Yeison Gordillo y su lucha por ser futbolista

El volante de Santa Fe es el orgullo del barrio La Colombiana, en Miranda, Cauca, un lugar en el que pocos llegan a ser profesionales.

Yeison Gordillo (25) llegó al conjunto capitalino en 2015 proveniente de Boyacá Chicó, equipo con el que debutó en 2010.Cristian Garavito - El Espectador

Una prueba organizada por el profesor Édison López, un montón de niños con biotipo de futbolistas, un calor calcinante, una competencia sana, pero al fin de cuentas una competencia. Sólo tres elegidos para formar parte de las divisiones menores de América de Cali. Uno de ellos: Yeison Gordillo. En Miranda, Cauca, Dios va dando y quitando las oportunidades de ser jugador profesional. En ese pueblo, en el que se cultivan caña de azúcar, uva, café y coca, y en el que hay más veredas que barrios (35 contra 26), los futbolistas brotan de la tierra. El problema de tener tantos es que pocos logran abrirse camino.

Gordillo tenía 12 años cuando le llegó la única opción. Jugaba fútbol tres veces al día. Se ponía los tenis de educación física con el uniforme de diario del colegio El Rosario para no andar desprevenido si tocaba enfrentar un esporádico encuentro. Era bueno en religión y dibujo. Las matemáticas y la biología se le resistían. Estudiar no era prioridad, sí obligación. El fútbol, en cambio, lo era todo.

Era parte de un equipo que se llamaba Juventus de Florida. Se alternaba los guayos con su amigo Ílmer Muñoz, el que para él pudo ser el mejor 10 de Colombia si las lesiones no se hubieran empecinado en acabarlo. Cuando uno los rompía, el otro los cosía con una aguja capotera y así sucesivamente, prolongando la vida útil. Sus primeros botines se los ganó al ser el goleador de un torneo infantil en el pueblo. Eran marca Tony II y talla 41. “Me los vine a poner como a los tres años, porque me quedaban gigantes”.

Empezó a viajar cinco días a la semana a Cali (50 minutos de trayecto, aproximadamente) y allí tomaba el bus Papagayo para llegar a La Troja, donde entrenaba por las tardes. Para la ida y vuelta eran necesarios $10 mil. María Janeth, su madre, sólo le podía dar $5.500. Por eso tuvo que recurrir al arte de rebuscar, de hablar y convencer para que los conductores lo dejaran subir por la puerta de atrás y así no pagar el pasaje completo. “Teníamos un negocio de pollos: los criábamos y los vendíamos, pero a punta de pasajes se lo quebré a mi mamá”.

En ese ir y venir duró un año y medio, hasta que el dinero puso un alto en seco. Ya no había cómo llegar hasta la capital del Valle del Cauca, tampoco pollos que vender. Por eso, apelando a la recursividad, Yeison tocó las puertas en el Deportivo Cali con la ilusión de vivir en la casa hogar del cuadro verde y así evitarse los traslados, pero no contó con suerte. El lugar estaba repleto de jóvenes que también trataban de personificar un sueño. Probó otros seis meses gracias a las rifas que hacía en su barrio, La Colombiana. “Que cómpreme la boleta y gánese un balón o un pollo asado, que mire que quiero ser futbolista”, la retahíla de persuasión. “Siempre me colaboraron. Las vendía todas”. recuerda.

Duró seis meses más hasta que la economía no aguantó. Por fortuna en ese tiempo se dio a conocer y fue tenido en cuenta por un profesor llamado Marío, de Candelaria, que lo llevó con otros niños para probarse en Medellín. En Envigado gustó, pero apareció otra vez el mismo problema: a la casa hogar del equipo no le cabía un alfiler y no había manera de que su familia lo mantuviera a la distancia. Tuvo que aceptar la propuesta de otro equipo, Ferroválvulas, no por gusto, sino por necesidad. Vivió en una casa del barrio Antioquia, un lugar complicado y considerado por las autoridades como una de las despensas más grandes de drogas de la ciudad. “Nunca pasó nada. Tampoco tuve miedo. Iba a lo mío y ya”. Entrenaba a las 7:30 a.m. en las canchas de la unidad deportiva Belén, que en ese entonces no tenía campos sintéticos, sino terrenos de arenilla que con cualquier llovizna se transformaban en lodazales. En las tardes trabajaba en el Hueco descargando contenedores y vendiendo mercancía. Ganaba $50 mil por día, dinero con el que compraba sus implementos de aseo. Lo que sobraba se lo gastaba en comida. “Es que, hermano, a uno le daba mucha hambre y eso que en la casa nos tenían siempre las tres comidas”. Jugar en las mañanas y laborar en las tardes no fue rentable, fue monótono. Y con pausa y balanza, analizando prioridades, Gordillo decidió regresar a Miranda para terminar el bachillerato y esperar otra oportunidad. No estaba vencido, sólo era necesario buscar otro camino para encontrar la manera de seguir creyendo en sí mismo.

Pimentel vio un espejo en él

El rumor de que Eduardo Pimentel, presidente de Boyacá Chicó, iba a hacer unas pruebas en El Carmelo, Valle del Cauca (el pueblo de Hugo Rodallega) se viralizó por toda la región. Con el riesgo como alternativa de vida y sin medir las consecuencias de un fracaso, Yeison llegó hasta esa población un sábado sin saber si iba a tener la oportunidad de mostrarse. Pero el destino sellado le tenía una sorpresa. Ese día, un joven del equipo base de Arley Dinas no pudo ir y el utilero, que ya conocía sus capacidades, intercedió por él para que lo dejaran jugar. Sólo estuvo 15 minutos en cancha bajo el inclemente rayo del sol y los 38 grados centígrados. Tiró varios centros y siempre bajó para recuperar la posición ante la mirada diagnóstico de Pimentel. 900 segundos de puro corazón. Y ambición.

- ¿Jugué mal o qué?

- Para nada. De hecho, lo hizo muy bien.

La conversación con Pimentel fue corta y concreta. Después de unas preguntas rutinarias, el directivo le propuso que se fuera a Tunja con él para ser parte de las divisiones menores del equipo. “Veo mucho de mí en usted. Tiene potencial y puedo ayudarlo para que lo explote”. No reaccionó de manera efusiva, aunque en las entrañas y en el alma todo se revolvió. Respondió con un “sí señor”.

Los primeros días no fueron fáciles, pues la altura de la capital boyacense lo traicionó. Se ahogaba fácilmente en piques cortos y le costaba recuperar el aliento. Las manos iban a las rodillas, una señal de que a su cuerpo le costaba acoplarse. “Pensé que me iba a devolver. El preparador físico me dijo que la adaptación me iba a quedar grande”. Sin embargo, en un mundo de afanes como el del fútbol, en el que la evolución tiene que ser rápida, en el que hay que ser mejor ya para no perder en la lucha contra el tiempo, Pimentel demostró la calma que da la sabiduría. “Tranquilo, Yeison. Lo voy a esperar. No se preocupe que acá el único que toma la decisión de su salida soy yo”. El directivo se lo recomendó a Alberto Gamero, entrenador del equipo profesional y un hombre sereno y ecuánime para dar el veredicto sobre el futuro de un jugador. Con su primer sueldo ($100 mil) compró papel higiénico para el mes, un cepillo de dientes, crema dental y guardó el resto por si tenía un problema. Debutó el 24 de abril de 2010 en un partido contra Medellín en el Atanasio Girardot, que terminó igualado sin goles. Ingresó en el minuto 84 por Diego Chica, el referente en el mediocampo y a quien le heredaría esa posición de volante de marca.

Con su ascenso al primer equipo aumentó el dinero. “Ahí sí vi el verdadero sueldo”. Gamero no sólo fue el estratega, también, en principio, hizo las veces de administrador. Lo obligó a comprar una cama grande y un buen colchón para que descansara. La plata restante se la mandó a su mamá y a su abuela, Francia Nelly, la única en la familia que había jugado fútbol. Al siguiente mes, Yeison compró un televisor, se fue organizando, se supo dominar. Luego se casó con Margie Alejandra Betancur y aprendió a prolongar su felicidad. El sacrificio de una infancia corriente dio resultado. Hasta su contextura física cambió. Era más grueso y pasarlo implicaba tomar el riesgo de estrellarse con una pared.

Cinco años después, con días de esfuerzos tremendos por ser un buen jugador, y con más de 130 partidos de Liga vistiendo la camiseta de Boyacá Chicó, Gordillo recibió la llamada de Santa Fe, más exactamente de César Pastrana. “Me dijo que me venían siguiendo y que quería que me fuera para Bogotá. Ya mi hija -Mariana- había nacido y era un buen paso”. Ofertas de otros clubes llegaron, incluso del exterior. ¿Cuáles? “Prefiero no decirlas”. En tiempos de lo inmediato aceptó. Se afianzó como uno de los jugadores más queridos por la afición, de los más rendidores para los técnicos y es el eje del mediocampo cardenal. Cuando no juega se nota, y mucho.

Un desgarro en su pierna derecha lo tiene fuera de las canchas, pero espera volver en ocho días. Hoy, cuando Santa Fe defienda su liderato frente a Cortuluá en Cali, verá el partido con su familia en Chía. Guardará silencios prolongados, se estresará, gritará los goles como cualquier hincha y al final hará un análisis detallado. “Sólo espero que mis compañeros puedan ganar”.