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Wilder Medina: Ahora puedo andar con la frente en alto

El delantero del cuadro cardenal le abrió las puertas de su casa a El Espectador.

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Luis Guillermo Montenegro
04 de mayo de 2014 - 02:48 p. m.
Wílder Medina en la sala de su casa donde guarda los botines de goleador que ha ganado. / Gustavo Torrijos - El Espectador
Wílder Medina en la sala de su casa donde guarda los botines de goleador que ha ganado. / Gustavo Torrijos - El Espectador
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Cuando el partido frente a Atlético Mineiro había terminado 1-1, Wílder Medina, aburrido con el empate que dejaba a Santa Fe con pocas opciones de clasificar a los octavos de final de la Copa Libertadores, caminaba desde el centro de la cancha a los camerinos, sin embargo, en este trayecto se cruzó con el abrazo de Ronaldinho Gaúcho, el histórico jugador brasileño, responsable de que esa noche el estadio El Campín se hubiera llenado para verlo. “Medina” –lo llamó Ronaldinho- “alguien me contó de tu historia; he leído sobre ti y te quiero felicitar. Muchos futbolistas talentosos en mi país han pasado por situaciones como la tuya y se han quedado ahí. Eres un ejemplo a seguir no sólo en Colombia sino en el mundo. Me siento orgulloso de lo que eres ahora, te admiro”. Luego le entregó su camiseta y le dijo que fuera al camerino del Mineiro para que se la autografiara.

Para el delantero antioqueño de 33 años ese episodio ha sido uno de los momentos más especiales. “Que un referente como él, que lo ganó todo, me haya dicho eso fue una motivación para seguir adelante no sólo en lo futbolístico sino en la vida. Esto es de todos los días, yo aún sigo en ese proceso. Voy para dos años sobrio y le doy gracias a Dios todos los días por eso”, dice Wílder Medina, quien asegura que este tipo de mensajes los usa para compartírselos a las cerca de 70 personas que están en su fundación que trabaja para ayudar a la gente a salir de las adicciones.

En las calles de Puerto Nare, Antioquia, Wílder anotó sus primeros goles. No había balón, ni zapatos, así que llegaba a su casa con las uñas levantadas por darle golpes al piso. Las bolsas de basura las llenaban de trapos y camisetas viejas para usarlas de pelota. Cuando no había bolsa el balón eran naranjas o limones que recogían de los patios vecinos. “Todo lo redondo era considerado balón de fútbol”, recuerda Wílder, quien a pesar de las dificultades económicas, que vivía su familia por esa época, tuvo una niñez feliz. Le ayudaba a vender a su madre mazamorra, cocadas y enyucados en las calles. Su padre era árbitro de fútbol en el Magdalena Medio y él era su compañero para cada juego. En los 15 minutos de descanso de los partidos aprovechaba la oportunidad para tener una pelota de verdad e ir al arco a hacer tiros. “En algún cumpleaños mi papá me regaló un balón, pero al poco tiempo se pinchó. Como no había para comprar otro decidimos rellenarlo de tela y coserlo. Quedó horrible pero servía para jugar”. Así se fue enamorando del fútbol el pequeño Wílder, quien tras sufrir la muerte de su padre cuando tenía 15 años, le prometió sobre su tumba que llegaría a ser profesional y que además crearía un club y le pondría su nombre: Escuela Manuel Esteban Medina Olarte.

El hoy delantero de Independiente Santa Fe, que este sábado (5:00, por RCN) recibe en el estadio El Campín al Once Caldas en el partido de vuelta de los cuartos de final de la Liga Postobón, tras ganar 4-1 en la ida, le abrió las puertas de su casa a El Espectador. Sentado en la sala, junto a su perro Lucas y frente a una mesa en la que tiene todos los trofeos que ha ganado, incluido el de mejor jugador del partido de Copa Libertadores de 2013 frente a Gremio, se vio el Wílder sencillo, quien a pesar del reconocimiento y la plata ganada, sigue siendo el mismo niño que corría por las calles de Puerto Nare pateando todo lo redondo que se le atravesara.

¿Cuánta gente tiene ya la Escuela Manuel Esteban Medina Olarte?
Más o menos 400 jóvenes de Puerto Nare y sus alrededores. Tenemos varios entrenadores para las categorías de 7 a 21 años. Lo único que les cobro a ellos es que estudien. Desde que rindan en el colegio los dejo entrenar sin pagar un peso. Esa es la mejor forma de incentivarlos. Los que estudian por la mañana entrenan por la tarde y los que lo hacen por la tarde entrenan por la mañana. Eso me tiene muy feliz.

¿Y ya ha visto a alguno parecido a usted?
Sí. La verdad es que hay mucho talento. Incluso el presidente César Pastrana me permitió que ahora en julio vengan dos jugadores a probarse a Santa Fe. Son dos pelaos de 16 años que han sido goleadores en su equipo y necesitan es apoyo.

¿Qué hace por lo general acá en su casa?
Siempre después de entrenar llego acá a almorzar y me acuesto a descansar. Veo televisión, juego Play Station y juego con mi perro, Lucas (un Golden retriver), que es una gran compañía. Cada vez que puedo traigo a mi mamá de Medellín, me gusta que comparta acá conmigo.

¿En qué ha cambiado el Wílder que vendía mazamorra en Puerto Nare al de hoy?
Pienso que a la gente el dinero lo cambia pero mi mentalidad ha sido seguir igual, siendo el mismo que vendía mazamorra, cocadas y enyucados. Ahora que volví a mi tierra, mis compañeros pensaron que yo iba a llegar agrandado, pero no. Allá voy, me siento con ellos y los invito.

¿Hoy en día qué lo hace feliz?
Ver que mi familia está bien, que mis hijas siguen creciendo, que puedo seguir jugando al fútbol y tener la vida que llevo ahora.

¿Qué le saca una lágrima?
Cuando recuerdo la vida que llevaba antes. Uno cree que se pasa bueno pero se sufre mucho. A veces recuerdo esos momentos en los que más mal estuve, en donde pensaba que no tenía salvación y que me iba a quedar en ese estado siempre. Se me vienen las lágrimas porque estaba acabando con mi vida y la de mi familia.

¿Cuándo le hizo gol a Gremio lloró precisamente por eso?
Sí. Yo oro todos los días en la mañana y por las noches y recuerdo que en una noche antes de ese partido me soñé con un gol. Yo dije: “mañana va a ser un partido apretado pero sé que si Dios me sacó adelante es para algo grande” Soñé con el estadio lleno haciendo un gol para la clasificación. Cuando sucedió fue como ver la película. Cuando caí al suelo le decía a Dios: “Gracias, gracias, usted cumple”. Me demostró que de la mano de Él sí se puede.

Hablando de goles, ¿cómo asumió los insultos de los hinchas de Santa Fe en esos meses en los que no le entraba el balón?
Yo creo que la gente es desagradecida. Yo en la vida he sido agradecido y por eso regresé a Santa Fe. A mí me ofrecieron otros equipos antes de venirme de Ecuador pero quería con Santa Fe porque ellos me salvaron la vida. César Pastrana apostó todo por mí. Muchos enemigos se ganó por haberme traído y yo le cumplí. Respecto a los goles creo que la gente debe entender que son rachas de los goleadores. Los tenía mal acostumbrados porque siempre la estaba metiendo. Me da un poco de bronca es porque se olvidan muy fácil lo bueno y lo malo lo recuerdan. Oí a hinchas de Santa Fe que me gritaban que yo había vuelto a recaer. Pero estuve tranquilo, juicioso. Nunca me había pasado algo así, lo máximo con Tolima fueron cuatro fechas. Ahora fueron casi 10. Pero Dios te prueba a ti y a la fe de la gente. Los goles volvieron en un buen momento.

¿Por esa rabia es que ahora no celebra los goles con la hinchada?
A mí me preguntan los hinchas que por qué no celebro y les digo que porque no se lo merecen (risas). Yo lo hago para que ellos sientan que es que a uno también le duele no hacer goles. Yo me venía acá a mi casa aburrido. Ahora, otra vez, empezaron “Wilder, Wilder”, pero para mí así no debe ser. Cuando estoy bien, soy el más; y cuando no, me insultan y piden mi cambio.

¿Entonces cuándo va a volver a celebrarlos?
Cuando sea algo importante que nos lleve al título. Lo queremos. Hace un año Nacional se lo llevó de acá de la casa así que tenemos la mentalidad de luchar y conseguir algo grande este semestre. Por ahora voy a seguir así tranquilo (sin celebrar) enfocado en hacer muchos goles.

¿Cuál ha sido el momento más feliz en su vida?
Sin dudas fue cuando decidí cambiar. Haber dejado las drogas y el alcohol me ha hecho un hombre feliz. Ahora puedo andar con la frente en alto. Así me sigan señalando voy a estar tranquilo porque sé lo que soy ahora. Sé que estoy en un proceso y lo llevo muy bien.

¿Perdió mucho tiempo en la vida por eso?
Eso ha sido lo más difícil. Saber que todo el tiempo que perdí ya no lo voy a poder recuperar. Me duele haber desaprovechado oportunidades. Si no hubiera caído seguramente hoy estaría mucho mejor; pero bueno, gracias a Dios cambié y estoy bien.

¿Qué lo hace sentirse fuerte?
Dios y mi familia. Ellos son el pilar de mi vida ahora. Si ellos están bien, yo lo voy a estar mejor. Ver que ahora puedo ser un ejemplo para mis hijas me hace seguir adelante y fortalecido. 

lmontenegro@elespectador.com

@luisguimonte

Por Luis Guillermo Montenegro

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