Crónica
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Los árbitros y una apología a la justicia

El árbitro termina siendo, ni más ni menos, el encargado de impartir el orden en el fútbol. En sus manos, muchas veces, está el destino del juego.

Óscar Julián Ruiz, abogado y exárbitro colombiano que dirigió entre 1992 y 2011. / Getty Images

El árbitro es el más humano dentro del campo de juego. El que viste de negro (ahora de todos los colores) es el villano en el fútbol, según los hinchas. En los noventa minutos de partido, la justicia recae sobre él y pocas veces pensamos en que nuestra naturaleza creó la figura de un juez, un fiscal para controlar un concepto o una idea que nos sobrepasa, pues la justicia siempre estará a merced de la moral individual y, por más leyes que cobijen una decisión, siempre habrá una parte que no estará de acuerdo. La justicia carga siempre con la imposibilidad de no realizarse por completo entre los seres humanos.

Según la versión oficial de la historia del fútbol, sus orígenes datan de mediados del siglo XIX en Inglaterra, se dice que entre los jugadores existía el pacto de ser caballeros en la cancha. Este deporte empezó sin una figura de autoridad. Con el tiempo los participantes se dieron cuenta de que requerían a alguien que impusiera orden. Y de ahí un ejemplo de cómo desde siglos atrás la justicia surgió a modo de necesidad para organizar, ordenar y establecer las normas de comportamiento. Se les llamaba umpires y se ubicaban detrás de cada portería para determinar si había gol o no.

En la norma de la FA Cup —el torneo más antiguo de fútbol— se ve que en la década de 1870 ya existía una ley que decía que los partidos de semifinales y finales contarían con dos umpires y un referee que no hicieran parte de los clubes. El orden para tomar decisiones le daba prioridad a la voluntad de los participantes por acordar lo correcto en la jugada, luego la palabra la tendrían los capitanes, y si ninguno de los implicados llegaba a una conclusión, los umpires decidían, y finalmente el referee representaba la instancia definitiva y, por ende, la última palabra. A partir de 1891, este último pasaría a ser la máxima autoridad en el fútbol.

El árbitro se calza unos guayos que no van a patear el balón. Por años se prepara para ser el primer rector del orden en la cancha. A diferencia de los otros que lo acompañan, este debe ser indiferente al curso de la pelota. Añorar el gol no está en su oficio y esa quizá sea la parte triste si se ve desde los ojos del fanático y del jugador que no ansía otra cosa diferente al grito de desahogo cuando el balón toca la red. El árbitro sueña también con participar en mundiales, pero por su oficio no aspira a levantar un trofeo sino a ser reconocido como el justo. Su anhelo es noble, pero también pretencioso. Al árbitro se le puede olvidar que es mortal.

Los locutores e hinchas piden que no sea nombrado, le piden que no sea el protagonista, pero por cualquier pitazo será chiflado o abucheado. Los dos colores de las gradas lo insultan y desde los lentes y los micrófonos lo presionan por cada decisión que tome. Algunos recuerdan que es humano y se equivoca, otros lo olvidan y le exigen ser el dios que él mismo puede llegar a creerse al convencerse de ser el dueño de la verdad y la justicia.

Franco Costanzo, futbolista argentino, dijo alguna vez, refiriéndose a los árbitros, que “siempre es preferible no cobrar algo que fue, que cobrar algo que no fue”. Y su frase evoca uno de los debates que plantea Platón en La república, cuando Trasímaco y Sócrates hablan sobre la injusticia y el bien que provoca a quien la causa, y el mal que produce en quien recae, es decir, en el inocente. Es por esta y otras razones, sin apartarnos de lo que hace siglos planteó el filósofo griego en el libro, que el árbitro, como todo aquel que es destinado a asumir las riendas de la justicia, debe ser un humano que ha logrado cultivar la templanza para hacerse responsable de sí mismo, el valor para defender lo correcto y la prudencia para medir y acertar en sus decisiones. Con esa sabiduría, el juez entiende que la justicia es entonces la mayor de las virtudes.

El juez —que ya no viste de negro, para que no se asocie tanto su color con una fatalidad, recalcada por Eduardo Galeano en el libro El fútbol a sol y sombra— es el que también, en ocasiones, guarda los secretos de la corrupción, de esa mano negra que se apropia de los Estados, y de la sed de poder y de dinero de los seres humanos. A muchos árbitros les han ofrecido millones para que su justicia, que deja de serlo en ese instante, sea desequilibrada y favorezca al más fuerte, o también al más débil por una falsa misericordia. Al juez lo miden para saber qué tan corruptible es.

Algunos cayeron. Otros murieron por cumplir con el deber ser de su profesión. La mayoría se muestra inmune a los insultos y señalamientos. Y ellos reconocen que una de sus obligaciones es suprimir sus pasiones, negar su propia naturaleza para ser autoridad, para ser infranqueables. Tal vez, desde la voz del hincha y del futbolista, el que lleva el silbato en la mano es el frustrado que no llegó ser el 10, tal vez es el símbolo del destino trágico que se aleja de la pelota y nunca participará de ella.

Seguramente algunos lo reconocen, otros quisieron desde siempre fantasear con ser los dueños de lo justo. Los árbitros, sin más ni menos, son los más humanos, los soñadores o pretenciosos del fútbol por haberse atrevido a creer que su mirada férrea, su silencio sepulcral, su mano firme y sus tarjetas amarilla y roja eran las herramientas de una justicia que, por más tecnologías y pantallas que haya, será insuficiente para una especie que por sesgo, moral y orgullo se declarará insatisfecha y anárquica ante ese orden y esa norma.

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Andrés Osorio Guillot

Fútbol colombiano

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