Entrevista

Sebastián Viera: porque el arquero no siempre tiene la culpa

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El portero de Júnior (que este miércoles enfrenta a Deportivo Cali desde las 8:10 p.m.) ha demostrado que la posición más injusta del fútbol puede ser, a la vez, la más gratificante. Poner las manos siempre ha valido la pena.

A los 20 años apareció una falsa resignación. Y Sebastián Viera (Florida, 1983) empezó a pensar en su futuro, a pensarse. Ya el Arsenal inglés le había dicho que no lo iba a contratar, que el quiste en la cadera podría derivar en una lesión grave y que para ellos, en esos momentos, no era la época para tomar riesgos.

Ese día, luego de pasar las pruebas físicas sin problemas y con la ilusión de ser el primer arquero uruguayo en la Premier League, Arsene Wenger, el entrenador de ese entonces, se acercó a él y con un good bye seco, a manera de orden, le dejó claro que la corta historia había terminado antes de empezar.

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En ese instante, y sin tener otras propuestas, Viera pensó en el retiro y, a la buena de Dios, en estudiar medicina en Uruguay. “Mi mamá trabajó en una clínica de mi pueblo y pensé que podría ser una opción. No veía otro camino”. Sin embargo, la experiencia de los años y de la vida misma estaría por venir y por demostrar que hay veces en las que se hace necesario dormir con los ojos abiertos y soñar -literalmente- con las manos.

¿Qué hizo después de que Arsenal le dijo que no lo iba a contratar?

Bueno, antes hay que hablar de cómo me sentí. Fue un golpe duro, más para la edad que tenía, los proyectos, los deseos, todo. Recuerdo que me quedé con mi representante un mes en Europa buscando a los mejores médicos para comprobar si realmente ese quiste me iba a impedir seguir jugando, si más adelante iba a ser un inconveniente. Y luego de citas y exámenes se comprobó que era algo congénito.

¿Le ha molestado ese quiste alguna vez?

Para nada.

¿Y cómo se dio su llegada a Villarreal?

Faltaban dos días para que se cerrara el mercado de pases y apareció la oportunidad, y sin pensarlo acepté. Era algo concreto a lo que podía aferrarme.

¿Es verdad que con su primer sueldo compró mucha ropa?

¡Sí! Sinceramente lo que tenía en la maleta era un desastre. Mis compañeros de equipo iban a todo lado bien vestidos y me dio un poco de pena. Además, tenía unos zapatos que parecían de la década de los 80. Entonces fui de compras, que no fue un capricho, sino una necesidad, y también pagué parte de mi primer carro.

En 2006 su equipo jugó contra Arsenal en la Champions, pero usted no pudo actuar…

Una lástima. Me sacaron doble amarilla en los cuartos frente a Inter de Milán y quedé suspendido. Sin embargo, viajé a Londres para el encuentro de semifinales y tuve la oportunidad de hablar con Wenger un par de minutos.

¿Qué le dijo?

Saludo cordial, cruce de palabras y ya. No lo vi como una revancha, no soy una persona rencorosa. Aún hoy no sé si él tuvo que ver con la negativa o solo fue el departamento médico. La verdad, no me interesa saberlo.

¿Qué se acuerda de ese Villarreal?

Que era un equipazo. Y que la cuota suramericana era amplia: Diego Forlán, Juan Román Riquelme, Gonzalo Rodríguez, Mariano Barbosa, Luis Figueroa, Juan Peña. Andaba con ellos a toda hora.

Pero el que más lo sorprendió, técnicamente, fue otro jugador…

Santiago Cazorla. En ese entonces tendría 20 años y le pegaba con una facilidad a la pelota, con ambas piernas, que nadie sabía si era zurdo o era diestro. Un talento magnífico, como pocos.

¿Qué recuerda de los partidos contra el Barcelona de Lionel Messi y Ronaldinho?

Que nunca me pudieron marcar. Siempre me iba bien contra ellos. Atajadas importantes, recortes de centros perfectos y por abajo mucha seguridad. Contra el cuadro catalán no teníamos problemas, otra cosa era con Real Madrid. Recuerdo que una vez, terminado un duelo con el Barça, Ronaldinho fue a buscarme y me felicitó por la temporada que estaba haciendo. Palabras que valoré mucho.

¿Es verdad que usted era tan amplio que invitó a muchos amigos de Uruguay a que estuvieran con usted en Villarreal?

Soy muy desprendido, pero sobre todo agradecido con mi gente. Creo que fueron seis o siete a los que llevé a España con todo pago. A veces se turnaban por los compromisos laborales que tenían y pasaban épocas en mi casa. La idea era tenerlos cerca, que conocieran Europa y que me acompañaran. Claro, era soltero y no tenía más responsabilidades.

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¿Por qué se fue a jugar al Larissa de Grecia?

Tuve un altercado con mi representante de ese entonces y quedé libre seis meses. Entonces los clubes españoles que me hacían propuestas no me pagaban lo suficiente para dar el sí y El Chino Recoba me aconsejó que me fuera para allá.

Apenas estuvo un año. ¿Por qué se regresó a Suramérica?

Bueno, en gran parte fue por el nacimiento de mi hijo Maxi. Quería estar cerca de él y era complicado llevarlo a Grecia. Además, me costaba un montón el idioma. Y se me metió en la cabeza que podía jugar la Copa Libertadores.

Y ahí apareció Júnior de Barranquilla…

Hubo tres opciones de clubes grandes, entre ellas una de Júnior. Fueron los primeros que me llamaron y los primeros que concretaron. Recuerdo que estaba en mi casa en Uruguay, en la piscina, y mi madre me dijo que tenía una llamada de Arturo Char, desde Colombia. Hablamos una hora y solo le pedí que me dejara llegar el 3 de enero, porque quería terminar de pasar las fiestas con mi familia. La noche del 24 de ese 2010 estuve en un avión viajando desde Europa.

¿Cuál cree que ha sido el peor partido de su carrera?

No sé si el peor, pero sí el que más me costó: frente a Brasil, en Montevideo, por las eliminatorias al Mundial de Suráfrica 2010. Perdimos 4-0. El primer gol fue un zapatazo de Dani Alves, desde unos 35 metros, el balón me picó antes, me pegó en el brazo y se metió arriba. Por eso me crucificaron y mi carrera cambió mucho. No volví a tapar con la selección de Uruguay.

Por: Camilo Amaya

En twitter: CamiloGAmaya

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