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Sebastián Viera, el ángel terrenal del Júnior

Desde su llegada al equipo de Barranquilla, el uruguayo no sólo se adueñó de la portería sino que ha vuelto un hábito el grito de campeón. Este miércoles espera hacer lo mismo frente a Independiente Medellín.

Viera arribó a Júnior en 2011 procedente del Larissa de Grecia.Luis Ángel

Sebastián Viera es un maestro en expresar las cosas con claridad y sin palabras. Bueno, con las palabras necesarias. Así lo viene haciendo desde que tenía 19 años, cuando el entrenador Santiago Vasco Ostolaza le hizo una pregunta con una respuesta que recaía en la obviedad. “¿Te animás a jugar contra Peñarol?”. Era el tercer arquero de Nacional, el que se envolvía los dedos con esparadrapo para después retirarse el vendaje blanco, sin usar, con olor a nuevo, intacto; el que basaba su alegría en la desgracia del otro, eso sí, sin desearla, porque para ir a la cancha otros dos arqueros estaban primero en línea. “Sí, señor”, replicó, con voz trémula. Fue el mejor jugador de ese cuadrangular amistoso, evento en el que muchos vieron que sus movimientos en el arco no eran de memoria sino por intuición.

Después llegaría el debut en la Copa Libertadores de 2004, en un encuentro contra El Nacional de Ecuador, que ganaron 3-2, y el llamado a la selección de Uruguay para la Copa América de Perú el mismo año. Ya era regañón con sus centrales, intimidante para los rivales y suntuoso bajo los tres palos. Viajó a Europa, fue rechazado por el Arsenal de Arsene Wenger, por un quiste en la cadera, y recaló en el Villarreal, el equipo de Juan Pablo Sorín, Juan Román Riquelme, Santiago Cazorla y Marcos Senna, entre otros. El primer gran sueldo lo gastó en ropa, pues sentía que no estaba vestido como sus compañeros, así en la cancha fuera, muchas veces, superior a ellos.

Viera era distinto, era temperamental y muy talentoso, y no perdía duelos con los delanteros, sabía anticiparlos como si conociera previamente la intención del rival. En las cuatro veces que enfrentó a Lionel Messi, el argentino no pudo convertirle; tampoco Ronaldinho. También era muy amplio con los suyos. No en vano invitó a varios amigos de infancia para que estuvieran unos días con él en España. Un tatuaje permanece como recuerdo de lo que fue un acto de generosidad para ellos y una simple muestra de cariño para él.

Jugó cuatro temporadas allí , alcanzó la semifinal de la Champions League en 2006 y, tres años después, fue fichado por el Larissa de Grecia, un pequeño club que vio en sus atajadas el primer paso para edificar una columna vertebral sólida. Apenas duró dos temporadas, pues el nacimiento de su hijo Máximo lo obligó a regresar a este lado del Atlántico. “Era muy complicado verlo. Estaba muy pequeño para un viaje tan largo y yo tampoco podía ir a Uruguay con la periodicidad que me hubiera gustado”. Por eso aceptó la oferta de Júnior a finales de 2010, cuando el entonces entrenador, Óscar Héctor Quintabani, le pidió a la directiva barranquillera un arquero de gran nivel. La primera opción era Aldo Bobadilla; la segunda, Agustín Julio. Ante la negativa de ambos surgió el nombre de Viera, con quien se forjaría una relación irrepetible, un romance que aún hoy, tras siete años, sigue más vigente que nunca.

El ángel del Júnior

Sebastián diseñó su propio buzo, con unas alas en la espalda, como hombre devoto, siempre fiel a los santos, a la estatua de la Virgen que tiene en la sala de su casa, a la figura más pequeña que guarda en la habitación y la que procura llevar cada vez que tiene que jugar fuera de Barranquilla. El uruguayo sí ha ganado de verdad con el cuadro tiburón (una Liga Águila y una Copa Colombia) y espera seguir haciéndolo, continuar sumando minutos en cancha (desde su llegada a Júnior completa 23.731 minutos por Liga, 3.673 por Copa y 2.790 en torneos internacionales) y materializar lo que se propone de manera serena, ecuánime, digna. Si se pudiera definir a Viera en una palabra, esta sería prurito: siempre con las ganas de hacer las cosas bien, siempre con el deseo constante, y a veces excesivo, de cumplir con su trabajo de la manera más perfecta posible, es decir, evitando goles y, por qué no, anotándolos en la otra portería.

Por eso hoy, cuando su equipo reciba al Medellín en el juego de vuelta de la final de la Copa Colombia, el arquero uruguayo de 34 años intentará aumentar su historia con hechos reales, con sucesos que para muchos en la región Caribe ya son leyenda, aunque él, con la sencillez que da la grandeza, se empeñe en decir que su vida y sus acciones son las de un futbolista común y corriente.

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