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Elkin Blanco es un guerrero en la cancha, porque desde niño aprendió que en la vida, siempre, tocaría luchar para poder cumplir los objetivos y sueños. A pesar de la falta de oportunidades, de los meses sin poder jugar por no estar inscrito con ningún equipo, ha sido persistente. No ha bajado los brazos ni ha pensado en rendirse. Y ha seguido preparándose y luchando por demostrar sus capacidades. Cuando Rubén Israel llegó a la dirección técnica de Millonarios, Elkin no era tenido en cuenta, pero el uruguayo vio algo diferente en él en los entrenamientos y desde el primer partido que dirigió –ante Santa Fe el 6 de septiembre de 2015– le dio la titularidad. “Él es responsable por el momento que estoy viviendo. Estoy agradecido y cada vez que salgo a la cancha quiero hacer lo mejor por mí, por mi familia, por Millos y especialmente por él. Quiero responderle a esa confianza”, le dijo Elkin a El Espectador.
Pero sus batallas no han sido sólo en las canchas de fútbol. Prácticamente no conoció a su papá, pues murió cuando él apenas era un niño, así que fue su mamá, Ludis Rivas, la encargada de sacarlos adelante a él y a sus dos hermanos, a punta de trabajo. En Acandí, Chocó, nació y vivió sus primeros años. Y aunque lo que más le gustaba hacer era jugar fútbol en las polvorientas canchas del pueblo con sus vecinos, para su madre la prioridad era el estudio y por eso nunca le dio la oportunidad de meterse a una escuela de fútbol.
“Primero el estudio y después lo demás”, le decía Ludis. Claro que Elkin aprovechaba en el colegio para jugar y poco a poco se fue dando a conocer con los profesores de Acandí. Inocencio Palacios, conocido como El 20, fue la primera persona que lo puso a jugar en unos intercolegiados en Acandí. Como 10 o delantero, Elkin marcaba diferencia y era referenciado por los niños de su edad, pero en busca de una vida mejor tuvo que irse a vivir con su hermana a Quibdó.
Y aunque en la capital chocoana la prioridad seguía siendo el estudio, también fue allí en donde nació el sueño de dedicarse el resto de su vida a ser futbolista. “Mi mamá me apoyaba, pero insistía en que debía terminar el colegio y ahí sí, si yo quería, dedicarme al fútbol”, recuerda el hoy volante azul. Raúl Cardona le dio la oportunidad de entrenar con una escuela en Quibdó y lo incluyó en la convocatoria para la Copa Ciudad Pereira, en la que participaron varios equipos juveniles. Ya graduado del colegio, con 16 años, se destacó en ese torneo y por eso fue escogido por un cazatalentos para ir a probar suerte en el Gremio de Brasil.
A Porto Alegre viajó con un grupo de futbolistas chocoanos, entre ellos Alpin, su mejor amigo y con quien había jugado en Acandí y en Quibdó. Fue un año en el que se formó y aprendió cosas del famoso jogo bonito –en esa época Elkin era volante 10–. Claro que vivió un episodio que marcó su vida: la muerte de Alpin, quien sufrió una enfermedad extraña. “Nunca pudimos cumplir el sueño de jugar juntos en un equipo profesional”, dice Elkin con tono pausado. Pero fue justamente ese hecho el que lo motivó para seguir dándolo todo por llegar a ser profesional.
Su cuñado en ese entonces, el exfutbolista Christofer Moreno, le ayudó a ubicarse en una casa hogar en Pereira y al poco tiempo pudo debutar en la Primera C con el Atlético Risaralda. Le fue tan bien que se ganó un cupo en la selección colombiana sub-20 y en 2008 pasó a Once Caldas, en donde pudo cumplir su sueño de ser profesional, además comenzó a recibir sueldo y poco a poco pudo devolverle a su mamá todo lo que sembró en él.
En 2009 Elkin estaba entrenando con el América de Cali, pero su empresario le contó sobre la oportunidad de ir a Millonarios y no lo dudó. Óscar Quintabani lo volvió volante de marca y desde ahí esa es la posición que más le gusta, porque puede jugar con la misma garra y lucha que demuestra en su vida. “Millos es el club que me ha dado todo. He vivido todos los momentos acá y soy feliz porque me siento parte de la familia azul”, afirma Elkin, quien tras seis meses en el fútbol de Moldavia, regresó al club bogotano el año pasado y ahora vive el mejor momento de su carrera, siendo el gladiador de la zona de marca.
“Rubén (Israel) me ha dado la confianza y me he consolidado. Eso era lo que quería. Yo siempre voy a dar lo mejor de mí y espero seguir dando todo dentro de la cancha. Es un club que llevo en el corazón, porque gracias a Millos le he podido dar una mejor vida a mi familia”. Uno de sus sueños es regresar al fútbol del exterior a una liga más competitiva que la de Moldavia, pero por ahora, a corto plazo, espera seguir siendo fundamental en esta campaña y terminar celebrando la anhelada estrella 15.