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En la vereda San Juan, en el municipio de La Unión, Antioquia, en la punta de la montaña quedaba la finca donde se crió el jugador de Independiente Medellín Luis Carlos Arias Cardona. Se levantaba todas las mañanas a ordeñar vacas y arrancar papas, tarea que culminaba hacia las seis de la tarde. Sin embargo, Luis Carlos trataba de sacar tiempo para patear, en medio del potrero, un balón de microfútbol amarillo que le habían regalado sus padres, Mario y Marleny.
A pesar de que, según él, su familia en esa época tenía limitaciones económicas, superó las adversidades y se dedicó al fútbol. No le importó que al principio el panorama fuera oscuro y el rechazo fuerte. “Me tocó recorrer muchos kilómetros a pie para poder ir a entrenar, cuando no tenía una bicicleta. Sí, la distancia era más grande, me tocaba pedirle al conductor que me ayudara porque no tenía dinero para pagarle, o montarme por la puerta de atrás con $200 o $300”, relató el volante a El Espectador.
Al ver el talento que tenía Luis Carlos, y que había conseguido un cupo en un equipo conocido en Rionegro, sus padres decidieron brindarle todo su apoyo. No fue nada sencillo, pues a veces Mario y Marleny dejaban de pagar un servicio para darle ese dinero y que fuera a entrenar. El jugador de 32 años aún recuerda que era muy complicado tener la casa sin luz, con tal de que fuera futbolista. A pesar de todo el esfuerzo que estaba haciendo la familia Arias Cardona, la violencia opacó ese sueño.
Corría el año 2000 y los grupos armados tenían acechada esa zona. Un día Marleny recibió una llamada en la que le advertían que debían desalojar la casa, que tenía una amplia vista que les resultaba estratégica; ella, desesperada, repetía una y otra vez que no tenían a dónde ir. Al colgar el teléfono rompió en llanto y le advirtió a su familia que debían irse.
Marleny y Mario, junto con sus tres hijos, empacaron lo que pudieron para irse de allí. “Lo primero que cogí, por supuesto, fue mi balón amarillo, sin embargo, se quedaron muchas cosas. Recuerdo que un tío nos había regalado un televisor a color, pero no lo pudimos llevar”, narró el jugador antioqueño.
Llegaron a casa de un familiar en La Unión, donde les tocó comenzar de cero. Marleny no se rehusaba a perder su casa, por tal razón decidió regresar para ver qué había pasado. Lo que vio fue desolador. Su casa estaba quemada. Después de ese triste momento, Luis Carlos encontró en el alcohol un refugio, a pesar de que estaba jugando las divisiones menores en Nacional.
“En ese momento alternaba los entrenamientos con un trabajo en construcción y lo que hacía en la semana, me lo bebía el fin de semana en una hora. Para esa época había dejado el fútbol y mi papá me había echado de la casa, porque en una borrachera nos agarramos a machete”, recordó el jugador.
A eso se le sumaba la angustia de Marleny. Ella creía que Luis Carlos tenía salvación y lo llevó donde sacerdotes, iglesias, incluso a que rezara el rosario; la recompensa para el futbolista eran cinco mil pesos por acompañarla, dinero que empeñaba en trago. Un día el volante llegó a inventar que un familiar había fallecido con tal de no ir a entrenar y poder dedicarse a tomar.
El relojero del pueblo lo vio muy borracho y decidió recomendarle el grupo de alcohólicos anónimos. Luis Carlos ya había perdido lo que más quería: su familia, su novia, quien en la actualidad es su esposa, y el fútbol. Con 20 años decidió darle un giro a su vida. Tras un año de estar en recuperación, logró formar parte de Rionegro y comenzar su carrera como profesional.
“El proceso no fue fácil, mis amigos no entendían que yo quería cambiar. Aún hablo con algunos y se sientan a tomar igual, son grandes personas, pero no han podido superar el problema. Cuando están muy borrachitos me voy, porque me hacen revivir esa época y estoy seguro de que no quiero regresar a eso”, reveló el antioqueño.
Tras superar el alcoholismo, pudo destacarse en el fútbol. Pasó, en 2009, a integrar al Medellín, equipo del que confiesa es hincha, donde obtuvo su primer título como profesional. Luego de un excelente paso por el cuadro antioqueño dio un salto al fútbol internacional: llegó al Toluca de México.
Aunque fue un paso muy corto, sólo un año, Arias la cataloga como una de las experiencias más maravillosas que le ha dado el fútbol, sin embargo, aún quedaban fantasmas de su problema con el alcohol. “Tuve un momento muy difícil, porque una vez me expulsaron en un partido y luego de los tres torneos que disputaba el equipo. Estaba solo y estuve a punto de tomar, pero fui más fuerte”, afirmó el volante.
Regresó a Colombia para unirse a Santa Fe, club donde dejó una gran huella. En los cuatro años que jugó con el cuadro cardenal logró conseguir dos estrellas y dos Superligas, ganándose el corazón de la afición. “Allí formé una gran familia, la hinchada me brindó cariño y apoyo incondicional, a ellos los llevaré siempre en mi corazón porque en todo momento estuvieron presentes. Si no hubieran salido las cosas con Medellín me hubiera quedado allí”, añadió Arias.
Decidió volver al equipo que le abrió las puertas al fútbol profesional, porque Leonel Álvarez, técnico en ese momento y que lo dirigió en 2009, le dijo que lo quería tener en su plantilla. Arias pretendía devolverle todo el apoyo que le ha dado el equipo de sus amores. En el Torneo Apertura de 2016 consiguió la sexta del poderoso de la montaña, el primero de muchos títulos que anhela obtener antes de retirarse.