A casi 10 minutos del final todo se había quebrado. Todo, menos el espíritu. Segundos antes de anotar el gol que le daría la décima estrella a Independiente Santa Fe, Hugo Rodallega no podía dejar de llorar. Desde antes del partido le molestó el aductor. Pero, sobre el final del juego, ya no podía más. Sintió el pinchazo y las piernas dejaron de responderle. Intentaba correr, pero el dolor lo superaba. Paró y las lágrimas empezaron a caer. Vinieron a abrazarlo hasta los rivales, mientras sus compañeros intentaban consolarlo. Los médicos le habían recomendado no jugar porque, además del problema muscular, tenía el tabique roto desde el partido con Millonarios en los cuadrangulares. No obstante, se negó a perderse la final.
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Fue en ese instante cuando se vio obligado a pedir el cambio al minuto 77, con el partido 1-1, que sintió que el sueño de sacar campeón al león se le escapaba de las manos. Se negó, otra vez. Le dijo al árbitro que aguantaba una más. ¿Un presentimiento? El instinto —de goleador voraz— le susurró que una le iba a quedar. Y no pudo ser más épico ni más místico ese momento: en la siguiente jugada, aun con lágrimas en los ojos, entró al área y, cojeando, definió a placer para terminar de quebrarse el cuerpo. Pero no el alma, que quedó fulgurante con la nueva estrella de Santa Fe.
Tenía que ser ese el final. Aunque no se pueden ignorar otros nombres en la gesta de la décima —como Andrés Mosquera Marmolejo, Daniel Torres, Ómar Fernández Frasica y Hárold Santiago Mosquera—, Hugo Rodallega fue el gran responsable de que los cardenales llegaran a la final. En un semestre atípico, con tres entrenadores, una goleada dolorosa ante Alianza (6-1) en el cierre de la fase regular y un juego que no convencía a nadie —al menos hasta que comenzaron los cuadrangulares—, fue el goleador vallecaucano el faro que mantuvo vivo el sueño cardenal. Si se podía soñar, era por la pantera que rugía en el frente de ataque. El “killer” que terminó como Bota de Oro del torneo, con 16 dianas: un jugador de jerarquía, que merecía más que nadie ser campeón con el Expreso Rojo.
El idilio de Rodallega en Bogotá se construyó con el tiempo. Aunque desde su llegada respondió con goles, su figura, hasta el domingo, seguía siendo cuestionada por algunos hinchas. Tal vez pesó demasiado la final perdida ante Bucaramanga en el primer semestre de 2024. Sin embargo, los números del delantero hablan por sí solos. Santa Fe es el club con el que más partidos ha disputado en su carrera, superando los 117 que jugó con Wigan en la Premier League inglesa. Con los cardenales ya suma medio centenar de goles —una cifra inédita en su trayectoria en un solo club— y 12 asistencias.
Son cifras récord, en Colombia, para un jugador de 39 años que, con el nuevo título, entró al olimpo de los ídolos santafereños. Allí, en lo más alto, están figuras como Alfonso Cañón y Omar Pérez, pero lo acompañan, entre otros, nombres como Léider Preciado, Carlos Alberto Pandolfi, Adolfo “el Tren” Valencia, Osvaldo Panzutto, Wálter Perazzo y Daniel Torres, con quien Hugo levantó la copa el domingo en el Atanasio.
Posiblemente Rodallega no quería que el final de su carrera llegara en Bogotá. Después de su largo periplo por el mundo —de jugar en México, Inglaterra, Turquía y Brasil—, “Hugol” soñaba con regresar a Colombia para vestir la camiseta del América de Cali y cumplirle el sueño a su papá, de hueso rojo, de verlo con la camiseta escarlata. Sin embargo, cuando en la sucursal del cielo le cerraron las puertas, prefiriendo artilleros de menores números e historia, fue el rojo bogotano el que le dio la oportunidad de demostrar su vigencia.
Es curioso, a lo largo de su carrera, Hugo Rodallega nunca dejó de estar a la altura en todos los clubes en los que jugó, pero siempre le tocó cargar con las desmesuradas expectativas que cargaba su nombre. Así fue desde ese Suramericano en 2005, cuando siendo el goleador del torneo le dio el título a la selección de Colombia sub-20 y la prensa empezó a compararlo con Lionel Messi. Él hizo eco de esas palabras que le terminarían pesando toda la vida. Sin embargo, la carrera del oriundo de Candelaria, en el Valle del Cauca, está entre las mejores de los delanteros colombianos de toda la historia. Se fue de Colombia muy joven, siendo campeón con Deportivo Cali, y regresó, después de ser referente en todas partes, para ganar otra estrella con Santa Fe.
Y entonces llegó el momento consagratorio. La décima terminó siendo el reflejo de su historia. Todos dudaban de Santa Fe cuando empezaban los cuadrangulares. “Nadie daba un peso por nosotros. Hicimos silencio, nos cubrimos y lo demostramos aquí, en la cancha. El fútbol premia al que hace mejor las cosas. Ahora les toca hacer silencio”, dijo después de que eliminaron a Millonarios para clasificar a la final. “Llegamos con garra, con huevos”, remarcó.
Con ese espíritu, el que nunca se quebró a pesar del cuerpo roto, jugó la final e inspiró a sus compañeros. Fue un momento tan épico, una cumbre tan alta, que a él le pareció el instante perfecto para decir adiós: “Este viejito se les va campeón (…) no sé si lo voy a cumplir, pero quizá quisiera dar un paso al costado. Dejar que vengan los jóvenes para que haya relevo. Lo vengo pensando, solo que mi familia no me ha dejado. Mi hijo me dice que siga, que siga luchando. Les dije que si éramos campeones, quizás era el momento de retirarme. Pero ya algunos me han dicho que no, que viene la Libertadores. Vamos a ver qué pasa. Por ahora vamos a celebrar”.
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