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América vs. Millonarios (5:00 p.m., por RCN)

Los recuerdos de Gabriel Ochoa Uribe

El técnico más ganador en la historia del fútbol colombiano fue campeón en cinco oportunidades con los embajadores y en siete con los escarlatas. Sus memorias con los hoy protagonistas de la Liga Águila.

El 22 de diciembre de 1991, el médico Gabriel Ochoa Uribe cerró su ciclo como entrenador del América, con el subtítulo del fútbol colombiano y el cupo a la Copa Libertadores de 1992. Desde ahí no volvió a dirigir, y aunque lo invitaron a asesorar otros proyectos deportivos, un día sintió lo tóxico que era el fútbol para él y se alejó del ambiente de los camerinos y entrenamientos. A sus 89 años vive en Cali y todavía le dedica varias horas de su tiempo a ver partidos y seguramente estará este domingo pendiente de América vs. Millonarios, los dos equipos con los que más títulos ganó.

Otro valor extra es que al frente de los embajadores estará uno de sus alumnos más avanzados, al que considera su hijo, Jorge Luis Pinto, quien formó parte de su cuerpo técnico a mediados de los 70. Si América y Millonarios hoy en día son considerados grandes es en muy buena medida gracias a la huella que dejó Ochoa. Para El Espectador, en un diálogo que se dio en febrero de 1999, recordó sus mejores momentos en el fútbol y abrió el diván de los recuerdos.

“En el fútbol hay que tener paciencia. La tuve en Medellín cuando Gabriel Álvarez García manejaba las divisiones inferiores del Indulana, que luego se llamó Atlético Municipal, y finalmente adoptó el nombre de Atlético Nacional. No ganaba nada, pero mantenía competencia, hasta que en 1947 la gente del América de Cali me invitó a jugar en el equipo. Me ganaba $25, pero seguía viviendo en Medellín y viajaba los domingos a reforzarlo. Jugué el 47 y 48 en el América. Me ayudó mucho Fernando Paternoster, quien me entrenaba por las tardes. Entonces llegó agosto de 1948, y por la suma de $1.000, Millonarios compró mi pase al club Unión Victoria. Terminé mi bachillerato en la Pontificia Bolivariana y me trasladé a Bogotá el 8 de diciembre de 1948. Era la parte final del campeonato. Restaba un partido por jugarse. Santa Fe fue el campeón, Millonarios salió sexto. A las semanas empecé mi carrera de medicina y conocí a un amigo entrañable: Francisco Cobo Zuluaga.

Cuando llegué a Millonarios tapaban el samario Rocha y el Indio Tapias. Con ellos alterné el arco en 1949 y como arquero titular salí campeón. Era un equipo extraordinario. Pedernera, Di Stéfano, Rossi, Zuluaga, Soria, Cabillón y Aguilera. Jugábamos un esquema 2-3-5, como la pirámide húngara del año 25. En 1950 Adolfo Pedernera se dio cuenta de que no era tan bueno. Apenas tenía 20 años, me faltaba formación y el equipo necesitaba a un arquero más serio para competir en Europa. Ingresaron Antonio Báez, Pini, Hugo Reyes, el paraguayo Ramírez, y se construyó lo que se conoció como el “Ballet Azul”, con un baluarte en el arco: Julio Cozzi, el arquero del siglo, quien jugó en Millonarios hasta 1954, cuando declinó la época de El Dorado, y cuando también decidí partir hacia Brasil, para enrolarme en el Club América. Antes del Carnaval de 1955 ya estaba viviendo en Río. Jugué tres años, logré un título de medicina deportiva, fui subcampeón detrás de Flamengo y en 1957 regresé a Millonarios.

Los años en la raya

Al año siguiente no había un peso en el club y llegó la encrucijada. O el Cobo Zuluaga o yo, alguno tenía que sacrificarse y oficiar como técnico. Tenía 28 años y quería seguir jugando, pero era el médico del club, había montado un centro de rehabilitación en la ciudad y terminé como entrenador de Millonarios. Fuimos campeones en 1959, 1961, 1962, 1963 y 1964. Lo primero que hice cuando tomé el equipo fue recordar a Adolfo Pedernera y conseguirme a un arquero serio. Entonces me traje a Pablo Centurión de Medellín. Después llegó Klinger y el Condor Valencia. De México arribó Delio Maravilla Gamboa y de Cali se vino Jorge Gallego. Casi de inmediato vinieron los triunfos.

Pero en 1964 dejé el club por un enfrentamiento con su presidente, Roberto Valencia. Ya habíamos contratado a Aguirre, que venía de Medellín, y en la junta no aceptaron esa negociación. Le dije al presidente: “Mi palabra es una sola. Le prometí al jugador que lo traía y tú diste tu palabra”. Me replicaron que si jugaba Aguirre me pasaban carta de despido.

El muchacho jugó y al otro día me pasaron la carta. Decidí tomarme unas vacaciones en Santa Marta, y en los albores de 1965 recibí una llamada de Eusebio Mendoza para que me hiciera cargo de Santa Fe. La hinchada no quería, porque era personaje de 16 años en Millonarios. Pero acepté el desafío, y con mucha pobreza, con pocos centavos, me fui para el América de Río, me traje a varios brasileños y salimos campeones en 1966. Duré dos años con el Santafecito y en 1968 regresé a mi consultorio.

Sin embargo, volvió a aparecer Millonarios. Era 1970: le recibí el equipo al Pantalonudo Arroyave, quien oficiaba como interino, y empezamos a buscar jugadores por todo el país. Willington Ortiz, Eladio Vásquez, la Coneja Acosta. Se armó un equipo bueno para 1971. Quedamos terceros, y al año siguiente se concretó la esquiva décima estrella. Estaban Villano, Hernández, Segovia, Brand y Morón. Logramos dos subtítulos en 1973 y 1975, hasta que retornaron los problemas.

Quería para el club a Jorge Olmedo. Los directivos contrataron a De la Sabia. Entonces dejé a Millonarios en 1976. Al año siguiente hice las paces y retomé el equipo, pero fue lo que nunca debí haber hecho. El grupo era bueno, pero aburguesado. Converti, Jaime Rodríguez, Willington, Brand. Un equipazo que no quería trabajar. Entonces me los llevé a La Calera, al cerro, y eso era todos los días dándoles trabajo, pero el equipo no rendía. Viajamos a Honduras, jugó impresionante, y deduje en el viaje que no querían trabajar conmigo. Hablé con el presidente del club y me fui. En el 78 salieron campeones con Pedro Dellacha.

Regresé a mi consultorio en Bogotá. Y una tarde de diciembre de 1978 me visitó Pepino Sangiovanni, presidente del América. Concretamos un contrato de trabajo y me hice cargo del equipo. Prácticamente no había nada. Ni siquiera unas instalaciones. Entonces pensé en un 10 e invité a Alfonso Cañón al consultorio. Tenía 74 kilos de peso y estaba sin trabajo. Le dije: “Anímate a bajar diez kilos en seis meses”. Cañón cumplió y me lo llevé para Cali. Le bajé otros dos kilos y fue el Maestro. Pero como le gustaba Bogotá y la comida, se me iba para Soacha a comer fritanga. Una vez puse a alguien a que lo siguieran. Eran las 11 de la noche y estaba sin permiso. Entonces lo llamé a su casa y le dije: ‘Usted llegó aquí en santa paz y se va en santa paz, no juega más en el equipo’. Pero el jugador fue Cañón, parecido a Brand, pero más aguantador de patadas.

En el 80 gano dos torneos con América, pero no llego a la final. En el 81 pierdo el campeonato con Nacional. Y vienen los títulos de 1982 a 1986, y los tres subtítulos de la Copa Libertadores de 1985 a 1987. Un equipo tremendo que también quedó en la memoria del país por fallidas finales. En el 85 pierdo la Copa Libertadores en Paraguay con Argentinos Juniors, en definición de penales. Le tocaba patear a Willington y después a Bataglia. El primero estaba lesionado, el segundo agotado. Falcioni no quiso patear. Lo hizo el chico De Ávila, le pegó suavecito a las manos del arquero y perdimos. En el 86 nos ganó Funes con el River los dos partidos. Ya no tenía a Pascutini ni a Reyes. Y llegó el 87. Teníamos que ser campeones, pero la victoria se esfumó a los 120 minutos y 23 segundos. El balón llegó a Falcioni, a Julio se le olvidó que tenía que reventar la pelota a la tribuna para ganar 20 segundos y la envió al medio. Gonsalves, con una falta que el árbitro Silva no da, se encarama encima de Luna y cabecea. Aguirre regresaba cansado, muerto. Aponte le había dado distancia, pero el balón le cayó a Aguirre, la paró en el pecho, se volteó, empalmó un zurdazo, gol, se acabó el partido y se fue la Copa.

Nunca lloré en ese ni en ningún otro partido. Cometimos un error y lo pagamos. Regresé con un equipo desmoralizado. Cabañas planificó su vida en Francia. Gareca empacó maletas. En el 87 fuimos subcampeones, en el 89 no hubo campeón porque asesinaron a Álvaro Ortega. En 1990 gané todo, en el 91 me ganó el Bolillo Gómez. Pero mi esposa Cecilia ya estaba cansada. Eran 13 años en el América con varios torneos ganados. Era el momento de decir adiós. Le dejé el equipo al profesor Umaña. Después llegó Maturana y salieron campeones. Y desde entonces estoy viviendo para el fútbol en el diván de los recuerdos”.

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Redacción Deportes - @DeportesEE

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Los recuerdos de Gabriel Ochoa Uribe

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