Por: Hernán Peláez Restrepo

Qué pasa

No hace mucho titulé una columna: “Siempre que llovió, paró”. En el caso de Independiente Santa Fe sigue lloviendo, después de su caída ante América en El Campín.

Esta vez, corresponde solo a los jugadores superar la presión externa de sus hinchas y conseguir ganar un partido y quizás ahí iniciar la construcción de una campaña acorde con la historia del club. Entre junio de 1.954 y mayo de 1.955, según el historiador Guillermo Ruiz, los cardenales vivieron 13 partidos sin ganar. Eran los días del recordado Jorge Peñaranda, El Gringo, quien se vio a gatas para concluir ese calvario.

Ahora, los jugadores o van a retiros espirituales o se comprometen, como en cualquier empresa, a dar el máximo de sus fuerzas y talento, pero sobre todo, a exhibir ganas y alegría por llegar a una meta, ganar.

Uno de los técnicos más resultadistas, como fue Carlos Bilardo, dijo: “Ganar no es muy importante, pero es lo único”. Y ese es el mensaje para los jugadores del equipo. Pueden esgrimirse muchos reparos o anotaciones sobre el por qué de esta situación. Todo se oye, pero mientras no consigan el estímulo de un triunfo para ellos mismos y sus hinchas, Santa Fe intentará sobrevivir. El salvavidas, esta ahí y los jugadores se aferran a él, en mar picado y peligroso.

¿Qué pasa con nuestro fútbol? Uno podría suponer que si el aficionado no va al estadio y paga boleta, prefiere pagar un servicio de televisión por cable. Acá no interesa tanto el costo, puesto que el hincha piensa en su pasión primero. Esta semana, mientras Envigado y Júnior jugaban en una gramilla que visualmente daba grima, había simultáneamente la opción de ver Flamengo-Internacional o Boca Juniors-Liga de Quito, por Copa.

Desconociendo el mecanismo de las famosas mediciones, que van “aparejadas” como anotaba Urriolabeitia, al aspecto comercial, un juego de la selección colombiana consigue una atención entre 10 y 12 puntos. El promedio en el campeonato local, revisando diez partidos, apenas arroja algo más de 1.5 puntos.

Los entendidos tendrán sus razones. Voy a dar las mías, sin que resulten la última palabra.

Hemos progresado en cumplimiento de horarios, en vestimenta de jugadores y árbitros. Los campos de juego siguen ofreciendo irregularidades y es cuando la pelota o no rueda o elige caminos extraños. En segundo lugar la pérdida de tiempo por parte de los jugadores y probablemente se incremente cuando llegue el cacareado VAR, que atenta contra el ritmo de juego.

Es como si en la proyección de una película el rollo se “quemara”, algo común en el pasado, y el encargado se tomara el tiempo para reiniciar la operación.

Los árbitros no deben parar bolas a tanto reclamo de jugador. Las explicaciones son, y así lo hacen los técnicos, para después. Pero la simulación es el mayor interruptor de juego. El juez “come cuento”, pide camilleros, en lugar de castigar con disimulo dejando por fuera siquiera tres minutos al “lesionado”.

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2019-08-24T22:00:00-05:00

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