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Daniel el travieso

No sólo por su fútbol este caqueceño marca la diferencia en el albirrojo, también gracias al buen humor.

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Fabián Mauricio Rozo Castiblanco
29 de noviembre de 2010 - 12:17 a. m.
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Esa cara de pocos amigos con la que disputa cada balón, intimida a uno que otro rival y de paso le ayuda a marcar territorio en la cancha, nunca aparece en el vestuario del nuevo líder del cuadrangular A, Independiente Santa Fe, donde más bien es sinónimo de risas que desbordan en la carcajada.

“No deberían decirle cabezón, sino cansón”, sugiere Mario González cuando nota que Daniel Torres luce serio ante los micrófonos, grabadoras y cámaras que últimamente le asedian por convertirse en un hombre fundamental del plantel albirrojo.

Por eso el caqueceño parece darle la razón a su compañero con un guiño, de esos que mezclan picardía y simpatía, sentimientos que despierta a los 21 años recién cumplidos este volante central que se precia de tener “excelente humor y de por sí hago reír, aunque claro, en la cancha luzco serio y de pronto malgeniado, pero por las circunstancias mismas del juego”.

Se hace respetar sin duda y el lugar ganado en el plantel nadie lo discute, más bien lo disfrutan o hasta sufren los demás integrantes, porque “hago bromas constantemente, ya sea escondiendo cosas o pintando letreros para sabotear. La verdad, trato de vivir la vida al máximo y siempre con una sonrisa, que es muy importante”.

No menos trascendental le resulta ser el único futbolista profesional de Cáqueza, población cundinamarquesa donde según Torres “hay muy buenos jugadores, bastante técnicos, aunque en mi caso puede ser la excepción por tener un fútbol más aguerrido”.

Siempre se distinguió por “la fortaleza, pero no mala intención que a veces confunden” y no olvida que en “el Sporting, el único equipo de fútbol que existía por ese entonces en el pueblo, participábamos en Liga Cundinamarca y venía mucho a Bogotá a jugar en el Tabora y Olaya”.

Viajar a la capital era el mejor premio que podía recibir, así le tocara “ver los partidos desde el banco porque no me daban la oportunidad”, aunque ya era mucho poder ser parte del grupo, cuando cada fin de semana “le rogaba a mi mamá para que me dejara salir, era complicado que me diera permiso”.

Para Yolanda Rojas, su progenitora, la prioridad la tenía el estudio y Daniel aparte de aceptarlo, logró en el colegio Santiago Gutiérrez que le “dieran un permiso especial para salir a las 12, una hora antes, así almorzar y viajar a Bogotá para entrenar a las tres con las inferiores de Santa Fe y luego salir corriendo para alcanzar a coger el último bus, por lo que llegaba sobre las 10 de la noche de nuevo al pueblo, aunque varias veces me dejó y tocaba tomar uno que fuera a Villavicencio, quedarme sobre la vía y ahí me recogía ella en su motico”.

De ahí que le dedique este momento, porque “fue la que metió la mano por mí y cuando trabajaba de tesorera de Puente Quetame estuvo a punto de quedar en la ruina por patrocinarme mis viajes a los entrenamientos, ya que también debía sacar adelante a mis otros dos hermanos. Es una batalladora y por eso en la cancha intento mostrar el ejemplo que me inculcó”.

Ivonne, la mayor, vive con Torres actualmente en Bogotá y es “la compañía ideal en medio de la soledad”, mientras Juan Carlos, de ocho años, reside al lado de la mamá en Cáqueza, donde tiene tres más por parte de su padre Hugo, que son trillizos. Intenta verlos cada vez que puede, pero Daniel tiene desde hace un año y 10 meses otra razón fundamental para visitar la tierra natal: Manuel Alejandro, quien lo convirtió en padre y cuyo “nacimiento fue más que especial, me pone contento verlo bien y es un motivo de sobra para vivir, luchar y salir con todo a la hora del partido para sacarlo adelante”.

Su compañía lo distrae demasiado, pero cuando no le es posible “bajar al pueblo”, Daniel se relaja “comiendo y la verdad no sé cómo mantengo el peso”, aunque al verlo correr incansablemente de un lado a otro durante 90 minutos se entiende que necesite energía extra.

Y ahora sí que la necesitará, porque un golpe en su cadera lo privó de terminar el juego del sábado contra Huila en El Campín y lo puso en duda para la revancha del domingo en Neiva. En una imagen inusual, cayó en el gramado y justo frente a la pancarta que sus familiares y amigos le tenían como el “orgullo caqueceño” que es. Salió en camilla, pero le prometió a mamá Yolanda que pronto lo volvería a ver correr detrás de una ilusión que también espera dedicarle.

Por Fabián Mauricio Rozo Castiblanco

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