única extremidad superior funcionando bien, el arquero colombiano contuvo los intentos uruguayos y Colombia clasificó a la final. La perdió contra el seleccionado peruano, que en esa década asombró al planeta fútbol.

Tras esa final pérdida, cuyo tercer encuentro decisivo se disputó en Caracas (Venezuela), Pedro Zape regresó a Cali con el propósito de concentrarse para obtener más títulos con el club que lo había sacado de Puerto Tejada y en el que se había convertido en ídolo. Allí comenzó a implementar sus cábalas: entrar siempre a la cancha con el pie izquierdo, hacerse simpatizante del número 13, ponerse unas canilleras con estampitas del milagroso de Buga y ser una persona espiritual que atajaba tan bien tanto en partidos como en entrenamientos.

No obstante, esas consagraciones no volvieron a aparecer. Ya no iba a celebrar a los bares de la capital vallecaucana, en los que a veces jugadores del Cali y América se encontraban, departían y hablaban de fútbol. Zape estuvo cerca de conquistar la Copa Libertadores, pero en 1978 el cuadro que dirigía Carlos Salvador Bilardo perdió la final ante Boca Juniors. Y el arquero aún tenía anhelos deportivos. “Yo tenía muchas ganas de pertenecer a un grupo que estuviera dirigiendo el Médico Gabriel Ochoa Uribe”, confesó.

Por eso, en 1985, con 35 años y después de haber estado 19 en Deportivo Cali, arribó a la institución escarlata y, una vez más, sus sueños fueron reales. Ochoa Uribe, el entrenador más ganador en la historia del balompié colombiano, estaba buscando un portero de jerarquía para que fuera el suplente del mítico argentino Julio César Falcioni y encontró en Zape y en sus deseos al hombre perfecto para esa meta. “Para terminar mi carrera fue maravilloso estar con el doctor Ochoa, porque tenía mucha sabiduría”, admitió Zape, quien formó con Falcioni una amistad que todavía perdura.

El oriundo de Puerto Tejada explicó que, a pesar de haber sido una trasferencia entre clubes que conforman uno de los clásicos más importantes del país y que tienen una inacabable rivalidad histórica, no tuvo problemas y es querido en ambos: “Llevaba mucho en el Cali y los clubes tienen que renovar su plantel. Uno tiene que darse cuenta de que se vuelve viejo y ya no es el mismo. No hubo líos, porque nos entendimos bien con la dirigencia. Ellos sabían que yo me tenía que ir, y yo tenía que aceptar que mi ciclo había terminado en ese equipo”.

Y como le sucedió en el Cali, en sus dos primeras temporadas con América fue campeón. Festejó en 1985 y 1986, años en el que el equipo rojo completó el récord —aún vigente— de ganar cinco títulos consecutivos. Con su fortaleza mental para ser consciente de los cambios en el cuerpo, producto del tiempo, Zape se retiró en 1988 y enseguida se convirtió en maestro de los hombres que anhelaban seguir su estela. Fue preparador de arqueros de Francisco Maturana en la selección de Colombia que participó en los mundiales de Italia 1990 y Estados Unidos 1994, y de Bolillo Gómez en Francia 1998.

Aparte de conformar el cuerpo técnico de Pedro Sarmiento en el título del Deportivo Cali en 2005, el protagonista de estas letras ha obtenido sus mayores éxitos como preparador de arqueros junto a Reinaldo Rueda, a quien conoció cuando atajaba para el Cali y el entrenador había sido designado para trabajar en la preparación de porteros, después de haber estudiado en Alemania. Se vieron por primera vez en El Limonar, antigua sede de entrenamiento del club verdiblanco, y la impresión inicial no fue grata para ninguno de los dos.

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“¿Usted es el que me va a entrenar a mí, peladito? No me haga dar risa”, le dijo Zape al recibir a Rueda, que únicamente lo miró y que se ganó su respeto con su labor. Tiempo después, compartiendo cuerpo técnico, el entrenador de vez en cuando le recordaba aquel momento: “Vos sos un atrevido”, le reprochaba en tono jocoso a Zape, que ahora solo manifiesta: “¡Qué gran persona que es, Dios mío!”.

Esa persona volvió a la selección de Colombia con el propósito de llevarla a la Copa del Mundo de Catar 2022. Estuvieron juntos en el camino que comenzó mal rumbo a Alemania 2006 (Maturana consiguió un punto de doce posibles) y que casi logran enderezar del todo, pero no lo harán en el proceso actual. A Zape le implantaron una prótesis en una rodilla y hoy en día prefiere estar tranquilo en Puerto Tejada disfrutando de un pollo sudado, de la salsa de Héctor Lavoe, Cheo Feliciano y Javier Vásquez. También de mirar fútbol y recordar sus éxitos junto a Rueda: las clasificaciones a Sudáfrica 2010 con Honduras y a Brasil 2014 con Ecuador, y la Copa Libertadores 2016 con Atlético Nacional.

Zape no acompañó a Rueda a Flamengo ni a la selección de Chile, “por cuestiones de los años”. Pero se comunicaban y el exarquero continuaba comprobando que “es una persona que ha alcanzado sus triunfos gracias a ser respetuoso, demasiado estudioso y que, por venir de una escuela alemana que es bastante exigente, no deja nada al azar. Sé que le va a ir bien, se lo merece. Qué Dios lo acompañe. Él ya ha lidiado y ha trabajado en muchos países difíciles y ha salido airoso”.

Con 71 años, Pedro Antonio Zape sigue expresando amorosas palabras hacia la pelota. Siente como si estuviera procesando azúcar y colmado de ansiedad por acabar rápido para ir al barro a atajar. Simultáneamente se describe “aburrido y nervioso” por la pandemia. Respecto a su salud está tranquilo: “Me muevo mejor que Yerry Mina. No estoy para jugar porque de pronto me estiro y me tienen que armar de nuevo”.

@SebasArenas10

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