La relación entre Francisco Maturana y Gabriel Ochoa Uribe

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La historia de la admiración mutua entre los dos directores técnicos más importantes de la historia del fútbol colombiano. Este sábado, el “Médico” murió. Dejó un legado eterno.

El dolor era insoportable para Francisco Maturana al final de la década del 70, cuando se desempeñaba como defensa central de Atlético Nacional. Jugaba anestesiado los partidos, recibía infiltraciones y la zona pélvica le generaba una constante molestia. Aún así se destacaba entre los demás hombres en esa posición en el fútbol profesional colombiano y fue llamado a la selección. Pero él no quería ponerse la indumentaria del combinado nacional en esas condiciones. Necesitaba sentirse pleno.

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Pacho conocía la efectiva labor como director técnico de un hombre que por ese entonces ya había dirigido a cinco equipos campeones de primera división: cuatro de Millonarios y uno de Santa Fe. Además sabía que ese riguroso entrenador también era un profesional excelente de la medicina y podía ayudarle. Por eso, en el enero siguiente a su llamado a la selección, llegó a Bogotá y buscó a Gabriel Ochoa Uribe en su consultorio.

“Luego de realizarme varias pruebas, me dijo: ‘Lo que tienes es una hernia inguinal. Olvídate de la selección’”, manifestó Maturana en el libro Gabriel Ochoa Uribe: el técnico más grande de todos los tiempos, de César Polanía, Jorge Enrique Rojas y Hugo Mario Cárdenas. Y así, el joven Francisco entendió que el dolor que no lo dejaba en paz se originaba, en parte, porque durante mucho tiempo estaba tratándose una lesión diferente a la que poseía. Comprendió que el Médico era un genio, aprendió que la meticulosidad es fundamental y que el fútbol y otra profesión se pueden combinar.

Ochoa Uribe fue una inspiración para Maturana García. “En ese afán de querer hacer un poquito de lo que él hizo o seguir por el camino que él mostraba, yo di un paso muy importante y fue mi profesión de odontólogo”, aseguró Francisco, quien en Gabriel vio la luz a seguir para triunfar y a un hombre dispuesto a ayudar. En 1987, cuando estaba armando al Atlético Nacional que se conoció como el de los “puros criollos”, tenía problemas en la posición de lateral derecho y, a pesar de la rivalidad con el América, recurrió al Médico. Él le dijo que su solución tenía el nombre de Luis Fernando Chonto Herrera. Maturana se lo llevó y la solución propuesta por Ochoa Uribe terminó siendo campeón de la Copa Libertadores dos años más tarde.

(El viacrucis de Colombia en la Copa América de 1962)

Ese trofeo, que significa la gloria eterna en el continente, no lo pudo levantar Gabriel Ochoa Uribe, el entrenador más ganador de la historia del balompié colombiano, a pesar de que llegó a tres finales consecutivas. Las perdió ante Argentinos Juniors, River Plate y, la más dolorosa, contra Peñarol. “Dios no quiso que esta copa fuera para nosotros, estaba en otras cosas”, dijo el Médico tras el gol agónico de Diego Aguirre en el estadio Nacional de Santiago de Chile, en donde su rectitud lo hizo prohibirle a su hijo Beto Ochoa y a Roberto Cabañas tirar pelotas al campo de juego para que el árbitro acabara el partido antes de la jugada de Aguirre. Y Pacho, sabiendo que su inspiración merecía esa consagración más que nadie, le dedicó la suya en 1989, año en el que conquistó el continente dirigiendo a Nacional.

“Usted, doctor Ochoa, ha sido y será siempre para mí el técnico empujador que nos abrió el camino y el decano que nos enseñó no solo del buen fútbol, sino a enfrentar el triunfo y la derrota con la madurez que necesitamos quienes escogimos esta profesión. Hoy que he cumplido con una meta, el ser campeón de la Copa Libertadores de América, objetivo que usted siempre anheló, quiero con toda la humildad y la sinceridad de que soy capaz, ofrecerle a usted este preciado trofeo como mi afectuoso reconocimiento a su persona y su ejemplo”, dice una parte de la carta que Maturana le escribió a Ochoa después de convertirse en el primer entrenador colombiano en ser campeón del certamen de clubes más importante del continente.

Las palabras brotaron con cariño de una máquina de escribir utilizada por Francisco Maturana, el estratega que también dejó huella en la selección de Colombia con un juego que deleitó la retina de los aficionados y que, además, consiguió la clasificación a los mundiales de Italia 1990 y EE. UU. 1994 con los memorables Higuita, Valderrama, Rincón y Asprilla, entre otros históricos. Logros que no hubieran sido posibles sin “mi ídolo, mi inspiración, el hombre que me enseñó el camino”. Ese hombre que sacó siete veces campeón al América, y que falleció este sábado a los 90 años dejando un legado eterno, afirmaba: “Pacho Maturana es un hombre admirable, un gran profesional, y un ganador del fútbol”.

@DeportesEE

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