9 Dec 2018 - 2:00 a. m.

Alberto Gamero, la meta es triunfar en el exterior

El samario fue el mejor entrenador del año. Su éxito con el Tolima es el reflejo de sus valores en la vida: disciplina y trabajo.

Santiago Martínez

Alberto Gamero, técnico campeón con el Deportes Tolima en el primer semestre de 2018. / Nelson Sierra
Alberto Gamero, técnico campeón con el Deportes Tolima en el primer semestre de 2018. / Nelson Sierra

Campeón del primer semestre de la Liga Águila con el Deportes Tolima, el equipo con el mejor puntaje durante la temporada 2018 y un estilo que enamoró a toda clase de hinchas, son las credenciales para que Alberto Miguel Gamero Morillo fuera elegido como el mejor entrenador del año. Samario pura sangre y de una familia de siete hermanos, en la que la consigna siempre ha sido la disciplina y el trabajo. Tito, como lo conocen, ha tenido esas dos palabras como guía para labrar su vida profesional. Además de que fueron sus dos grandes virtudes como jugador, también han sido su reflejo como entrenador.

Gamero llegó al fútbol gracias a su padre Ricardo. A pesar de que su hermano Richard era el que tenía más condiciones para llegar a ser profesional, él fue el único de los cuatro hombres de la familia que lo logró. “Desde pelado fui muy disciplinado. A mi hermano le gustaba más la recocha, llegar tarde a los entrenamientos. Él no se dedicó de lleno”, dice Gamero entre risas. Todo apuntaba a que Tito fuera uno de los nuevos prospectos goleadores de Santa Marta, pero Eduardo Julián Retat lo convirtió en lateral derecho, una posición que aprendió en dos años de arduo trabajo y que lo llevó a consolidarse en el fútbol profesional.

“No era lateral y esa posición tuve que trabajarla. Todo comenzó cuando fui a la selección Magdalena, en el 80, invitado por mi amigo Carlos Hernández. Él me dijo: ‘Tito, allá están buscando un marcador derecho. Juega de marcador derecho’. A mí Retat, quien en ese entonces era el de la veeduría de la selección Magdalena, me dijo que yo no era delantero y que me iban a poner de marcador. En el año 80 empecé a jugar en esa posición y ahí me consolidé. Me tocó jugar como lateral durante dos años, en los que fuimos campeones. Ya en el 82 llegué al Unión Magdalena”, recuerda.

Su debut en el fútbol profesional con el Unión fue un miércoles del año 82. Era un partido contra Santa Fe, en Santa Marta. Ganaron 3-1 y desde ahí Gamero no soltó la titular. En el conjunto samario llegó a ser capitán y a conocer al técnico que marcaría su futuro como entrenador: Jorge Luis Pinto. “Trabajé muchos años con él en el Unión Magdalena. También con el ‘Chiqui’ García, Julio Comesaña y Hugo Gallego. A todos les aprendí. Pero siempre me quedó en la cabeza la disciplina de Pinto, su planificación y sus entrenamientos. El interés de ser técnico me surgió por él”, dice Gamero, quien agrega que en la cancha él era la voz de Pinto, quien daba las instrucciones a sus compañeros y organizaba el juego.

Gamero pasó por Millonarios, Independiente Medellín y Envigado. Su retiro como jugador fue en el año 99. Su idea era seguir vinculado al fútbol. Su primera decisión, entonces, fue crear la Escuela de Fútbol Tito Gamero. Su salto a las grandes ligas llegó en 2006, de la mano de Eduardo Pimentel, quien lo invitó a ser parte del Boyacá Chicó. Sus tradicionales manillas empezaron a ser reconocidas en los estadios del país y la organización táctica de sus equipos, una costumbre. Su premio al trabajo y la disciplina llegó el 6 de julio de 2008, cuando ganó su primer título en la Liga, al vencer por penales al América de Cali. Se consagró ante su gente en Tunja. Sin embargo, ese mismo año tuvo su peor derrota en la vida. Su padre, su guía, murió. “Siempre me lo imagino en la tribuna y dando la vuelta olímpica conmigo”, recuerda con nostalgia.

Gamero siguió siendo ídolo en Tunja hasta 2013, cuando se fue a Rionegro Águilas. Fue un paso fugaz. Duró solo un año, hasta llegar a su segunda casa: Deportes Tolima. Ya cumple cinco años al frente del equipo y el premio al esfuerzo y dedicación a su proyecto llegó el pasado 9 de junio. Otra vez, por penales, consiguió el título. Nuevamente ante uno de los grandes: Atlético Nacional. “Hemos jugado 10 torneos, de los cuales clasificamos al grupo de los ocho en nueve. Hay continuidad y eso demuestra que así se consiguen los logros en el fútbol y en la vida”, responde a la pregunta de cuál es el éxito de su paso por el Tolima.

Pero su camino al éxito no ha sido fácil. A comienzos de 2017 llegó al Júnior con la expectativa de replicar lo hecho en Tolima y Chicó. Era uno de los técnicos de moda. Venía de ser subcampeón del segundo semestre de la Liga Águila y campeón de la Copa Colombia. Pero solo duró dos meses y 24 días. Para Gamero, no se trató de ningún fracaso, sino de una pasantía, pues al salir del club barranquillero tuvo la oportunidad de ir a Europa a capacitarse durante 40 días. Sin embargo, cree que sigue existiendo una deuda, pues si bien tuvo la revancha de levantarse y reinventarse ante lo sucedido en el club atlanticense, aún cree que uno de sus retos es dirigir un equipo más grande. “Yo quiero triunfar en el exterior. La Copa Libertadores 2019 es mi oportunidad”, sentencia.

Esa fue su la razón para quedarse en el Tolima. Aprovechar la vitrina internacional y llevar su proyecto deportivo al máximo nivel. Rechazó la oferta que le hizo el Deportivo Cali, según él, porque no quería cometer el error de dejar el Tolima, donde ya había un trabajo acumulado y sus jugadores y afición estaban a la expectativa de lo que sería su futuro. “Luego de perder contra Medellín, los jugadores siguieron entrenando sin ningún problema y sin estar jugando un torneo, mostrando un profesionalismo gigantesco. Solo descansamos lunes y martes, y volvimos a trabajar el miércoles 28 de noviembre. Uno al ver que esos jugadores terminaron tocados por perder y quedar eliminados, motiva. Me ayudó a entender que en el Tolima estaba bien”.

La victoria más grande de Gamero son sus hijas, Adriana Lucía y Andrea Delfina. Un triunfo que consiguió junto a su esposa, Adriana Góngora, quien lo describe como un hombre con una humildad sin igual y que acoge a sus jugadores como hijos propios. Por eso no es raro ver en sus chats los nombres de Sebastián Villa, Wilmar Barrios, Jimmy Chará, Matheus Uribe o Andrés Ibargüen. “Yo mantengo hablando con ellos y es una alegría inmensa porque sé que están agradecidos conmigo, como yo lo estoy con ellos. Me gusta verlos triunfar. Al final de cuentas ellos van al exterior, preguntan por su antiguo técnico y así empiezan a referenciarme. Todo va pegado al buen trabajo”, explica ‘Tito’, quien se despide diciendo que aún quedan muchos retos por afrontar, caminos por recorrer y que su anhelo es dirigir una selección.

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