Jonatan Álvez, el loco que comandará el ataque del Júnior

El futbolista uruguayo llegó al equipo costeño después de brillar con el Barcelona de Ecuador. Pagaron cerca de 3,5 millones de dólares por sus goles.

Álvez anotó seis goles en 10 partidos con Barcelona de Ecuador por Copa Libertadores./ Reuters

La determinación de Jónatan Álvez se puede notar en sus tatuajes, en momentos de su vida que prefiere dejar en su piel para no tener que apelar a la memoria, algunas veces tan clara, otras tan confusa. Desde la rosa roja en su cuello con un diamante negro en el medio y una frase que dice “Diamante Negro”, hasta una retrato de Leonidas, el personaje de la película 300 y que en su brazo izquierdo está acompañado de dos palabras: nunca rendirse. Pero no sólo son imágenes, también son nombres, como el de Estéfani, su hermana, que tiene grabado en su brazo izquierdo. “Somos ella, mi mamá y yo. Una familia pequeña”, dijo cuando le preguntaron el porqué del tatuaje.

Las letras se confunden con las imágenes. Las facciones de Jesucristo, el rosario de un tono grisáceo, a escala, y el “Todo pasa” en su muñeca derecha (Neymar tiene esa frase en el cuello). El reloj con su hora exacta de nacimiento, que se hizo por la bronca de una mala actuación en la cancha, y un búho con la mirada penetrante. Jónatan no sabe cuántos tatuajes se ha hecho ni cuántos más se quiere hacer, pues los espacios en su cuerpo se agotan.

Pero el nuevo refuerzo del Júnior no sólo es impulsivo a la hora de marcar su piel, también lo es en la cancha, en los camerinos, con los periodistas, incluso con sus entrenadores. Un hombre pulsional, con mucha energía, de sonrisa fácil, pero escasa. Más que la tinta, la vida marcó a este uruguayo de 29 años, que llegó al conjunto de Barranquilla por 3,5 millones de dólares, en medio de decenas de hinchas que por curiosidad fueron a recibirlo al aeropuerto Ernesto Cortissoz, y con la responsabilidad de repetir lo que hizo con Barcelona de Ecuador, club en el que, solo por la liga local, anotó 20 goles el año pasado.

En agosto, con el DT Guillermo Almada, tuvo una fuerte discusión en la que soltó insultos y tal fue la calentura que se abalanzó sobre su compatriota. “A veces erra con esa clase de actitudes”, dijo en su momento el estratega al mando del conjunto ecuatoriano. Si fuera por su temperamento fuera del terreno de juego, nadie apostaría por él, pero sus goles silencian las críticas. Y hay que ir más atrás para entender a Álvez, más exactamente a su infancia y a las caminatas de su casa a la escuela, a andar con los zapatos rotos a lo largo de diez cuadras, con la misma ropa durante un mes porque en casa no había dinero para más, a merendar en el colegio hasta reventar para llegar satisfecho al hogar.

Vivía en la casa de los abuelos, ambos jubilados, sosteniéndose, a veces, a punta de ánimo. Y cuando creía que la vida, ruin e injusta, no valía la pena, llegó el fútbol y los goles y su capacidad para correr más que otros niños, y para pegarle a la pelota tan fuertemente que les quemaba las manos a los arqueros de su edad.

Desde ese entonces aprendió que la vehemencia puede expresarse de muchas maneras, y que a veces es necesario un toque de dureza, hasta de firmeza, para contrarrestar un mundo que ha sido pasivo e injusto de alguna manera. Por eso, ahora, con la camiseta del Júnior, aunque muchos no lo querían, este uruguayo espera convencer y ser comprendido, y triunfar para así un día, cuando le dé el impulso, tatuarse el escudo del cuadro tiburón en medio del de Barcelona y el de Danubio, a manera de agradecimiento para no olvidar nunca.